26 de septiembre de 2012

Ni siquiera son las dos y cuarto


Se afeitaba las branquias con aguas de Cortazar,
la raya del pelo con un bisturí,
y se untaba de lirio las manos y el cuello de toro y la boca con luz de marfil.

Era porque andaba metido en quimeras de papel de arroz,
con una bailarina que le hacia la noria
en pensiones baratas.

Habituvo lo mismo un lunar de leopardo
que la tripa de la gran ballena blanca Moby Dick.
O iba en andamio por mitad de la autopista comiéndose las luces de los coches;
pero con ella, escuchaba el tic tac de los relojes.

Fueron días sencillos como un aro de circo.
Las hojas de los árboles...
Los huesos de los dedos...
Las sombras en el suelo, de las palomas.

Días sin aviones en el cielo de París.