26 de agosto de 2012

No se ve una mierda bajo la luz de una bombilla de 40 w


El tío era guapísimo. Colette sabía cómo hacer su trabajo.
Un puto caro:

“-¿Quieres tomar algo?

-Quiero comerte el coño”.

Un profesional.

“Soy la mujer más triste asomada a una ventana”, pensó Nicole viendo como se alejaba, un par de horas más tarde, calle abajo un tipo cualquiera.

Tenía dinero. Muchísimo dinero. Coleccionaba dinero.
Una bonita casa; una piscina; un perro; un despacho y un helipuerto en el tejado de la empresa.
Media Europa se había rendido a sus pies gracias al triunfo de la nueva temporada otoño invierno...
Lo tenía todo.
Eso decían.
Y sin embargo aquella cosa no dejaba de hervirle entre las piernas en mitad de la noche una noche y otra y otra reclamando su atención, y los suspiros, se le escapaban de la boca suplicando una caricia, un beso, algo de amor, y que su piel, dejara de ser un desierto.
Nunca mezclaba los negocios y el placer. Nada de amigos en la cama. Prefería ser una completa desconocida. Colette se encargaba de eso. Y de otras cosas. Casi de todo. Había estado al servicio de la casa desde que Nicole era una niña. Ahora Colette le pertenecía. Como todo lo demás.
Era curioso, como su padre, se había rodeado de mujeres con dos consonantes iguales en su nombre.

En cambio Clarisse aún era una niña. Con veintitrés años, se había follado a quién le había dado la gana desde Venecia hasta Okinawa. Incluso lo había hecho con dos a la vez. Y con una chica de ojos celestes. Al día siguiente, siempre se lo contaba. Cómo vibraba y se rompía; cómo la invadían las llamas; cómo durante unos segundos, esos segundos, lo único que importaba en la vida era arañar las nubes y gritar, estoy viva.
Clarisse era preciosa. A veces parecía, de porcelana, y uno ni siquiera se atrevía a sacarla de aquellos pensamientos que se la llevaban de este mundo a quién, sabe dónde, con la nariz pegada a los cristales. Como si pudiera romperse. Luego sonreía, y se iba a su cuarto silbando una canción que había aprendido de pequeña, y que siempre repetía cuando era feliz.
Todo el mundo quería a Clarisse.
Su piel, seguramente, era un vergel, la selva negra...el Amazonas.

Un día, uno cualquiera, le pegaría un tiro.