23 de julio de 2012

A la deriva


Entró a su habitación para ponerle en la cara una almohada, hasta que su corazón se parara. Y en cambio, lo único que hizo porque pudo fue sentarse a los pies de la cama y amarla con los ojos toda y con toda su alma de cosario viejo, de leyenda entre los suyos del pueblo en plena sierra: Críspulo el tuerto, de apellido Cortés, hijo y nieto de alazanes morenos que en la guerra del cuarzo y la taberna por las noches se colgaban las orejas de los hombres del cuello y con los dientes, hacían aretes de marfil para las putas de más allá de Malaguey. Un animal, que andaba suelto por las calles buscando un pecho donde hundir la navaja.
Nicole Brow había decidido aquella noche festejar su soledad en la cocina.
Su hermana dormía arriba, en alguna de las muchas estancias de la casa, ya, no se acordaba de cuando fue la última vez que en vez de acostarla un sirviente, era ella quien aún la llevaba de la mano al cuarto rosa, sí, puede que en el fondo fuera rosa. Y en cinco minutos de Cartier, estaría muerta, muerta y fría y seca como el ramo de una novia de bambú.
Y entonces sería más asquerosamente rica y asquerosa y absolutamente todo giraría alrededor. ¿Que podría hacer una niña de seis años con aquella montaña de dinero? En cambio ella, podría ser reina. Al fin y al cabo, sólo era su hermanastra, un fruto que su padre, poco antes de que un cáncer de pulmón se lo comiera, le había dejado en propiedad junto a la herencia familiar.

Críspulo Cortés, un tuerto cubano de dos metros con sombrero de alas anchas y los labios cortados por la sal, bajaría de uno a otro momento las escaleras asintiendo levemente con la cabeza que efectivamente ya, podía coronarse emperatriz porque la niña, había dejado de respirar y que las llaves, de industrias Brow and Brow, estaban sobre la mesita, a su entera disposición.
Le había conocido en una, de esas nuevas discotecas de Londres, donde por algunos miles de dólares, podías ver como le partían las piernas a un tío y luego casi le arrancaban la cabeza a hostias del sitio hasta que se le quedaba colgando de un lado babeando espuma blanca sobre las carísimas alfombras del local.
Aquella misma noche, mientras Críspulo Cortés de lavaba las manos, le pidió que la niña no tenía porqué, sufrir demasiado: “Mañana. A las siete.”

Críspulo bajó las escaleras con la niña en los brazos. A las siete.
Tenía las mejillas rosadas y la boca entreabierta, como si alguien la hubiera besado, y al poco, abrió los ojos y dijo en voz baja que había visto, un Centauro, y luego, volvió a dormirse en algodones mientras Nicole dejaba caer de entre sus dedos un cristal de bohemia que estalló en mil pedazos contra en suelo de mármol.

“Seré como su sombra-le dijo a Nicole como un trueno del cielo-, para absolutamente siempre”.
Y en aquel mismo instante fue nombrado teniente, a cargo y custodia de aquel ángel descalzo.
“O le arranco a bocados los fuelles del alma si la toca, algo que no sea el viento”.

Se puso un uniforme de pirata barbado, una corbata absurda con pájaros cantando, y una flor en el sitio, donde alguna vez le había latido el corazón.

-¿Tiene frío señorita Clarisse?

-No.

-Deberíamos irnos. La marea está subiendo.

-Tal vez esté, maldita,¿no crees Críspulo? Como en esas películas. Tal vez ni todo mi dinero pueda arreglar que los chicos que me gustan desaparezcan de repente de la faz de la tierra. Tengo dieciseis años. Necesito cosas.

-Póngase esto...