3 de noviembre de 2012

Nunca he estado en Arizona, por ejemplo


No sabes nada de mí. No sabes cómo vi esparcirse los sesos de Bernardette Plummen por encima de la mesa. Ni qué borracho estaba. Ni que no sentí nada. Ni qué hacíamos allí.
Donde tú ves un vado permanente yo veo barquitos en los charcos.
No sabes que me dan miedo los perros, porque mi padre de pequeño me encerró en la habitación de los mastines un día entero.
No sabes cómo olvido. Con qué paciencia.
Donde tú ves el cielo encapotado, yo veo batallas que se libran en el cielo.
Ni cómo escucho los sonidos más allá de la ciudad, el canto de los grillos, el sol rompiendo contra el mundo, las hormigas buscando en los graneros, el humo de las fábricas de lino, la vena de los yonkis suspirando metadona, los martillos, el semen de los ciervos, los ríos correr bajo montañas, no sabes, no lo sabes, la vida pariendo en el desierto tormentas ancestrales.
No sabes cómo crujen, las ramas de los árboles.
Que todo es hermoso: la pintura oxidada de un andamio; las hojas secas; los pasos cebra; los envoltorios de chicle y las cajitas de cerilla y los talones y los grandes rascacielos de Dubai; un coño; el café del mediodia; los aviones de papel y los pescados del mercado con los ojos tan vueltos y brillantes; la hez de los caballos en el parque; la gorda del tercero; el preso en la ventana; los niños y las piedras; el hongo nuclear...no sabes cómo cantan los mástiles de barco.
Ni qué hacíamos allí. Sin banderas ni patrias ni oraciones. Tan solos.
Donde tú ves escaparates de zapatos, yo miro pájaros volando hacia mañana.
Que me gusta el tic tac de los relojes.
Disfrutar de una axila entre los dientes.
El silencio.
El silencio.
No sabes que siempre estaré triste.
Me miras como a un cuadro de Picasso.
No sabes y me inventas con trocitos de pelis de Meg Ryan.
No sabes que soy carne de anden ni que mis botas morirán un día conmigo lo más lejos de aquí, que sea posible. Tras los cristales. En el cosmos.

No sabes y dices que me quieres.