18 de octubre de 2012

La Venganza de la Reina Ana


Cuando alguien te hace daño, daño de verdad, nunca lo olvidas. Jamás.

Mi abuela me daba una peseta, de vez en cuando. Por guapo, decía. El delantal de mi abuela era como el Banco de España, y mis primos y yo, una banda de gorriones con la boca abierta.
A veces nos ponía en la cocina a pelar alcachofas, judías, o habas. Hacía unos guisos enormes en una olla donde cabía una persona. Yo cabía. Y mi primo Juanito y el Alberto y la prima Catalina.
Y mi madre, no me daba nada porque yo era muy malo. Y como era muy malo, me quedaba con el cambio del pan o la leche, y le decía que lo había perdido. Claro que eso, no era así de fácil, porque mi madre, cogía la escoba y se liaba a escobazos que parecía una psicópata. Yo me escondía debajo del ropero; pero las escobas cada vez las hacían más largas, así que mi única opción era cansarla en una persecución por toda la casa escaleras arriba escaleras abajo. A veces me escapaba. A veces no. Mi madre le quitaba el palo a la escoba, apuntaba, y me daba en la cabeza con una precisión, digna de la diosa Diana. Alucinante. Pero me quedaba con el cambio.

En cuatro meses, ahorré lo suficiente para irme corriendo a la tienda, y comprármelo.
Era un disco de plástico, que lo ponías en una cosa de cartón, le dabas vueltas con el dedo, y mediante una aguja, sonaba. Hacía “Creckkkk-Creckkkk-Creckkkk”; pero si lo girabas a la velocidad adecuada y prestabas mucha atención, podías escuchar un cuento de piratas. En la caja decía: “El tesoro del pirata Barbanegra”.
Puse en el mostrador todo mi capital y el tendero me puso en las manos aquella cosa que olía a nuevo, a otros mundos, a ilusión.
Cuando llegué a la casa no podía ni respirar. Estaba nervioso y jadeante, todo colorado, lleno de vida.
Lo puse encima de la mesa, le quité el envoltorio, coloqué el disco de plástico en su sitio, y cuando le puse el dedo encima para comenzar a girarlo, mi padre entró en la habitación: “¿Eso qué coño es?”.

Es mío, le dije.

Quería decirle que era un artefacto que contaba cuentos de piratas, que me lo había comprado yo solito, como un hombre mayor, con mi dinero, porque había estado cuatro meses sin comer caramelos. Ni uno.
Es mío, le dije. A mi padre los domingos lo echaban de los bares. De todos los bares del barrio.
Se fue a la cocina y cogió las tijeras, y con las tijeras, hizo mil pedazos mi disco de piratas. Mil. Los conté.

Ahora soy grande porque comí muchas lentejas, y mi padre es pequeño, porque está muerto.
Cuando te hacen daño, daño de verdad, nunca se olvida.
Ayer fui al cementerio, puse aquel disco de plástico- me compré otro- sobre su tumba, y mi padre y yo, escuchamos como el pirata Barbanegra, cruzaba los mares del Sur a bordo de La Venganza de la Reina Ana.
Porque yo, amaba a mi padre.