14 de octubre de 2012

Vivere Memento


Y de repente Aitor estaba en un rincón, sosteniendo a su hermano Alfredito entre los brazos.
Hasta hacía unos minutos, el bebé había estado sonriendo. Ahora tenía clavada en el cuello una astilla del tamaño de un hueso de muslo de pollo, y toda la sangre que tenía en el cuerpo, se le salía por ahí. Ya no se reía. Ni lloraba. No hacía, nada.
“La vida duele”, pensó Aitor.

Las vigas del techo habían cedido, y en el salón, además de las cosas que normalmente había en un salón a la hora de la cena, también había aquel día una cama vestida con colchas de croché portugués, un enorme armario ropero de tres puertas, un peine de plata, zapatillas, un libro en alemán, una cajita con pastillas para la tos …
Y debajo de todo eso, estaba mamá partida en dos.
De postre había flan de huevo.

El primer obús cayó del cielo y se clavó como un dardo entre las cejas de su padre, y el segundo, que penetró como una gran verga la ensalada de endivias y queso roquefort, nunca estalló.
Aitor Estefanía miró toda la noche aquella cosa negra y con forma de pepino, esperando que en cualquier momento, hiciera ¡Pum!

Durante años, el padre Estefanía, un curita reseco y de párpados caídos, atendió el confesionario, sin que ninguno de sus fieles supiera jamás que cuando ya les había puesto penitencia y llegaba el momento de perdonar todos sus pecados haciendo una cruz en el aire con su mano derecha, con su mano izquierda, acariciaba como a un cachorro de gatito aquella cosa negra y con forma de pepino, que todavía hacía tic tac tic tac.

El padre Estefanía nunca creyó en Dios. Murió aferrado a las tetas de una negra que echaba las cartas, y una vez se meó en la pila del agua bautismal. Pero como el padre Estefanía, no perdonaba nadie, ni nadie, como él, era capaz de convencerte, sólo mirándote a los ojos, de que para un hombre de Fe, nada era imposible.