17 de septiembre de 2012

Apenas


Sonaba alguna música, supongo. Todo parecía flotar sin moverse del sitio, y hasta la gente, alrededor, parecía de papel. La luz era suave, y estaba tibia.
Con el cuenco de sus manos me dijo, me dijo: no te dolerá.
Llovía fuera, y seguía lloviendo cuando me marché de madrugada, completamente seguro de que aquella iba a ser la última vez que la chica más bonita que había conocido en toda mi perra y puta vida iba a dormir entre mis brazos.
Yo me moría por sus ojos de caballo, grandes como lagos de montaña.