30 de septiembre de 2012

El último cigarro


Metió a los niños en fundas de almohada. A los tres. Y ató las puntas. Parecían caramelos.
Los colgó como a embutidos de las lámparas del techo, cabeza abajo. Se movían. Lloraban. Decían papá papá papá, no puedo respirar.
Monique, su esposa, con sus ojos de muerta recién muerta, le miraba fijamente desde la cocina. Hasta con un hacha clavada en la cabeza, estaba guapa.
Uno de los niños se había hecho pipí encima, y había un charquito en el suelo, y alrededor, una mosca.
Sólo hacía unas horas, Monique le había preguntado: “¿Qué has visto?”. Él llevaba horas mirando un punto inexistente en el espacio, y la cena se enfriaba.

También puso boca abajo la mesa del salón, y le arranco una de las patas.
Los primeros golpes sonaron a hueco. Los niños gritaban y gemían como ratas, como murciélagos, mientras unos claveles enormes de sangre, tupían las fundas de almohada y las paredes.

Amó a sus hijos tanto como pudo, a su esposa, que estaba preciosa con un hacha en la cabeza. Incluso al perro. Y ellos amaban a un papá que les contaba cuentos en la cama, y sabía hacer caras graciosas cuando te caías de la bici, o tenías tos y algunas décimas de fiebre.
En cuanto a Monique, simplemente, no hubiera imaginado su vida sin él, el chico de la moto amarilla, que iba a recogerla a la salida del instituto y la llevaba al granero, y allí, aprendían a quererse, entre avispas y hormigas y tallos de hierba.


Estaba muy cansado. Muchos huesos. Muchos claveles en las paredes. Sudaba. Se sentó en el sofá y abrió la espita de la bombona de butano que había colocado allí hacía rato.
El pssssssssssssssssssssss del gas parecía pedir, si cabía, aún más silencio- un cigarrillo-, como si fuera a hacer su aparición, señoras y señores- el último cigarrillo-, en persona, la única, la inimitable, sí, señoras y señores, tata tachan...

Y en ese momento apareció la muerte, y la casa, voló por los aires, como Macondo, como los sueños de Edgar Allan Poe, como un cometa, un pájaro, y las calles del barrio, se llenaron de fotos con tartas de cumpleaños, de fotos de Alice montada en un pony, de Alice vestida de Vikingo en una fiesta de disfraces, las calles se llenaron de braguitas con la cara de Mickey, de dinosaurios de plástico, de entradas de cine del día que Monique le dijo sí, ese sí, de papel del water, de helado de vainilla …

Cualquiera de nosotros, también es un monstruo.