23 de octubre de 2012

Dime que el mundo no es redondo


Les escucho follar al otro lado de la pared. Ella se ríe como una condenada, con una risa hueca y voluminosa, como de capitana, de cueva de murciélagos, de tormenta, que lo inunda todo y convierte el silencio de mi habitación en una feria.
Él no es siempre el mismo. Igual tiene acento polaco, que al día siguiente francés, o italiano.
Follan mucho.
Duermo poco.

Cuando alquilé esta habitación nadie me dijo que al lado vivía una ninfómana, o lo que sea esa mujer.
Podría levantarme de la cama y llamar al timbre y decirle que tengo mucho sueño, mucho sueño, que si podría follar más bajito, no así, claro, que escucho, ruidos, podría decirle, ruidos raros toda la noche, hasta muy tarde, y que mire qué cara oiga, tengo hasta la lengua seca.
Pero para qué. Sólo estoy de paso, como siempre.
Y me gusta su risa.
Incluso enciendo un cigarro para escuchar cómo se ríe, y se ríe siempre igual, con ganas, hasta donde llegue, como si se estuviera tirando en paracaídas, y su risa, atraviesa los ladrillos, el cemento y la cal, el gotelex, el cuadro de un paisaje con ciervos y escopetas, y su risa, se me mete en el pecho y me lo infla, y siento como el corazón me hace clonk clonk y rebota como una pelota de pinball en las paredes del estomago.

Aunque hace un par de días, me puse a dar golpecitos en la pared, coño ya, que son las tres de la mañana, TOP TOP TOP, ni caso, si me quedo sin tabaco, joder joder si me quedo sin tabaco, TOP TOP TOP, ni puto caso.
Me he comprado un mp3. Uno gordo y grande.

Varios días más tarde …

-Hola.

Estaba cerrando la puerta de la habitación para ir al supermercado, y de la puerta de al lado ha salido una cabecita. Hola, digo.

-Tú eres el de los golpecitos en la pared ¿no?

Me quedo como se quedó el Cid Campeador, de piedra en mitad de la plaza del pueblo, pero sin caballo. De la cabecita, sale un cuerpo pequeñito y me dice que la perdone, que tiene una risa fácil, ya lo sé, ya lo sé, que tiene que reírse mucho, me dice, lo que pueda, y que si quiero un té verde, venga, y me coge de la manga de la camisa y me sienta en un sofá color ciruela y se va caminando como un pajarito hasta la cocina.

-¿Con azúcar?

Digo que sí con dos dedos en alto. Qué bonita es. Le brilla la cara como si fuera de acero inoxidable, de plata, de plata blanca.

Mira, yo- le digo-, no es por nada, pero … bueno que es que …

-Tengo un tumor en la cabeza del tamaño de un tomate.

Me dice.

Sólo estoy de paso joder, no me puede estar pasando esto.
Que no lo diga, que no lo diga.

-Y me voy a morir.

Vale.

-No soy ninguna ninfómana sabes- ¿ah no?, me pregunto-, y no me voy a tirar encima de ti ni nada de eso, sólo quería, pedirte disculpas, aunque lo voy a seguir haciendo, ya sabes, follar como una loca todo lo que pueda, y más cosas, pasear por el parque, jugar a los bolos, mirar el cielo, yo qué sé.

Miro el suelo. El suelo no es interesante. Hay migas de galletas, poco más.

-Me llamo María.

Y entonces es cuando algo desconocido sale de la nada y me mete dos hostias y todo en mí vibra como la cuerda del arco de Orzowei, na na na na na na na, Orzowei, na na na na na na na, y me levanto y casi a punto de llorar como un niño de primaria, le digo, no, no, no, y ella me dice que no qué qué qué, y yo le digo, agarrándola por los hombros, que no puede llamarse María, que por qué coño se llama María, por qué, por qué, no quiero que se llame María … Y me derrumbo en el sofá color ciruela, igual que un árbol amazónico.

-Te escucho en sueños-me dice-. Estas paredes son una mierda. Y roncas.

Yo no ronco.

-Hablas de mareas y relámpagos. Es bonito. Y es triste. Por eso es bonito. Hablas de cuánto la querías. De un fallo en el motor del barco. “Se lo dije, se lo dije”, eso dices, que no era día de salir al Mar. A veces te cagas en el Mar. La verdad es que no dejas de cagarte todo el tiempo en el Mar. Ya te digo, una mierda de paredes.

Tal vez ronque un poco.

Me pregunto como una risa tan grande puede caber en un cuerpo tan pequeño, me pregunto por qué se agacha y me coge de las manos, me pregunto por qué no hago nada por evitarlo, me pregunto como se puede estar tan bonita en pijama, me pregunto si ahora va a follarme, o qué.

Y entonces se me sube encima y se hace un ovillo entre mis brazos, igual que camina, como un pajarito, y cierra los ojos y me toca el pelo, y otra vez no hago nada, de hecho ya ni siquiera me pregunto, y dejo que me cante una canción de Alberto Cortez, que no me gustaba hasta que no la he escuchado construir castillos en el aire con su boca de flauta. Huele a sábanas recién planchadas.

Se queda dormida en el estribillo. Mi té se enfría y me fumaría un cigarrillo, arf arf arf, por Dios, un cigarrillo. Pero no pienso moverme. Podría no moverme nunca más.
Miro el techo y por momentos, mientras la escucho respirar, me olvido de que sólo estoy de paso, como siempre, buscando un sitio donde nadie, haya oído hablar del Mar.