31 de julio de 2012

Very Inside


Me compré una guitarra.
Le puse de nombre Yolanda.

Porque sólo podía llamarse Yolanda.

Si te caes por el balcón de un quinto piso y das
con la puta cabeza en el suelo,
te matas.
Seguro.
Pues eso le pasó a Yolanda.

Cosa dice que quiere que le haga canciones de amor.
Yo le digo que canto peor que un martillo.
Y que en vez de tocar, araño.
Cosa dice que es por la cara que pongo,
y porque me escucha latir el corazón.

Yo le doy todo.
Menos mi mechero.
Le doy los besos largos, con toda la lengua,
le doy mi polla dura, mis dientes,
mis uñas y al final, un beso pequeño.
Le doy mi olor a hoguera y mis pies de oso pardo.
Mis ojeras del turno de noche,
mi cartera, las llaves, y en verano, mi sitio de la cama.

Junto a la ventana.

La primera canción fue mierda, sonaba a gato
y subió un vecino a protestar.
La segunda me inventé que sabía inglés.
La tercera sólo dios...
fue horrible.
Horrible.

“Eres todo lo que tengo” me dice con las manos.
La miro, me reflejo,
y recuerdo cuando iba a pasear con mi ganso por el puente de Brooklyn
soñando con alguien como ella.
Alguien que apostara todo al rojo,
y estuviera completamente loca.

Yo sentía cosas, por entonces, todavía.
Pensaba que,
podías cerrar los ojos mientras la brisa me surcaba las mejillas,
y cambiar el mundo.

Luego la vida me puso de rodillas,
y me obligó a chupársela.

Me convertí en un monstruo submarino.
En un caníbal.
En algo yermo.

Canciones de amor desde el infierno...