24 de agosto de 2012

En todas las ciudades hay farolas. En todas llueve.


Se escucha una campana. A lo lejos. Siempre me han gustado las campanas. Tan solas. Campanas de barco, llorando en altamar canciones marineras de putas y borrachos. Mi tío me contaba que a las furcias del puerto había que agarrarlas por el talle como a caballos grandes, y que había que amarlas, porque nunca sabías si ibas a tener otra otra vez entre tus brazos. Murió en tierra firme, después de treinta años de bregar con las olas. Tuvo dos hijas, de las que lo único que sé, es que se criaron con las monjas en un colegio del estado para niñas de trapo, a expensas de que por las noches, entraran en los cuartos la civil y les bajaran las bragas.
El sol cae sobre la acera como si fuera mantequilla. Hay tiestos de geranio colgando de las casas, frente a las vías. Ropa colgada. Huele a café.
Me pregunto qué tengo que hacer para ser feliz. Sólo un poco feliz.
¿Es esto? ¿Estar siempre de paso?
No había vuelto a ponerme este sombrero desde que volví de ver al Dalai Lama.
Supongo que tenía razón. Nunca olvidaré sus pequeños ojos riéndose de mí tras sus gafas de pasta. Supongo también que yo no era más que un moco en su nariz. Ni siquiera abrió la boca.
Hasta Max Payne tenía más esperanzas que yo, supongo.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de buscar.
De rendirse.
La última vez, ni siquiera fue bonito mientras duró.

Ahí viene mi tren. Es un tren precioso con ventanitas y humo y un largo pasillo por donde caminar de noche, mientras me lío un cigarrillo, tras otro.