12 de octubre de 2012

Volar, qué tontería


“Has roto todos mis sueños”, le dijo ella, aquel día, y le habló de una hoja de papel, de que si la rompías en mil pedazos ya nunca sería la misma hoja de papel, aunque pegaras sus trocitos escrupulosamente y luego la planchases al vapor. Nunca sería la misma hoja de papel, si no, otra cosa, como ella, que ya no era la misma, si no otra cosa, menos feliz.

“Quiero cosas pequeñas, y quiero muchas- le dijo-, quiero que me digas bonita, de vez en cuando, quiero hacerme viejita contigo, quiero que sonrías, que te dejes tocar, que me hables, ¿por qué no me hablas?”.

“Porque no me entiendes”, le dijo él.
“Porque no te explicas”, le dijo ella.
“Porque no me entiendo”, le dijo él.

Él era un loco. Se desilusinflusionaba como un globo ante la visión de un mundo que le parecía, horrible, y segundos más tarde, temblaba de emoción y quería que todo el mundo mirara al cielo y les decía, alucinado, “mirad, una nube”.
Se ató una vez a las puertas de un estadio de fútbol, gritaba, cabrones, o algo parecido, y se cagaba en los fichajes millonarios, absurdos, y le hablaba a la gente, de un sitio llamado hambre, y la gente, se le meaba encima.

Para hablar de la guerra fue a Camboya. Pisó una mina antipersona y estuvo tres días sin moverse, hasta que pudieron sacarle de allí. Luego habló de la guerra y otra vez se le mearon encima.

Cuando hablaba de amor todo el mundo le escuchaba y nadie tenía ganas de mear. Un día, mientras hablaba del amor, se la sacó, y se meó en todo el mundo.

Estuvo un rato en la selva, con tigres que se comían a la gente, y flores raras y hormigas con la cabeza muy gorda. Vino muy delgado, diciendo que el hombre, era idiota.

Otro día quiso hablar de la muerte, y hubo que quitarle de las manos las tijeras.

Todo se acaba, el sol también, lo ha dicho un científico.

“Mi lucha-le dijo ella-es llevar al niño a un buen colegio, tener una casita blanca con terraza, y tender tus camisas y mis bragas, al sol, a ese que dices que se acaba, mi lucha es trabajar catorce horas y cobrarlas todas, y los domingos, ver como te comes esos emparedados de tres pisos, que te hago, mi lucha es, enseñarte como sepa a vivir sin tus fantasmas, y si no lo consigo, ganar sola mis batallas, mi lucha no es salvar el mundo, amor, el mundo, nunca estará a salvo”.

Había algo extraño en el ambiente.
Pero no había nada extraño en el ambiente.

Aquel día, el Mar escupía olas que eran como mujeres vestidas de encaje para una boda con la muerte, y el viento, era una navaja.

“Tengo que vivir”, le dijo ella, mientras él con el dedo dibujaba en la arena la palabra adiós, y le hacía un lacito con el humo del cigarro.