14 de diciembre de 2012

Calle Milagros


“-¿Conoces este sitio?

Le enseñé el papelito: Tal y tal número tal.

-Claro. No está lejos.

-Dicen que antes era...

-Un sitio de putas. Pero ya no. Aquello se acabó. Cuando el turismo se fue a la mierda en esta ciudad los hoteleros empezaron a alquilar habitaciones a cualquiera y para cualquier cosa, aunque fuera para media hora. Ahora son sólo apartamentos.

-¿Me pones otro café?”

Había quedado con la chica de la inmobiliaria a las diez y media de la noche. Hacía frío.

“-¿Tú eres...? Hola. Aparco y te veo”

Yo era.
Yo era un tipo cualquiera en un lugar cualquiera esperando bajo el cielo nublado de un diciembre cualquiera que llegara una chica en un coche rojo y me diera las llaves de un pisito en la planta 16.
El mismo tipo que nunca había estado en una planta 16.
¿Para qué?

“-Voy a enseñarte el piso 11. Luego el 12, y luego el 16. Y tú me dices cuál te gusta más.”

Era verdad. Eran todos iguales. Una habitación de tamaño mediano con una cocina americana, un microondas y una mesa de televisor con un televisor. Baño y armario empotrado. Todos tenían una pequeña terraza, al fondo.

Yo sólo había visto el mar como hasta entonces, desde la orilla. Porque nunca fui un pájaro ni un globo aerostático ni apenas una nube ni la hoja de un árbol.
El mar así, a contrapelo, sólo el mar, el mar y yo, desde tan alto. Tanto mar. Tanto silencio, y a lo lejos los barcos pastando en lontananza.

“Este”.
Le dije.

Iba a saltar y eran las seis de la mañana. Incluso llegué a cerrar los ojos. A sentir el viento en ola cara.

Entonces recibí aquella llamada telefónica.

En mitad de la noche.

Como una bala.

“-¿Sabes si va a llover?

-¿Em?

-Necesito saber si va a llover.

-Creo que se ha equivocado.

-Porque si va a llover, sé que al final acabaré sentada en la ventana. Y cuando me siento en la ventana siempre me pongo el chal verde...

-Oíga yo creo que...

-...y claro, ¿qué sentido tiene sentarse a mirar la lluvia en la ventana sin mi chal verde? Ninguno.

-Tengo que, colgar, porque...

-En cambio si no llueve leeré un rato en la cama hasta que me venga el sueño. Si es que me viene. A veces no me viene. Y al otro día estoy echa una mierda y todo el mundo me pregunta que si me pasa algo. Pues sí. Me pasa algo. Me pasan muchas cosas y por eso no duermo. Me pasa que, y que, y que, todo eso me pasa, y lo único que hace que me olvide de que y que y que, es la lluvia en la ventana. Todas esas gotitas resbalando en los cristales, como caracoles, como lágrimas muy bonitas y frías fuera, bajo la luz de las farolas con luces amarillas.
¿Estás ahí?
Me sentí sola.
Sola de cagarme.