23 de mayo de 2012

Elazar


Fue un polaco pelirrojo de la avenida Muller y madre irlandesa, podrido por dentro de un cáncer de estómago que lo había arrojado nublado de la cama a la calle con un cuchillo grande de cocina entre las manos y los ojos de una rata a matar a la primera persona que encontrara en su camino por el simple hecho de que seguramente nunca había sentido en la garganta el sabor a cobre que dejaba la quimio de los martes, y aún tenía toda la vida por delante.
Como Sara Jake, que en lugar de en su cama con colcha de croché y lacitos  rosas de crespón amaneció en el portal del edificio con las tripas por fuera y las pestañas del color de una botella de vino semiseco, tan muerta, como una pila de leña para la chimenea.
Al pelirrojo lo encontraron con la boca llena de cangrejos en el río, enredado en una rueda de camión que flotaba hacia el mar corriente abajo sin que nadie imaginara que sólo hacía unas horas, se había cruzado en la escalera con la estudiante de violín del segundo derecha y la había cosido a puñaladas entre peldaño y peldaño. Luego tiró el cuchillo por detrás de una tapia, se hizo la señal de la cruz sobre la frente, y se perdió en la noche hasta que un niño que volvía del colegio silbando Over the Rainbow por la orilla, de lo inflado, le confundió con un pez globo y lo acercó al embarcadero con una rama de eucalipto para atarlo a un hilo de tela de araña y jugar con él toda las tardes.