19 de octubre de 2012

Acrílico sobre fondo negro


-Ñiccccc (puerta).

-¿Mamá (adolescente)?

-Sí hija(mamá). ¿Has cenado?

-Algo.

-¿Qué haces?

-Leo(mentira).

-He tenido un día horrible. Me voy a duchar(mentira también).

-Vale.

“¿Estás ahí?” sigue parpadeando en el ordenador.

“Ya. Era mi madre. ¿Te imaginas? Si supiera que me gustan las mujeres le daría un infarto. ¿Me quieres Gloria? Dime que me quieres”.

“Quiero oír tu voz”.

“No puedo. Yo también quiero. Pero no puedo. El baño está ahí mismo. Me preguntará con quién hablo tan tarde. De hecho ya debería estar acostada.
Llevo unas braguitas rosas.
Con un lacito.
Quiero soñar que me besas. Que me besas todo el cuerpo”.

“Quiero oír tu voz”.

“Vale. Pero sólo un momento”.

Natalie pasó prácticamente la noche en la escalera, fumando uno tras otro unos cigarros mentolados y haciéndose rizos con el dedo en el pelo, y su hija, no salió del cuarto hasta las diez de la mañana, para encontrarla sentada en el sofá esperando a que alguien le dijera que aquello no podía ser verdad. En vez de eso, Coraline le susurró al oído, “guarra”, y soltó el móvil en la mesa con la foto de un coño en la pantalla, que días antes, le había enviado “Gloria” por correo.