8 de agosto de 2012

Macrobiótica de un pelo de lavabo


La perdí como quien pierde un botón de la camisa...

“¿Quién no tiene un argot de paraguas abiertos?
¿Un ardid de caballete de pintura en cada manga?
Un tatuaje de Gardel en las costillas o de Olivia
de Havilland desnuda sobre el césped de Manhattan.
La cueva de un pirata en el ombligo.
Dulce de Guinea, amor mío ¿quién
no advierte la acústica perfecta
en el vocablo
Yo?”

Se fue rodando, cuesta abajo...

Ya nada fue importante.
No como antes.
A veces, en lo blanco del techo,
descubro que mi vida,
se fue por la escalera a coger un autobús.

Con lo puesto y con los ojos agrietados...

Cocino poco.
No duermo mucho.
Mi vida es una mierda.
Todo yo soy una mierda y no, encuentro el mínimo placer en masturbarme.

Justo a las siete menos veinte de un día de septiembre por la tarde...

No he visto en veinte años absolutamente a nadie que moviera las caderas, igual.
Una pantera.
A veces-en lo blanco del techo- la imagino haciendo curvas por la casa.
A nadie con galaxias en los ojos.
Nadie que me hundiera de rodillas como ella,
y luego me dejara evaporarla entre mis dedos, ay, amor, Dulce de Guinea,
cómo te hacías agua, y hervías y te atabas a las rocas de mi pecho y abrazabas,
la esperanza de ver de cerca al Kraken.

Se llevó sus pestañas, rizadas y largas...