24 de septiembre de 2012

Vendetta


Carolina ha tardado casi cuatro meses en pintar ese cuadro. “Era” un Mar. Con un faro y gaviotas.
No quería que lo viese nadie hasta que no estuviese terminado. Después del desayuno, Carolina me ha dicho: “Ven, tengo una sorpresa”. No es una sorpresa, es que ha terminado el cuadro.
El lienzo estaba tapado con un paño, como si fuera un secreto, y no es un secreto, es el Mar, con un faro y nubes.
“Aun no está seco”.
Y entonces le quitó el paño, se me quedó mirando como para que yo dijera: “Joder cariño, es preciosísimo”, y en vez de eso, he estornudado sobre el cuadro.
Una vez leí que las babas de un estornudo salen disparadas por la nariz a más de trescientos kilómetros por hora.
Ahora el faro parece un mercado de verduras, y el Mar, no sé ni lo que parece, pero no parece el Mar. Vaya mierda. Joder. Vaya mierda.
Carolina está blanca todavía. Y tiene en los ojos dos charcos.
Me acerco por detrás y le acaricio el cuello y le digo “Carolina, yo...”, y Carolina, dándose la vuelta me dice: “¿Te acuerdas cuando éramos pequeños y te clavé la punta de un lápiz por la espalda?- aún tengo una cosita azul en el hombro-Estamos en paz”.