13 de noviembre de 2012

Sonata en Pi menor para hélices y amarras


Como si siempre fuera la primera vez de todo.
Como si el mundo me pariera ahora.
Elevarme, quizás, sobre la carne.
Sobre la ley de ningún dios ni de ninguna patria.
Crecer como un guisante.
Y un día, brotar como la sangre.

Un sólo grano en el desierto.
Un segundo de aire.
Un fragmento.
Tal vez un ave.

Dejaré de fumar.
La boca de mentir y de mis manos,
en vez de una siembra de uvas pasas
la luz de los candiles en la mesa.

Hablaré con los perros.
Comeré sólo la tierra que encuentre en el camino.
Me aprenderé en los charcos...

O no me acertaré.
Ni probaré bocado ni hablaré a los mastines, los olmos, los insectos.
No pondré sobre la mesa la llama que suceda.
Me fumaré la pasta, el cepillo de dientes.

Seguramente el vidrio, los ojos de tortuga.
La lluvia cayendo a toneladas.
Lo eterno de sin ti.
Montañas de cenizas donde no haga viento. Donde no haga viento.
Y enterrarme en lo muerto.
Pudrirme de raíces y gusanos y de larvas, des
h
a
c
er
m
e.
Preso del miedo y de la duda.
Hundirme y naufragar esta noche y las otras,
como si ya no me importara en absoluto, quién sabe,
estar vivo.