18 de septiembre de 2012

Una luz cegadora


“...hasta el momento el número de victimas mortales asciende a ciento cincuenta  y aunque a esta hora de la mañana aún se desconoce la autoría de este nuevo golpe terrorista perpetrado en pleno corazón de la capital, su similitud con la masacre en la estación, hace suponer que los causantes de la explosión han sido...”

Los de siempre.
Han sido los de siempre.
Siempre son los de siempre.
Antes de que llegue el tren de las once menos cuarto todo el mundo estará hablando de fútbol, de la nueva marca de Fernando Alonso, o la tercera entrega de Piratas del Caribe.
Antes de que llegue el tren de las once menos cuarto, nadie se acordará, hasta que los de siempre quieran, otra vez, de las victimas mortales. Ni Don Ramón, que se acuerda de todo.
Los muertos de la guerra no son muertos, son cáscaras vacías. Son pedacitos de carne colgando de los cables de la luz, resbalando del bordillo hacía el asfalto, desconcertados, sin extremidades, sin dientes, sin un nombre, porque a los muertos de la guerra, no los conoce nadie después de la metralla.