12 de junio de 2012

The small pony to the sea


Sonaba una canción de Jhonny Lang, un joven bluesman de carretera que tocaba la guitarra con la punta del nabo y cantaba como un ángel enganchado a la heroína. Yo sostenía por entonces el cigarro en los labios como si el mundo fuera a acabarse de un momento a otro delante de mis ojos. Últimamente, todo era una mierda, y la verdad, lo único que aún me apetecía aquella noche aparte de que un tren de mercancias me pasara dos veces por encima, era mirar la enorme pradera de hierba y tulipanes que se extendía hasta el infinito tras los cristales de la habitación de hotel más fea y desconchada de Detroit- aunque en realidad, en la pared de enfrente sólo hubiera un farol y un par de salamandras acechando como tigres en silencio los mosquitos-, mientras me preguntaba una y otra vez absolutamente en vano, quién se estaría follando a Monique en aquel preciso momento.

Y entonces salté por la ventana.

Algo más tarde descubrí que lo único que alguien debería sentir por alguien como ella (que me había cambiado por otro dos días antes de la boda como a un cromo por la sencilla razón de que se había dado cuenta de que yo, siempre iba a ser un fracasado), era asco. Claro que eso fue después de tocar fondo, y dormir muchas noches en la calle y de que todo el que pasara por mi lado, me llamara maldito borracho hijo de puta, qué mal hueles.
En cambio Monique siempre olía bien. Tenía decenas de frascos de perfumes en la casa, y fotos donde siempre ponía aquella estúpida sonrisa perfectamente ensayada. Fotos jugando al tenis. Escalando. Tomando el sol en Grecia. En Turquía. Esquiando en los alpes. Fotos con tartas. Con niños rubios. Con un dentista.

Ahora trabajo en un Mac Donals.
Tengo una novia.
Está gorda.
Pero nunca me ha preguntado por qué tengo una placa de titanio en la cabeza, ni si me duele tanto que por eso algunas noches todavía aún se me escapa por la boca sin querer, el nombre de un cisne en francés.

Y además, tengo una gorra en el trabajo con mi nombre.

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