2 de diciembre de 2012

Mira dónde pisas


En fin, no sé por qué me estaba acordando de esto el caso, es que no estaba gorda -Sofía, me refiero-: era pequeña.
Ya será otra mujer, muy diferente. Yo tengo a mi Sofía. Aquella que antes de cerrar la puerta de la calle y llevarse su bonito trasero para siempre durmió conmigo haciendo cucharitas dignas de un príncipe inglés. La de hace veinte años. También tuve Anas y Manuelas, pero Sofía sólo una. Mi Sofía.
Tenía miel en los ojos. Por eso la quería, y aunque fueran los mismos que inflamaba para arderme con estacas la cabeza con que si yo si yo si yo, canalla, que eres un canalla, y los mismos que llenaba de agua sentada en la ventana viendo pasar mirlos mientras a miles de kilómetros la llamaba la tierra, los mismos de cagarse, qué bonita, en mi puta madre, yo la quería por la miel, por la miel de sus ojos.
Y las tetas bien frías, heladas. En verano, me gustaba poner las orejas y dormirme, tan tan tranquilo...también me gustaba que fuera celosa, que dónde miraba, que yo, no tenía que mirar a otro lado, que mira que culo que tengo que es tuyo, o es que, ya no me quieres porque yo: a-ti-sí.
Bruto. Decía siempre al final, que eres un bruto.
Y por eso también la quería.
Me hacía sentir vivo.
A veces como un animal.
Y todavía, después de veinte años, cierro los ojos y me corro pensando en cómo se le abrían los poros del cuerpo mientras me clavaba en la espalda las uñas y gritaba hasta que algún vecino la mandaba callar.