6 de octubre de 2012

La hiel


Entró al país de avanzadilla vía patera asiento ventanilla.
No fumador.
Desde ese mismo instante aún
-de todavía-,
tardaría en devolver
-si Dios quería-,
más de novecientos treinta días
-a tanto la hora-,
la plata del pasaje.

De seis a siete había que verla,
exprimir y fregar las escaleras, con qué,
verdadera fortaleza se enfrentaba al sol,
en cada uno,
de los peldaños de un bloque de seis pisos.
Con ascensor.
Amanecido, bregaba haciendo churros en el centro.
De nueve a doce.
De doce a una, soñaba que tenía un delantal,
geranios,
y una casita blanca con espuma.
De una a cuatro cuidaba a una señora,
que a voces,
la llamaba a quitarle las babas y a cambiarle
la bolsa de la mierda.
De una a cuatro era el amargo,
trago de saberse indefensa.
De cuatro a ocho, mamá te quiero, te hecho de menos,
papá papá, ay mi papá, cuánto, cuánto te quiero.
Cuidad de mi Perseo.
De mi ángel rizado.
De mi niño.
Ya pronto.
Ya pronto.
A las diez en Matisse, un bar de copas
colgando la ropa de los yupies de un perchero de roble.
De seis a siete había que verla.
Tan ancha.
Tan gallo.
Peldaño por peldaño, a dos euros el tramo.
Ya pronto.
Ya pronto.