30 de agosto de 2012

A history of dolls


Adelita se sienta en el mismo banco a ver pasar la gente, todos los días.
Una casa tiene muchas cosas que hacer. Hay que fregar un plato, un vaso, una cuchara. Hay que orear las sábanas y luego estirarlas y mullir la almohada a palmadas y para que todo esté bonito y limpio hay que pasar luego la mano y quitar las arrugas y con la punta de los dedos, hacerle un dobladillo a los encajes y sentar abierta de piernas en mitad de la cama una muñeca tan vieja como ella vestida de un raso azul celeste con lacitos en blanco, que el portugués le había traído de uno de sus muchos desembarcos en la casa, desde tierras lejanas. Hay que ir por el pan y la loncha de queso y los yogures. Hay que ordenar los frascos de perfume de la peinadora, y foto por foto, quitar de encima el polvo de tantos, tantos años, todos los días. Hay que ponerle una vela a San Antonio. Hay que regar la begonia y los jazmines. Hay que tender en el cuarto de baño tres sostenes y la faja. Hay que hacer café. Barrer la cocina de pelusas y de babas. Hay que tomarse las pastillas. Poner comida al gato. Sobrevivirse al espejo y pintarse las mejillas, los labios, el alma de colores y salir a la calle a ver si hay en el mundo alguien que la quiera, aunque sea un poquito.

Adelita estuvo en el psiquiátrico. Cuando era joven. Aún tenía carnes en el cuerpo. Eso era cuando al portugués aún le gustaba llevarla a la última butaca del cine y bajarle las bragas con sus manos de herrero de buques mercantiles. De eso hace mucho tiempo, y no quiere acordarse.
Adelita se viste como un truco. Con ropa de antes de la guerra, como de maniquí de una revista parisina de moda de los años cincuenta. Se calza unas medias color muy carne porque tiene pelo en las piernas y unos zapatos de charol de los que ya sólo se ven el los bares de alterne de alguna carretera secundaria, o en Oz, tal vez, en un fumadero de opio nepalí.
Adelita tiene los ojos hundidos como bolas de plomo en el aceite de freír el pescado; pero si mañana fuera el fin del mundo, ella aún seguiría allí, sentada esperando que pasara entre la gente, un cisne blanco.