29 de septiembre de 2012

Cuéntame otra vez la historia de la chica del tren


Hacía un frío que te cagas, pero frío, frío.
Con la llegada del invierno se acabaron los conciertos. Volvíamos a casa. Por entonces la palabra casa para mí, aún tenía algún significado. Me gustaba aquel ático de alquiler, con vecinos que asomaban sus cabezas para gritar por la ventana que si quería, que bajara al patio, “tú sí, el de arriba, que mira que pinta tiene este arroz, venga hombre, baja, que hace sol”.
Y yo, bajaba, aunque todavía no era un hombre-ni llegaría a serlo-, bajaba y me sentaba en una silla de enea, y me dejaba acariciar las piernas por los gatos de la señora Juana, mientras su marido me daba una cuchara y se quedaba mirando a ver qué hacía yo con ella.
Llovía bonito en aquella calle.

El tren que nos llevaba de vuelta al sur era un tren viejo, con compartimentos con asientos de madera y cortinitas en las ventanas y ceniceros de hierro en las paredes y, pasillos con vistas al mar y a la noche, y aunque hiciera tanto tanto frío, me gustaba hacer el viaje fumando en aquellos pasillos de aquellos trenes viejos con pasillos, mientras los demás, en posturas extrañas y parecía que dolorosas, dormían.
Ver pasar el Mar era algo estupendo y sólo mío, y por entonces, aunque tocara el saxo en una banda de jazz que se llamaba “Los Eddyes”, yo ya era marinero, creo. Nunca fui un buen saxofonista.

Salió de la nada como sale un tomate de la mata, como sale un grano, como sale de un huevo un pollito, de la nada de aquel tren, de aquel pasillo largo y oscuro donde yo estaba viendo como el Mar pasaba y estaba pensando en el nombre de mi barca, de la nada, y me dijo: “Tengo frío”.

Era un tengo frío que era un “hola” y un tengo frío a la vez, un hola y un, “haz algo, no sé, tal vez tengas un jersey en la maleta” , era tengo frío y era al mismo tiempo “es que estoy triste, y por eso estoy en el pasillo, pensando en mis cosas de chica, y en mi maleta no llevo más que libros, la verdad, y no me voy a poner un libro para el frío, y tampoco me quiero quedar en mi compartimento, porque no se puede estar triste con una señora al lado que ronca y un niño que huele a calcetines y un señor de vete a saber dónde contándote que cuando estuvo en las Filipinas …”, era tengo frío, y era, por favor, lo necesito.
Aún me pregunto, por qué sonreía, si estaba tan triste.

Salió de la nada y me dijo tengo frío.
Y yo, y como no llevaba nada más de abrigo que la chaqueta de cuero que tenía puesta, y además aquella silueta que había salido de la nada, la verdad, me parecía muy extraña, le dije que no, que no tenía ningún jersey, que no, que no. Y seguí mirando el Mar pasar y pensando en el nombre de mi barca. La vi alejarse pasillo abajo con las manos cruzadas sobre el pecho, lentamente. La vi encender un cigarrillo, la vi apoyarse en la barandilla y apoyar la cabeza en los cristales, al final del pasillo, sí, como si nunca hubiera estado en otro sitio, como si hiciera unos momentos no hubiera estado a tan sólo unos centímetros de mí, con su voz de silueta, diciendo tengo frío.

A los cinco minutos su voz de mermelada de naranja volvió a sonar en la oscuridad del pasillo, y sonriendo como el querubín de un campanario, dijo: “¿Me prestas tu chaqueta?”.

Y una mierda, pensé yo automáticamente, y dije, otra vez no. Y automáticamente, volvió a marcharse con los brazos cruzados pasillo abajo hasta el sitio donde tenía guardadas las sonrisas aquellas.

Y automáticamente, ya no podía pensar en el nombre de mi barca.

Qué cabrón soy, me decía yo a mí. Que mala persona, porque, vale, la chica es rara; pero este frío. ¿Y por qué se ríe, joder? Sí, es rara, hace mucho frío para reírse. Dice que está triste. Si uno está triste no se ríe, coño, no se ríe, yo no me río, no sé quién se ríe si está triste.

Cuando le dije “A medias, un rato tú, y otro yo”, y me quité la chaqueta y se la puse a ella, entonces, supe que era idiota, y por supuesto, que estaba cometiendo un error.
El concepto de “A medias”, que ella tenía, no se parecía en nada al mío. Aunque eso, a los cinco minutos de escucharla hablar, y a pesar de que se me estaban helando los cojones, me daba igual.
Más que igual.

Se llamaba Maite y era de Albacete y era actriz de doblaje y venía de Barcelona y su sonrisa era de ella y decía que como era de ella hacía con su sonrisa lo que le daba la gana y, que para eso era una de las pocas cosas que eran suyas, aunque hiciera frío, aunque yo fuera un tonto que no quería dejarle mi chaqueta.
Nos sentamos en el suelo del vagón ciento cuatro, el uno frente al otro. No sé de qué hablamos, la verdad, de Buda, tal vez, de Einsenstain, de la revolución, no recuerdo cuál, de los peces de colores, de Iturralde y versiones originales de películas de los cincuenta, creo que, de la banda sonora de Blade Runner, que a ella le encantaba, y a mí, con el paso de los años, también, porque a ella le encantaba.
El Mar pasaba, y la luz de las ciudades, y una estación tras otra, pasaba la noche y el sol salía por detrás de las montañas, y cuando salió del todo, se metió en sus ojos.

Maite era ojos. Sólo ojos. No importaba que tuviera una sonrisa encantadora ni una voz de mermelada de naranja, ni que fuera linda y llevara puesta una camiseta del Che ni que su pelo fuera suave como un paño turco ni sus tetas perfectamente redondas y volcánicas, no importaba, que le quedaran tan bien aquellos vaqueros que no había podido ver hasta que el Mar no pasó del todo y el sol salió de detrás de las montañas, no importaba porque Maite, era ojos, sólo ojos, los ojos más verdes que nunca había visto ni creo que vea jamás, porque aunque sean verdes no serán del verde de los ojos de Maite, que tenían un sol dentro, y en realidad, no quiero ver otros ojos de ese verde, que no sean los de Maite, nunca más.
No me hubiera perdido aquellos ojos por nada del mundo.

Estuvimos un rato largo en silencio, mirándonos a la luz de aquel martes diecinueve de octubre, viendo que teníamos manos y piernas y una nariz, y bolsillos y zapatos y sueño y los labios secos de fumar y el culo manchado de suelo, y a los cinco minutos, el silencio se fue al carajo y ella dijo: “Me bajo en la próxima estación”.

Me quedé mirando aquella estación hasta cuando ya no había estación, hasta que uno de los Eddyes abrió la puerta del compartimento y dijo, buenos días, y yo dije, vete a la mierda. Me quedé mirando aquella estación que ya no estaba, con mi chaqueta colgando del brazo, sin ella, y una nota en la mano con su dirección, por si quería escribirle, alguna vez.