23 de septiembre de 2012

Te quiero mucho, como a la Luna


Resulta que Concha era puta.
Paco, el conserje, eso, no me lo dijo hasta que me lo dijo. Pero bueno, también me dijo que qué había de malo en tomar una copa con ella: “Seguro que no se come a nadie”.
A mí sí. A mí Concha me comió hasta la mierda de las uñas.
Total, que voy y me presento en el barrio tal de tal, bloque yo que sé, octavo A, de eso me acuerdo, le pago al taxista y llamo al portero electrónico: “¿Sí?”
Bueno, era fácil de entender, yo le gustaba, y quería tomar algo conmigo, y ya está. Pero lo mismo me temblaban las piernas en el ascensor. Paco decía que las putas del hotel hablaban todas cuatro idiomas, y que el polvo, lo cobraban a como les daba la gana.
Justo cuando iba a poner el dedo en el timbre la puerta de aquel piso de lujo se abrió de par en par, y tatachán tatachán, allí estaba Concha, morena morenísima y envuelta en papel de regalo. Yo, que era joven, medio tonto y pianista de una orquesta, me hice de repente pequeñito pequeñito pequeñito, y emití un sonido gutural como de pollo, o de pavo, y dije: “Hlaf qutal...”. Ella, también me dijo hola: “Hola”.
Joder, fue el hola más bonito que había escuchado en mi vida. Era un hola de esos con sonrisa y los ojos brillantes, un hola de esos que se dan dando un saltito, como poniéndose uno de puntillas, era hola y era cómo estás, ¿estás bien?, mírame, soy una niña casi hoy para ti, hola, eres muy lindo, y tan callado, te he visto tocar en el hotel y he pensado, sí, es muy lindo, hola, y también he pensado, quiero que esas manos me acaricien, si saben, ¿saben?, si hacen música, tienen que saber, ¿ves? te digo hola y te digo ven, no tengas miedo, el miedo es tonto, y tú, tan lindo.

Me cogió de la mano, cerró la puerta y camino del salón por el pasillo, decidí que estaba tibia y suave, y que aquel pasillo, era demasiado corto.
Me anexó junto a ella en un sofá de flores y puso la tele, porque yo, no era capaz de decir nada, y ella, ya lo había dicho todo. Me quedé mirando un buen rato las noticias, mientras ella miraba mi nariz. “Me encanta tu nariz” y luego dijo: “¿Puedo darte un beso?
No me dio uno, sino trescientos o más entre besos con lengua y sin ella, en la boca y los ojos, en el cuello, las sienes, arriba de los labios, besos pequeños de amapola, besos con dientes, besos, que eran gotas.
De la mano me llevó a la cama de una habitación rosa chicle, con un ropero rosa y una lámpara rosa y las paredes y el perchero rosas, y allí, en el país de Pink, me quitó la ropa y comenzó a morderme, bajo la luz de un anuncio de neón, los tobillos, el peroné, las rodillas, las ingles, dejando tras su paso una estela húmeda de te quieros por mi piel, un camino que habría de recorrer toda la noche una y otra vez, hasta que se cansara de amarme, de que la amaran, de ser una niña, para mí, que era tan lindo.
Me comió tres veces al día durante una semana, y el sábado, salimos del país de Pink, fuimos al baño, y mientras nos cepillábamos los dientes, nos dijimos adiós en el espejo.

Mientras el taxi me alejaba de allí, vi a Concha asomada a la ventana con la mano así, y una sonrisa que decía “Te quiero mucho, como a la Luna”.  




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