30 de octubre de 2012

Son tantos y yo sin munición


Otro mundo. Lo llamo Frikilandia porque lo mismo hay un orondo Buda flotando en la pared y sonriendo a no se sabe qué que al lado un dibujo muy serio y peripuesto a pastel de mi madre y mi padre cuando eran novios y no sabían de la vida sino que querían parecerse a los artistas de cine. Once tortugas once y una colección de muñequitos de esos que los niños se dejan olvidados en los bares cuando van con los mayores a devorar patatas fritas y hamburguesas, por ejemplo, un Rayo MacQueen rojo de plástico con las ruedas pinchadas; dos piratas, uno cojo y el otro con un parche en el ojo; un pingüino; bolas, bolas de esas pequeñas que rebotan y rebotan de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá; un caballo; un rinocerante; otro rinoceronte; un gato, una ardilla, más bolas de aquí para allá.
Klein, mi osito de peluche, que me ha visto comer kilos de mierda.
Y cajas. Cajas grandes y no. Con muchas cosas dentro. Cosas mías. Secretas.
La luz es de papel, suave y tibia como a mí me gusta que me amen.
Hasta tiene una ventana por donde escucho la lluvia caerme en las costillas; veo pasar las nubes; salir el sol; cruzar, el cielo muy de vez en cuando una estrella fugaz, de lado a lado.
Hay un mural enorme de New York brillando en la penumbra que da la lamparita con tela de cuadritos y pie de cedro blanco. Bombilla de cuarenta.
Mi sombrero y todo el polvo encima del camino. De un clavo. Ya para siempre, si es que los siempre existen. ¿A qué se aferra uno si no? Tampoco soy ya un globo. Los años pasan, como todo, por eso digo si los siempre a lo mejor...o no.
Un cepillo de dientes. Rosa. De Hello Kitty. Se pega al suelo con una ventosa. Libros. Libros que nunca he leído. Ni que voy a leer. Prefiero hacerme pajas viendo culos de negra en internet. Ya nunca leo. Sólo miro dentro.
Mi caja del tabaco, el mechero, cosas. Mi bote de agua de colonia.
Yolanda en un rincón. Esperando que un día le ponga cuerdas nuevas y me siente en la escalera a cantarle a la luna canciones bonitas de amor.
Un elefante que da los meses y los días y un gato de madera acostado en un diván.
Un timón que marca el Norte. O eso creo.
Un sofá tapizado de flores donde hacer el amor honradamente. Un Clow que baila desarmado al son de una balada triste si das cuerda. Un bote con pinceles. El tic tac de un reloj. Una vela, tres ángeles y un barco de nombre La Tirana.
De cualquier sitio, cuando menos te los esperas, aparece Marilú, la arañita parlante:“¿Cuánto hace ya de esa canción?¿Diez años?”.
Es mejor que no haber vivido.
¿Verdad Klein?
Y escuchar sin paraguas Purple Rain.
Con trocitos de, tengo una vida.
Sobreviviré. Aunque me muera en el intento.