21 de abril de 2012

La princesa del pijamita rosa


“Diga la palabra Rododendro.
Eructe.
Y ahora tuerza a la derecha y camine hasta que un camión lo parta en dos.”

Pero escucho voces.

A veces voces rocas: “Eres gilipollas”.
Abruptas: “ Eres un moco en el culo del Universo”
Muy putas: “ Nunca serás nada”.

Otras muy lejos, lejos, muy lejos,
lejos de olvidarte,
de los ojos cerrados y la boca mordida,
de la lágrima gorda cayendo por el canto.
De ti.

“ Anémona”.
“Menhir”.

Dentro.
En mi cabeza.

Eras muy linda.
Todo coño,
y buenas intenciones.
Daban ganas de correrse en tu cara.

Lo más triste tus ojos, de ver el agua.

O voces como: “Has dado a luz una vaca”.
Dios mío. Una vaca.

Mientras tanto, muy lejos, Margaret se alisa el pelo en la ventana.

16 de abril de 2012

Recuerdo que la hierba se mecía, muy lentamente


Bernardette Plumen había terminado en Austria por culpa de un marchante francés que la tenía de querida en un pisito cerca de los alpes, lejos de París y los jardines del chateau en propiedad donde todos los domingos sacaba a pasear a su esposa Gorda fea y millonaria hasta que se cansaba de dar vueltas en su silla de ruedas alrededor de una fuente traída desde Atracia y le decía: “Tu puta nueva se parece a Kelly Michigan. Siempre has sido un insecto. Hace frío. Llévame a casa”.
Kelly fue reina del baile del setenta. Una guarra. Eso decían.

Bernardette había conocido al Ruso en una cantina tiloresa una noche de tantas después de que la Gorda le quitara a los niños, todavía no se sabe ni por cuánto ni cómo consiguió aquellas fotos donde ella salía metiéndose una aguja por las venas del tobillo y los ojos de una rata.
Al Ruso nunca le importó que aquella misma noche te volaras o no la cabeza, era, como de mármol, y nunca nadie le había visto sonreir. Pagaba en dólares. Pagaba bien.
En realidad todo era cuestión de suerte. Con sólo un poco, después del click seguías respirando.

Hablé una vez con Bernardette. La única. La última. Dos días después los sesos le caían a chorros por la pared de aquella mierda de garito, como si alguien hubiese metido su cerebro en un bote de spray y hubiera pintado a su antojo toda aquella habitación.
Una sóla bala.
Una vuelta de tambor.
Un sólo click.
Pero nada de suerte. Ni sólo un poco.

Tenía los ojos verdes.
No hablamos mucho.
“¿Tienes fuego?”.
Supongo, que eran verdes.

13 de abril de 2012

Cruces, rayas, y una tila de naranjo


No sé que mierda es esta que me pasa.
Pero me gusta.

Hoy he estado a punto de matarme.
Ha caido, del cielo, una maceta con geranios.
He pensado en ti, ese último segundo.

O que te quiero es que me das sin que te pida.
Como sólo tú haces.
Conmigo.

O que la vida era un barco con sofá.
Que eramos piratas, sí, coño, piratas:
“¿Y cuánto de bonita y como?
¿Bonita tipo..., o tipo...?”.

Bonita de comerte con cuchillo y tenedor.

Soy todo polla para ti.
Y te amo.

No indescriptible ni álgida ni lúcida ni prócola ni fúlida,
y menos geométrica,
con formas tormentosas como un lunes al sol,
ni un filete de pez,
sino asquerosamente plácida y segura como si te hubieses fumado un caballo.

Ya no tenemos ética tu y yo ni distinguimos,
eso oscuro, dentro.

8 de abril de 2012

Siempre que a la caída de la tarde


El niño Ugalde, Galindo, dedicaba las tardes del domingo entre otras muchas cosas más o menos extrañas a estar solo si llovía y a andar descalzo por los charcos y si no, a mirar debajo de la túnica de la Virgen después de misa de las ocho a ver si tenía bragas, y era verdad lo que los viejos, golpeando la mesa con el puño del bastón hasta que no quedaba en pie ni una de las fichas del dominó, decían de las madres, de las madres de antes, y de que perdían el juicio y se meaban encima cuando le traían a la puerta al hijo cosido a puñaladas o muerto de una coz, no como ahora, que iban de cama en cama de reputa con cualquiera de los primos y así nacían los niños, del revés, como el Galindo, que no los quería nadie, de lo feos que eran y lo poco iluminados de mollera, hasta el punto, de que a más de una le habían entrado ganas de dejar una canasta en el portal donde las monjas, con una nota que dijera, usted sabrá.
Y digo entre otras muchas, porque a Galindo también se le había metido en la cabeza ponerse a averiguar por qué en la casa de Matilde Mujica todo estaba puesto donde tenía que estar y no donde tendría que haber estado para siempre, que era la ropa tirada por el suelo y los zapatos tirados por el suelo y las sillas y el aliento y casi todo y el hielo de los vasos y ella y su Juan Capitán tirados por el suelo como antes, como antes de estar limpiando para siempre el polvo de meses y de años ya de encima de las colecciones de barquitos veleros con nombres de mujer de cuatro letras metidos en botella que su Juan Capitán ahogado frente a las costas del Marfil había hecho con sus propias manos cuando estaba en tierra firme, con las mismas de aferrarla por el culo y abrirla en canal como a una cerda de corral, su Juan, tan alto y tan guapo y tan, tan pendenciero con las olas de un Mar que le había jurado amor eterno, y lo había cumplido.
Mirando ver caer como caían las hojas de los árboles frutales, el niño Ugalde se había preguntado muchas veces a ras de un horizonte de manzanos si a su padre, también se lo había tragado el Mar, y que por eso, se había criado en un convento, lejos del pueblo.