19 de junio de 2012

La herencia de Copérnico


Y entonces empezó a hablarme de un tal señor Duck, un tío que se había hecho millonario tras abandonar la carrera de filosofía y que hasta tenía una calle con su nombre en Belgrado gracias al soplo de un compañero de cuarto en la universidad, un físico judío llamado Thiago, que justo antes de que el por entonces joven señor Duck saliera por la puerta como todas las tardes para ir a recoger a su bonita y rubia novia a la pizzería donde trabajaba por horas para pagarse la carrera, le susurró al oído la ecuación perfecta, mientras le enderezaba la corbata.
Aquella misma noche en vez de hola amor, bajo la lluvia, le dijo a Be que ya no la quería, que en realidad, nunca quiso a nadie, y que a partir de ese momento, lo único que le interesaba en el mundo era satisfacer todos y cada uno de sus deseos, pasando por encima si hacía falta, de cualquier cadáver.
Luego comenzó a caminar mientras pensaba en las palabras de Thiago: “No le hagas caso. Es sólo un músculo”.
En la segunda esquina ni siquiera se acordaba de cómo se llamaba la chica del paraguas, y cuatro manzanas más allá, ya tenía perfectamente claro lo que iba a decirle a su padre: “Quiero un despacho con vistas al río y una secretaría que me la chupe debajo de la mesa. O le cuento a mamá lo tuyo con el vicepresidente”.

“Pero que no sea rubia”.