17 de septiembre de 2012

Porque yo, sabes, buscaba una princesa, que oliera a miel de abejas y tuviera los labios pintados de teflón.


Me he comportado como un cerdo, a veces, contigo.
Contigo que me haces el café,
exactamente del color de la hojarasca en navidad.
A ciento treinta y siete grados Fahrenheit.
Que ordenas el cajón de los calzones
como un desfile de soldados de latón,
contigo que te hincas en el suelo de rodillas,
a esperarme un concierto de costillas y mis manos moldear como mantecas,
tremendo territorio.

Me aprendiste a ladrar lo inconveniente.
Dormí en el sofá, mordiendo el polvo.
Me acordé de tu risa.

De cómo ya no estaba.

Me levanté de noche.
Tropecé con la silla.
Con la pata de la cama.
Con el nudo en la garganta.
Contigo,
y el vapor de tu boca hasta el borde de besos en stand-by.