16 de octubre de 2012

The hole in the man


Yo le regalaba flores. Íbamos por la calle, paseando, y las cogía de las vallas, o del suelo, o de una ventana. Siempre estaba guapísima, y digo aba, porque ella, ya es historia.
Movía el culo como nadie, bailaba con el culo. Y tenía unos ojos preciosos, sí, bueno, en otro momento hablaré de sus ojos. En realidad era su forma de caminar, grácil como el de un guepardo, un guepardo con un culo, que ya te digo, de premio Nobel.
Pero era una cabrona, yo creo que se murió de lo cabrona que era, pobrecita mía. Tenía una cosa en el estómago, una cosa muy chunga, que se la comía, por dentro, decía ella, como si tuviera dientes, que la estaba dejando vacía, que dolía mucho, más que mucho, decía. Antes de tener esa cosa que se la comía en el estomago y que dolía más que mucho, ya era cabrona; pero no tanto.
Se murió por la tarde, un ocho de mayo.

Cualquier cosa que yo dijera estaba mal dicha, o era mentira, o no tenía ni idea. Si decía que el cielo estaba muy bonito, así, tan azul, pues el cielo no era azul, los cojones, y me contaba una película de no sé qué de no sé cuántos de que si el oxígeno y la atmósfera y no sé qué más. Que no era azul, y ya está. Y seguía caminando, bailando con el culo y perfectamente satisfecha de sí misma, y de que el cielo, fuera como a ella le daba la puta gana. Una cabrona.

Pero yo la quería, me daba igual de qué color fuera el cielo, si debajo del cielo estaba ella, me daba igual que pasara por mi lado, toda enfadada, y me mirara de ese modo, y yo sintiera escalofríos, como si alguien se hubiera dejado una puerta abierta, o te hubiera pasado una gata entre las piernas.
Ojalá el ocho de mayo me hubiera muerto yo. Qué cabrona.

A veces, la sorprendía mirándome, muy seria, con una cara muy rara, y yo hacía como que no me daba cuenta, pero me miraba, y cada vez la cara se le ponía más rara, y me miraba más de cerca, hasta que casi podía sentir su respiración en mis mejillas, pero yo miraba la tele, muy acojonado, y se quedaba así un rato, mirándome, y yo veía como le brillaban los ojos, en esa cara que ya no es que fuera rara, si no que no te atrevías ni a parpadear, y los ojos te lloraban, y luego, se alejaba, muy lentamente, mirándome también, y se ponía a ver la tele, como si nada.
Yo creo que también me quería, aunque fuera un felino, y se dejara abiertas las puertas del infierno, y no me dejara que el cielo, fuera azul.

Tenía, la carita muy blanca, y no iba a pasar de esa tarde. Yo la tenía cogida de la mano. Le había robado un tulipán, camino de la habitación, un tulipán de los jardines del hospital, muy bonitos los jardines, y lo tenía sobre el pecho, y le daba vueltas al tulipán con dos dedos, y el tulipán giraba, para un lado y para el otro.
Y a los cinco minutos el tulipán de quedó quieto.
Yo la tenía cogida de la mano.

Me habría gustado guardar sus huesos en una caja de zapatos. Debajo de la cama, y sacarlos cuando yo quisiera y quitarles el polvo y darles brillo con un trapito mojado en alcohol. Siempre se lo decía, que quería eso, lo de la caja de zapatos, y ella, no decía nada. Qué raro.

La enterramos y llovía. Ni el cielo era azul ni una mierda. Me fui caminando, solo, y sin querer robé una flor de una pared con azaleas, que salían de un patio, y sin querer busqué su pelo, y su pelo no estaba, y yo allí, caminando con su flor en mi mano.
Qué cabrona.