12 de septiembre de 2012

Mustang Sally


Y digo mía porque es mía,
como lo es cada dragón de mi tatuaje;
la medalla de un soldado;
la última moneda en el fondo del bolsillo.

Como cuando donde no se tiene nada y en lo oscuro, de repente,
la luz de una fragata se pusiera a temblar entre las olas:
“Estoy aquí. Contigo”.
Y sabes que contigo, es porque quiere.

“He encontrado una silla”
¿Otra?, me dice con las cejas curvadas como un arco.
“Pondré encima una vela.
Leeremos a Artaud.
Comeremos galletas.
Follaremos.”

Me gusta cuando calla porque no dice nada.
Precisamente cuando, lo único que esperas,
es quitarle las bragas,
y dar la vuelta al ruedo entre sus tetas
con una oreja en cada mano y la sonrisa de marfil.
Que si soy un canalla.
Que si la trato como a un tren de mercancías.
Que si parezco una serpiente, con esa lengua tan y con los dientes
arrastrándome a oscuras por su vientre,
por la corteza,
de entre la grieta.
Buscando el átomo.

Guarro.

Hijo de puta.

Dame un cigarro.

Siempre fumamos mirando el horizonte
de un balcón con macetas y nubes del color de los semáforos.
Después nos dormimos trenzados del meñique,
a soñar que siempre llueve y somos ranas, saltando entre los charcos.