15 de noviembre de 2012

La maldición de Bobby Carapalo


Dicen que la probabilidad de que un piano de cola le caiga encima a alguien, en pleno desierto de Arizona, es tan pequeña, que si le cayera a alguien, alguna vez, no sería por casualidad.
Aún me pregunto qué coño hacía yo en pleno desierto de Arizona.

Ahora estoy en un Bar de esos modernos, con Wifi y camareros a los que parece que les han metido una granada en la boca, y que por eso sonríen de ese modo arcaico y sobrenatural. El café es bueno. Hace viento, y hay nubes en el cielo.

Quinientos kilos de piano.
Ni la más puta de todas las putas que conozco, hubiera querido ser mi madre en ese momento. Lo escuché silbar común obús, antes de caer.
¡Catastrán-pum Kabum chssssss Bum-blum!¡Blummmmmmmm …!
Se levantó una nube de polvo como un edificio de tres plantas. Yo estaba debajo. Vivo. Como siempre.

En el Bar suena una canción de Juan Perro, y fuera, en la calle, ha empezado a llover, no veo mejor momento para acordarme de la chica rubia y los labios más rojos del mundo.

Lo último que recuerdo antes de despertar con la boca seca y mirar alrededor y no ver más que arena y lagartos, es haberla visto desnuda, sobre la cama, y completamente muerta.

Tenía unas tijeras de podar clavadas en el pecho, y de la herida, aún manaba un reguero de sangre, como un riachuelo hacia su vientre. Tenía un lago en el ombligo y los ojos abiertos. Se llamaba Sue, Marie Sue Michel, aunque claro, aquél, como podría descubrir aquella misma noche, no era su verdadero nombre. Su verdadero nombre, era “estás muerto Bobby”. Bobby, soy yo.

La conocí aquella misma noche, y a la mañana siguiente, dejé de conocerla. Recuerdo que bailamos, y bailando, llegamos del Royal Cabaret Club a la cama, y entonces fue cuando se me tiró encima, y con los muslos, empezó a apretarme la cintura, y con aquella boca que era la boca más roja del mundo, me dio tantos besos en el cuello, y con las manos, me aferró las muñecas.
Y entonces fue cuando sacó las putas tijeras.

La canción de Juan Perro se ha terminado hace rato. Ahora suena otra, pero no sé muy bien de que va, porque en la mesa de al lado se han sentado unas chicas y están hablando de Mario.
No sé quién es Mario, pero sé que está buenísimo y que anoche llevaba una camisa color malva con rayas blancas, que le quedaba de puta madre. Y que todo lo hace de puta madre. Y tres veces.

La verdad es que estaba impresionante, hermosísima y rubia con su boca más roja del mundo, con aquel brillo de demencia en sus ojos, y aquellas enormes tijeras en la mano, en alto, como la estatua de una valkiria en mármol veneciano, digna del mismo Leonardo. Joder, estaba preciosa.
No dijo una mierda, y acto seguido, tenía aquella cosa enorme y fría clavada en mi clavícula izquierda, y ella, dulcemente, sonreía y movía la pelvis como una culebra. Nunca se me había puesto tan dura.
Le di un puñetazo en la boca, en aquella boca que era la boca más roja del mundo, y Marie Sue, aunque ese no fuera su verdadero nombre, cayó encima mía como una muñeca de trapo. Me corrí.
La aparté hacia un lado de la cama. No estaba tan preciosa con la boca más roja del mundo hundida, ladeada como un cuadro ladeado, rara.
Tal vez no estaba tan preciosa porque acababa de clavarme a la cama con una herramienta de jardín. No lo sé.
Desclavé las tijeras del colchón y algunas plumas salieron volando por el aire. Me incorporé. Dejé en la mesita las enormes tijeras y tapándome la herida con la mano fui al baño. Mojé la toalla y me la puse en la clavícula.
Cuando volví, Marie Sue ya estaba muerta. Había huellas de barro en el suelo, y la puerta de la casa estaba abierta.
Luego sentí un golpe en la cabeza, todo se puso blanco, y cuando desperté, tenía la boca llena de arena y sangre seca en la cara. Hacía un calor de cojones.
No supe que aquello era el desierto de Arizona hasta que no me cayó encima el piano.
Cuando terminé de sacudirme todo aquel polvo de encima y me puse en pie, lo primero que hice fue cagarme en Dios, sin duda, el único culpable de que estadísticamente, si un piano de cola tenía que caerse del cielo en algún sitio, era allí, y a mí.

Las chicas de la mesa de al lado ya se han ido. Suena Police. Recuerdo que escuchaba a Police en el taxi de un colega, fumando porros, y hablado de Sidharta hasta el amanecer.

De lo de la rubia, a Dios, no le dije nada. No era la primera mujer que intentaba matarme. Pero de lo del piano, joder, sólo a Dios se le ocurriría hacer algo así, no creo que nadie más se molestara.

Encontré una nota en mi bolsillo. La leí varias veces mientras caminaba bajo el puto sol de aquel puto desierto que no se acababa nunca:
“La próxima vez tal vez no esté ahí para salvarte el culo”
Firmaba, “El defensor de los tíos que se meten en problemas con las rubias que te quieren clavar unas tijeras de podar en la clavícula”.

Ni puta idea. No sabía de qué iba todo aquello. Estaba vivo, y eso era lo importante. Pido otro café. Enciendo otro cigarro. Miro la calle.
Joder, qué solo estoy. La culpa es de esa mierda de canción, nunca me gustó esa canción, sobre todo la parte que dice “sin ti no soy nada”. La odio.
No es verdad. No la odio. Era muestra canción. De ella, mi ella y mía.
Al menos lo era hasta que lo eché todo a perder. Si le pudiera echar a Dios la culpa de aquello, como lo del piano, todo hubiera sido más fácil.
Después de ella no hubo nada. Excepto rubias con bocas rojas y tijeras de podar.
Al camarero le estalla otra granada en la boca y me pregunta que si está todo bien. Supongo que se refiere al café. No creo que sepa nada sobre ella, y cuánto la echo de menos. Le digo que sí, gracias, no necesito nada más, y cuando se aleja, sigo hablando solo, diciendo que, en realidad, no necesito ni respirar, para qué, si no me apetece, si todo es una tontería sin ella, mi ella, para qué, si me da igual que me caigan pianos de cola encima, no ves, cómo me sacudo el polvo, digo, da igual que me caiga un camión de dieciocho toneladas, “Sin ti no soy nada”, mierda de canción, da igual, mañana estaré en brazos de otra rubia con ganas de matarme, porque la llamo como a ella, mi ella, como a todas, en vez de Marie Sue, o Amanda, o Allison, da igual, y así, todos los días, y los días sin ella, mi ella, son más largos, condenadamente largos, no se acaban nunca, como el desierto de Arizona. Maldita sea. No, no estoy bien, estoy jodido, y ni siquiera tengo su número de teléfono. La llamaría, la llamaría y le diría, sí, ya sé que han pasado veinte años, pero aún te quiero, todo esto sin ti es una mierda, veinte años de mierda, yo soy una mierda. Me caen pianos encima. Me estoy quedando calvo. Hablo solo.

Los paraguas se han comido la cabeza de la gente. Sigue lloviendo. Lleva días lloviendo.
Siempre que llovía yo le pasaba a ella, mi ella el brazo por encima del hombro y la acercaba más a mí, debajo de un paraguas con flores grandes naranjas y amarillas, para que no se le mojara el pelo, que por entonces, aún era rubio como el trigo.