21 de septiembre de 2012

-¿Y tú qué miras?


Mario no va a contestarle. Mejor mira hacia otro lado.
“Cuando seas mayor, no te juntes con borrachos, que son Esos, como tu padre, pobrecito”. Mamá, que se inventaba las palabras cuando no sabía cómo se llamaban las cosas.
“Tú, se siempre un Tú, no un Eso, si no, cuando te estés muriendo, te morirás para nada”.
Metía la cuchara de palo en la olla y le ponía a Mario un plato de lentejas para que se hiciera grande y fuera un hombre. Uno de verdad.
En cambio, hay gente que habla por la boca como si la boca fuera un culo:

-¿Te gusta mi reloj? ¿Estás mirando mi puto reloj?

Es bonito y es un Rolex; pero no, Mario no está mirando su puto reloj. Tal vez a ese tipo lo que le gustaría es que Mario mirara su puto reloj, que toda la gente que hay en el bar mirara su puto reloj, sus gemelos preciosos, su traje color guinda hecho a medida, a la medida de un tío con dos huevos:

-Porque yo tengo los huevos como los de un borrico ¿te enteras? cojones de Saldaña tengo. Me he comido muchos coños yo...

Seguro que Eva ya no tarda. Que no tarde. Ha dicho que iba a ponerse guapa y que ahora bajaba: “Pues tómate un café, Mario, mientras”. Ya se ha tomado tres. Eva debe estar guapísima.

-Tengo el coche más grande, la casa más grande y la polla más grande que tú. Y me cago en el dinero, yo, en el dinero, me cago.

“Si te vuelvo a escuchar otra como esa te volteo la cara de un guantazo”. Mamá, que bruta. Porque Mario dijo que “a tomar por culo el instituto”, que en la fábrica, hacían falta hombres, y en la casa, un sueldo, y que como él ya era grande porque había comido tantas lentejas...
A Mamá no le gustaba que en la mesa se hablaran mierdas, decía, que aunque no supiera dónde estaban los Montes Apeninos, tenía que pedirlo todo por favor, como un hombre, dar las gracias, y aunque tuviera esas manos de hierro grandes y encalladas, tratar a las mujeres como a una flor. Y que cuando encontrara a la Una, se la quedara para toda la vida, porque como esa, no había más.

Mario encontró su Una en la cuarta fila del cine de verano. Fue que cuando le metió su mano grande por debajo de las bragas. Eva, toda seria como casi una mujer, le dijo: “Que sepas que si no sacas la mano de ahí, seré una guarra para toda la vida, y yo, para toda la vida, lo que quiero es ser tu novia”. Aquella noche Mario le dijo a Mamá, que su Una, tenía los ojos verdes y se llamaba Eva.

Un día Mamá se quedo mirando el cielo y dijo “La tristeza es un ángel que bebe de los charcos”. Aquel día no dijo nada más. Mario se quedó un rato mirando por la ventana al cielo, a ver si veía la tristeza o algo; pero lo único que vio fue como los murciélagos se comían a las moscas, y un avión que pasó a las doce menos cuarto, rumbo a Copenhague.

-¿Sabes quién manda en mi casa? Yo. En mi casa se hace lo que yo diga, mis huevos de Saldaña, lo que yo diga.

El tío tiene los ojos rojos como una rata.

Desde que se casaron, en casa de Mario, es ella quien se come todo el chocolate que había en la nevera, porque siempre había, nunca hay, para él no, para él el chocolate siempre había, hay nunca, había. Así que el chocolate es algo muy abstracto si estás casado con Eva.

-Un Saldaña se viste por los pies chaval, como los tíos y... ¡Coño que culo lleva esa morena! ¿Te gustan las tías no? ¡Dime algo joder, que no me como a nadie!

Aunque se lo comiera lo vomitaría inmediatamente. Se habrá metido hasta las rayas de la corbata, y vodkas con naranja, por lo menos siete. Se va a romper por algún sitio de aquí a ya, los Esos se abren en dos y se les ven las tripas cuando menos te los esperas.

-¿Qué coño te crees que no me hablas? ¿Eh? Mira lo que hago yo con el dinero.

Totó, el dueño del bar, ha salido de detrás del mostrador y se ha puesto a recoger billetes del suelo con la escoba, y al tipo, le ha dicho “Venga hombre, cálmese, o veremos a ver...”, y el tipo, a Totó, le ha cogido de la manga de la camisa y le ha suplicado otra copita, con sus ojos de rata: “Venga coño, la última”.

-¿Tú quieres una, chaval? venga hombre, no te enfades joder, una copita. Te invita un Saldaña, cagon la puta. ¿O qué?

O qué.
Qué, es que Mario mira el pozo del café por no darle dos hostias al Saldaña con sus manos de hierro grandes y encalladas, qué, es morderse la punta de la lengua con los dientes y apretar la servilleta esa de papel que dice “Gracias por su visita”, qué, qué es ser un hombre, uno de verdad, y estarse quieto.

-Tengo un Jaguar Luxury aparcado ahí enfrente, mamón ¿Qué tienes tú, manchas en la ropa?

Y entonces, ha entrado Eva, y con Eva, ciento setenta y nueve pajaritos, y el sol, y un aire fresco por la nuca, y con Eva la emoción de verla así de guapa y de bonita, una ilusión ilusionante vestida de amarillo amarillísimo, con Eva sus pequeñas tetitas como peras y su río de risas, con Eva los Rolling tocando Satisfaction, la Scola Do Samba de Sao Paulo, el oxígeno, con Eva la posibilidad de que Dios, exista.
Bueno, esas cosas no pasan; pero cuarenta y cinco minutos en el baño dan para mucho. Está preciosa: “¿He tardado? ¿Me perdonas? Que tonto eres Mario, perdóname ¿Ya me has perdonado? Pues vamos, que llegamos tarde al cine. Dame un besito.”

Mamá siempre decía que un Eso cuando llora, “es para tenerle lástima”, porque si un eso llora es porque se ha metido los dedos hasta el codo por la boca hasta el estómago, y no se ha visto el alma, sino un hueco tan grande como el hambre de África.

Mientras Eva y Mario salen de allí cogidos de la mano, un Eso se convierte en polvo, y poco más tarde, en el mismo momento en el que Eva está susurrando “Mario...métete la mano por debajo de las bragas”, un viento lo destierra de la faz de la tierra de los hombres, de los hombres de verdad, a una casa vacía y sin espejos.