30 de septiembre de 2012

El último cigarro


Metió a los niños en fundas de almohada. A los tres. Y ató las puntas. Parecían caramelos.
Los colgó como a embutidos de las lámparas del techo, cabeza abajo. Se movían. Lloraban. Decían papá papá papá, no puedo respirar.
Monique, su esposa, con sus ojos de muerta recién muerta, le miraba fijamente desde la cocina. Hasta con un hacha clavada en la cabeza, estaba guapa.
Uno de los niños se había hecho pipí encima, y había un charquito en el suelo, y alrededor, una mosca.
Sólo hacía unas horas, Monique le había preguntado: “¿Qué has visto?”. Él llevaba horas mirando un punto inexistente en el espacio, y la cena se enfriaba.

También puso boca abajo la mesa del salón, y le arranco una de las patas.
Los primeros golpes sonaron a hueco. Los niños gritaban y gemían como ratas, como murciélagos, mientras unos claveles enormes de sangre, tupían las fundas de almohada y las paredes.

Amó a sus hijos tanto como pudo, a su esposa, que estaba preciosa con un hacha en la cabeza. Incluso al perro. Y ellos amaban a un papá que les contaba cuentos en la cama, y sabía hacer caras graciosas cuando te caías de la bici, o tenías tos y algunas décimas de fiebre.
En cuanto a Monique, simplemente, no hubiera imaginado su vida sin él, el chico de la moto amarilla, que iba a recogerla a la salida del instituto y la llevaba al granero, y allí, aprendían a quererse, entre avispas y hormigas y tallos de hierba.


Estaba muy cansado. Muchos huesos. Muchos claveles en las paredes. Sudaba. Se sentó en el sofá y abrió la espita de la bombona de butano que había colocado allí hacía rato.
El pssssssssssssssssssssss del gas parecía pedir, si cabía, aún más silencio- un cigarrillo-, como si fuera a hacer su aparición, señoras y señores- el último cigarrillo-, en persona, la única, la inimitable, sí, señoras y señores, tata tachan...

Y en ese momento apareció la muerte, y la casa, voló por los aires, como Macondo, como los sueños de Edgar Allan Poe, como un cometa, un pájaro, y las calles del barrio, se llenaron de fotos con tartas de cumpleaños, de fotos de Alice montada en un pony, de Alice vestida de Vikingo en una fiesta de disfraces, las calles se llenaron de braguitas con la cara de Mickey, de dinosaurios de plástico, de entradas de cine del día que Monique le dijo sí, ese sí, de papel del water, de helado de vainilla …

Cualquiera de nosotros, también es un monstruo.

29 de septiembre de 2012

Cuéntame otra vez la historia de la chica del tren


Hacía un frío que te cagas, pero frío, frío.
Con la llegada del invierno se acabaron los conciertos. Volvíamos a casa. Por entonces la palabra casa para mí, aún tenía algún significado. Me gustaba aquel ático de alquiler, con vecinos que asomaban sus cabezas para gritar por la ventana que si quería, que bajara al patio, “tú sí, el de arriba, que mira que pinta tiene este arroz, venga hombre, baja, que hace sol”.
Y yo, bajaba, aunque todavía no era un hombre-ni llegaría a serlo-, bajaba y me sentaba en una silla de enea, y me dejaba acariciar las piernas por los gatos de la señora Juana, mientras su marido me daba una cuchara y se quedaba mirando a ver qué hacía yo con ella.
Llovía bonito en aquella calle.

El tren que nos llevaba de vuelta al sur era un tren viejo, con compartimentos con asientos de madera y cortinitas en las ventanas y ceniceros de hierro en las paredes y, pasillos con vistas al mar y a la noche, y aunque hiciera tanto tanto frío, me gustaba hacer el viaje fumando en aquellos pasillos de aquellos trenes viejos con pasillos, mientras los demás, en posturas extrañas y parecía que dolorosas, dormían.
Ver pasar el Mar era algo estupendo y sólo mío, y por entonces, aunque tocara el saxo en una banda de jazz que se llamaba “Los Eddyes”, yo ya era marinero, creo. Nunca fui un buen saxofonista.

Salió de la nada como sale un tomate de la mata, como sale un grano, como sale de un huevo un pollito, de la nada de aquel tren, de aquel pasillo largo y oscuro donde yo estaba viendo como el Mar pasaba y estaba pensando en el nombre de mi barca, de la nada, y me dijo: “Tengo frío”.

Era un tengo frío que era un “hola” y un tengo frío a la vez, un hola y un, “haz algo, no sé, tal vez tengas un jersey en la maleta” , era tengo frío y era al mismo tiempo “es que estoy triste, y por eso estoy en el pasillo, pensando en mis cosas de chica, y en mi maleta no llevo más que libros, la verdad, y no me voy a poner un libro para el frío, y tampoco me quiero quedar en mi compartimento, porque no se puede estar triste con una señora al lado que ronca y un niño que huele a calcetines y un señor de vete a saber dónde contándote que cuando estuvo en las Filipinas …”, era tengo frío, y era, por favor, lo necesito.
Aún me pregunto, por qué sonreía, si estaba tan triste.

Salió de la nada y me dijo tengo frío.
Y yo, y como no llevaba nada más de abrigo que la chaqueta de cuero que tenía puesta, y además aquella silueta que había salido de la nada, la verdad, me parecía muy extraña, le dije que no, que no tenía ningún jersey, que no, que no. Y seguí mirando el Mar pasar y pensando en el nombre de mi barca. La vi alejarse pasillo abajo con las manos cruzadas sobre el pecho, lentamente. La vi encender un cigarrillo, la vi apoyarse en la barandilla y apoyar la cabeza en los cristales, al final del pasillo, sí, como si nunca hubiera estado en otro sitio, como si hiciera unos momentos no hubiera estado a tan sólo unos centímetros de mí, con su voz de silueta, diciendo tengo frío.

A los cinco minutos su voz de mermelada de naranja volvió a sonar en la oscuridad del pasillo, y sonriendo como el querubín de un campanario, dijo: “¿Me prestas tu chaqueta?”.

Y una mierda, pensé yo automáticamente, y dije, otra vez no. Y automáticamente, volvió a marcharse con los brazos cruzados pasillo abajo hasta el sitio donde tenía guardadas las sonrisas aquellas.

Y automáticamente, ya no podía pensar en el nombre de mi barca.

Qué cabrón soy, me decía yo a mí. Que mala persona, porque, vale, la chica es rara; pero este frío. ¿Y por qué se ríe, joder? Sí, es rara, hace mucho frío para reírse. Dice que está triste. Si uno está triste no se ríe, coño, no se ríe, yo no me río, no sé quién se ríe si está triste.

Cuando le dije “A medias, un rato tú, y otro yo”, y me quité la chaqueta y se la puse a ella, entonces, supe que era idiota, y por supuesto, que estaba cometiendo un error.
El concepto de “A medias”, que ella tenía, no se parecía en nada al mío. Aunque eso, a los cinco minutos de escucharla hablar, y a pesar de que se me estaban helando los cojones, me daba igual.
Más que igual.

Se llamaba Maite y era de Albacete y era actriz de doblaje y venía de Barcelona y su sonrisa era de ella y decía que como era de ella hacía con su sonrisa lo que le daba la gana y, que para eso era una de las pocas cosas que eran suyas, aunque hiciera frío, aunque yo fuera un tonto que no quería dejarle mi chaqueta.
Nos sentamos en el suelo del vagón ciento cuatro, el uno frente al otro. No sé de qué hablamos, la verdad, de Buda, tal vez, de Einsenstain, de la revolución, no recuerdo cuál, de los peces de colores, de Iturralde y versiones originales de películas de los cincuenta, creo que, de la banda sonora de Blade Runner, que a ella le encantaba, y a mí, con el paso de los años, también, porque a ella le encantaba.
El Mar pasaba, y la luz de las ciudades, y una estación tras otra, pasaba la noche y el sol salía por detrás de las montañas, y cuando salió del todo, se metió en sus ojos.

Maite era ojos. Sólo ojos. No importaba que tuviera una sonrisa encantadora ni una voz de mermelada de naranja, ni que fuera linda y llevara puesta una camiseta del Che ni que su pelo fuera suave como un paño turco ni sus tetas perfectamente redondas y volcánicas, no importaba, que le quedaran tan bien aquellos vaqueros que no había podido ver hasta que el Mar no pasó del todo y el sol salió de detrás de las montañas, no importaba porque Maite, era ojos, sólo ojos, los ojos más verdes que nunca había visto ni creo que vea jamás, porque aunque sean verdes no serán del verde de los ojos de Maite, que tenían un sol dentro, y en realidad, no quiero ver otros ojos de ese verde, que no sean los de Maite, nunca más.
No me hubiera perdido aquellos ojos por nada del mundo.

Estuvimos un rato largo en silencio, mirándonos a la luz de aquel martes diecinueve de octubre, viendo que teníamos manos y piernas y una nariz, y bolsillos y zapatos y sueño y los labios secos de fumar y el culo manchado de suelo, y a los cinco minutos, el silencio se fue al carajo y ella dijo: “Me bajo en la próxima estación”.

Me quedé mirando aquella estación hasta cuando ya no había estación, hasta que uno de los Eddyes abrió la puerta del compartimento y dijo, buenos días, y yo dije, vete a la mierda. Me quedé mirando aquella estación que ya no estaba, con mi chaqueta colgando del brazo, sin ella, y una nota en la mano con su dirección, por si quería escribirle, alguna vez.

28 de septiembre de 2012

Beso número uno


-¿Quieres que te haga una mamadita?

-No, hoy no, déjalo.

-Te has vuelto a poner triste. Yo creo que naciste triste, como yo nací puta.

-Tú eres puta porque te da la gana.

-Como tú, porque te da la gana.

-¿Nunca estás triste, Concha?

Concha no tiene un corazón, si no muchos, y todos, son enormes.

-La vida- dice Concha jugando con mi pelo-, cachorro mío, es bonita y es fea y es emocionante y aburrida y caliente y fría y pasa y no pasa y cuando quieres no es y cuando es no quieres y al final, después de tantos años de puta, lo único que sé-Concha me da un beso en la frente, un beso largo y tibio, un beso cierto, honrado, un beso de puta-, es que un día, la vida se acaba.

26 de septiembre de 2012

Y tú...imprescindible


Hace algunos años,
sólo prestaba atención a los magníficos senos de mi tía Lourdes.
Fumaba colillas de tabaco rubio con marcas de carmín en la boquilla,
escuchaba a los Rolling,
y hubiera dado los dos brazos,
por tener una enorme polla de dieciocho centímetros de largo,
por siete de ancho.

Ahora,
lo único que quiero es que no me sueltes nunca de la mano,
porque sin ti,
me moriría.

Hace, algunos años,
creía firmemente que el amor,
era una mierda:
“Nunca coartaré mi libertad a cambio de tus besos”.

Ahora sin tus besos,
mi libertad se agria como la leche puesta al sol.

Me hago viejo,
y tú,
mi patria.

Ni siquiera son las dos y cuarto


Se afeitaba las branquias con aguas de Cortazar,
la raya del pelo con un bisturí,
y se untaba de lirio las manos y el cuello de toro y la boca con luz de marfil.

Era porque andaba metido en quimeras de papel de arroz,
con una bailarina que le hacia la noria
en pensiones baratas.

Habituvo lo mismo un lunar de leopardo
que la tripa de la gran ballena blanca Moby Dick.
O iba en andamio por mitad de la autopista comiéndose las luces de los coches;
pero con ella, escuchaba el tic tac de los relojes.

Fueron días sencillos como un aro de circo.
Las hojas de los árboles...
Los huesos de los dedos...
Las sombras en el suelo, de las palomas.

Días sin aviones en el cielo de París.

25 de septiembre de 2012

Manolito mártir


Carolina me acaba de clavar la punta del lápiz por la espalda. Sólo tiene once años. Once años y una caja de lápices.
Sangro un poco. Se ríe.

-Perdóname...es que me dieron ganas; pero fue sin querer. ¿Decime, me perdonas?

Siempre la perdono. Es como mi novia; aunque ella le dice a todo el mundo que soy como su cosa, que no quiere novios, porque los novios no sirven para nada. Bueno, que me gusta Carolina.
Me gusta tanto que dejo que me haga de todo lo que quiera.

-Vale, te perdono.

Cada vez que la perdono, me da un beso. Quiero estar perdonándola toda mi vida.

-Manolito, o dejas de hablar en clase o te vas al pasillo.

-Sí señorita, es que a Carolina se le ha caído el lápiz y se lo estaba dando.

La señorita Ferreira, hace poco, me castigó a escribir cien veces “La palabra teta no se dice”. Es que mi padre es fontanero. Bueno, que es muy bruto, que es...es que quiere mucho a mi madre y en la cocina...y mi madre me dijo que eso eran las tetas, que todas las mujeres tenían, bueno, era una palabra nueva, y la señorita Ferreira dijo que “A ver, ¿qué palabra nueva habéis aprendido hoy en casa?”.

Cuando llegue a casa seguro que mi madre me pregunta que qué es eso de la espalda, que si ya me he roto algo otra vez en el recreo, y yo le voy a decir que sí, que eso, porque si le digo que ha sido Carolina ya no la dejará que venga más a casa a merendar.
Anda, una bolita de papel voladora.
Le ha dado a la maestra. Claro, para eso son las bolitas de papel voladoras, para darle a la maestra.

-Muy bonito, ¿quién ha sido?, porque si no ha sido nadie, pues ya sabéis lo que pasa.

Si no ha sido nadie es que hemos sido todos.

-Éste.

Carolina me está señalando con el dedo todo tieso.

-¿Tú le has visto Carolina? Mira que le voy a poner un castigo de los grandes.

-Que sí señorita, que yo lo he visto.

-Manolito, ven aquí.

Y voy, y me pregunta si he sido yo, y yo miro a Carolina y le digo a la señorita que no sé, que a lo mejor, y ella me dice que a lo mejor a lo mejor, me suspende matemáticas, porque por lo visto, a Manolito no le interesan las matemáticas, a Manolito lo que le interesa es andar haciendo el tonto. Qué tendrán que ver las matemáticas con lo que yo quiero a Carolina. Estos mayores todo el tiempo haciendo números.

-Carolina, un día no te voy a perdonar, te lo juro.

-Sí que me vas a perdonar, porque te gustan mis besos, que yo lo sé.

-Pero aunque me gusten tus besos un día no te voy a perdonar.

24 de septiembre de 2012

Vendetta


Carolina ha tardado casi cuatro meses en pintar ese cuadro. “Era” un Mar. Con un faro y gaviotas.
No quería que lo viese nadie hasta que no estuviese terminado. Después del desayuno, Carolina me ha dicho: “Ven, tengo una sorpresa”. No es una sorpresa, es que ha terminado el cuadro.
El lienzo estaba tapado con un paño, como si fuera un secreto, y no es un secreto, es el Mar, con un faro y nubes.
“Aun no está seco”.
Y entonces le quitó el paño, se me quedó mirando como para que yo dijera: “Joder cariño, es preciosísimo”, y en vez de eso, he estornudado sobre el cuadro.
Una vez leí que las babas de un estornudo salen disparadas por la nariz a más de trescientos kilómetros por hora.
Ahora el faro parece un mercado de verduras, y el Mar, no sé ni lo que parece, pero no parece el Mar. Vaya mierda. Joder. Vaya mierda.
Carolina está blanca todavía. Y tiene en los ojos dos charcos.
Me acerco por detrás y le acaricio el cuello y le digo “Carolina, yo...”, y Carolina, dándose la vuelta me dice: “¿Te acuerdas cuando éramos pequeños y te clavé la punta de un lápiz por la espalda?- aún tengo una cosita azul en el hombro-Estamos en paz”.

23 de septiembre de 2012

Te quiero mucho, como a la Luna


Resulta que Concha era puta.
Paco, el conserje, eso, no me lo dijo hasta que me lo dijo. Pero bueno, también me dijo que qué había de malo en tomar una copa con ella: “Seguro que no se come a nadie”.
A mí sí. A mí Concha me comió hasta la mierda de las uñas.
Total, que voy y me presento en el barrio tal de tal, bloque yo que sé, octavo A, de eso me acuerdo, le pago al taxista y llamo al portero electrónico: “¿Sí?”
Bueno, era fácil de entender, yo le gustaba, y quería tomar algo conmigo, y ya está. Pero lo mismo me temblaban las piernas en el ascensor. Paco decía que las putas del hotel hablaban todas cuatro idiomas, y que el polvo, lo cobraban a como les daba la gana.
Justo cuando iba a poner el dedo en el timbre la puerta de aquel piso de lujo se abrió de par en par, y tatachán tatachán, allí estaba Concha, morena morenísima y envuelta en papel de regalo. Yo, que era joven, medio tonto y pianista de una orquesta, me hice de repente pequeñito pequeñito pequeñito, y emití un sonido gutural como de pollo, o de pavo, y dije: “Hlaf qutal...”. Ella, también me dijo hola: “Hola”.
Joder, fue el hola más bonito que había escuchado en mi vida. Era un hola de esos con sonrisa y los ojos brillantes, un hola de esos que se dan dando un saltito, como poniéndose uno de puntillas, era hola y era cómo estás, ¿estás bien?, mírame, soy una niña casi hoy para ti, hola, eres muy lindo, y tan callado, te he visto tocar en el hotel y he pensado, sí, es muy lindo, hola, y también he pensado, quiero que esas manos me acaricien, si saben, ¿saben?, si hacen música, tienen que saber, ¿ves? te digo hola y te digo ven, no tengas miedo, el miedo es tonto, y tú, tan lindo.

Me cogió de la mano, cerró la puerta y camino del salón por el pasillo, decidí que estaba tibia y suave, y que aquel pasillo, era demasiado corto.
Me anexó junto a ella en un sofá de flores y puso la tele, porque yo, no era capaz de decir nada, y ella, ya lo había dicho todo. Me quedé mirando un buen rato las noticias, mientras ella miraba mi nariz. “Me encanta tu nariz” y luego dijo: “¿Puedo darte un beso?
No me dio uno, sino trescientos o más entre besos con lengua y sin ella, en la boca y los ojos, en el cuello, las sienes, arriba de los labios, besos pequeños de amapola, besos con dientes, besos, que eran gotas.
De la mano me llevó a la cama de una habitación rosa chicle, con un ropero rosa y una lámpara rosa y las paredes y el perchero rosas, y allí, en el país de Pink, me quitó la ropa y comenzó a morderme, bajo la luz de un anuncio de neón, los tobillos, el peroné, las rodillas, las ingles, dejando tras su paso una estela húmeda de te quieros por mi piel, un camino que habría de recorrer toda la noche una y otra vez, hasta que se cansara de amarme, de que la amaran, de ser una niña, para mí, que era tan lindo.
Me comió tres veces al día durante una semana, y el sábado, salimos del país de Pink, fuimos al baño, y mientras nos cepillábamos los dientes, nos dijimos adiós en el espejo.

Mientras el taxi me alejaba de allí, vi a Concha asomada a la ventana con la mano así, y una sonrisa que decía “Te quiero mucho, como a la Luna”.  




22 de septiembre de 2012

He


Antes de vos en mí no había sino estigmas e intemperie.
No senos como lunas con bahía y faro.
Alacranes había,
y una extensión interminable
de escoria y no más amanecer, los huesos derrotados.

Te amo porque si me nublo vos soplás y,
porque te amo, sobrevívome otro otoño
como tú sobrevives al naufragio
de saberte mis silencios todos.

Porque tú has que yo he te amo y porque
broto al filo de tu falda o me bordo a tu boca,
te amo margarito
de hojas que síes
si me comes
a besos
otra
vez.

21 de septiembre de 2012

-¿Y tú qué miras?


Mario no va a contestarle. Mejor mira hacia otro lado.
“Cuando seas mayor, no te juntes con borrachos, que son Esos, como tu padre, pobrecito”. Mamá, que se inventaba las palabras cuando no sabía cómo se llamaban las cosas.
“Tú, se siempre un Tú, no un Eso, si no, cuando te estés muriendo, te morirás para nada”.
Metía la cuchara de palo en la olla y le ponía a Mario un plato de lentejas para que se hiciera grande y fuera un hombre. Uno de verdad.
En cambio, hay gente que habla por la boca como si la boca fuera un culo:

-¿Te gusta mi reloj? ¿Estás mirando mi puto reloj?

Es bonito y es un Rolex; pero no, Mario no está mirando su puto reloj. Tal vez a ese tipo lo que le gustaría es que Mario mirara su puto reloj, que toda la gente que hay en el bar mirara su puto reloj, sus gemelos preciosos, su traje color guinda hecho a medida, a la medida de un tío con dos huevos:

-Porque yo tengo los huevos como los de un borrico ¿te enteras? cojones de Saldaña tengo. Me he comido muchos coños yo...

Seguro que Eva ya no tarda. Que no tarde. Ha dicho que iba a ponerse guapa y que ahora bajaba: “Pues tómate un café, Mario, mientras”. Ya se ha tomado tres. Eva debe estar guapísima.

-Tengo el coche más grande, la casa más grande y la polla más grande que tú. Y me cago en el dinero, yo, en el dinero, me cago.

“Si te vuelvo a escuchar otra como esa te volteo la cara de un guantazo”. Mamá, que bruta. Porque Mario dijo que “a tomar por culo el instituto”, que en la fábrica, hacían falta hombres, y en la casa, un sueldo, y que como él ya era grande porque había comido tantas lentejas...
A Mamá no le gustaba que en la mesa se hablaran mierdas, decía, que aunque no supiera dónde estaban los Montes Apeninos, tenía que pedirlo todo por favor, como un hombre, dar las gracias, y aunque tuviera esas manos de hierro grandes y encalladas, tratar a las mujeres como a una flor. Y que cuando encontrara a la Una, se la quedara para toda la vida, porque como esa, no había más.

Mario encontró su Una en la cuarta fila del cine de verano. Fue que cuando le metió su mano grande por debajo de las bragas. Eva, toda seria como casi una mujer, le dijo: “Que sepas que si no sacas la mano de ahí, seré una guarra para toda la vida, y yo, para toda la vida, lo que quiero es ser tu novia”. Aquella noche Mario le dijo a Mamá, que su Una, tenía los ojos verdes y se llamaba Eva.

Un día Mamá se quedo mirando el cielo y dijo “La tristeza es un ángel que bebe de los charcos”. Aquel día no dijo nada más. Mario se quedó un rato mirando por la ventana al cielo, a ver si veía la tristeza o algo; pero lo único que vio fue como los murciélagos se comían a las moscas, y un avión que pasó a las doce menos cuarto, rumbo a Copenhague.

-¿Sabes quién manda en mi casa? Yo. En mi casa se hace lo que yo diga, mis huevos de Saldaña, lo que yo diga.

El tío tiene los ojos rojos como una rata.

Desde que se casaron, en casa de Mario, es ella quien se come todo el chocolate que había en la nevera, porque siempre había, nunca hay, para él no, para él el chocolate siempre había, hay nunca, había. Así que el chocolate es algo muy abstracto si estás casado con Eva.

-Un Saldaña se viste por los pies chaval, como los tíos y... ¡Coño que culo lleva esa morena! ¿Te gustan las tías no? ¡Dime algo joder, que no me como a nadie!

Aunque se lo comiera lo vomitaría inmediatamente. Se habrá metido hasta las rayas de la corbata, y vodkas con naranja, por lo menos siete. Se va a romper por algún sitio de aquí a ya, los Esos se abren en dos y se les ven las tripas cuando menos te los esperas.

-¿Qué coño te crees que no me hablas? ¿Eh? Mira lo que hago yo con el dinero.

Totó, el dueño del bar, ha salido de detrás del mostrador y se ha puesto a recoger billetes del suelo con la escoba, y al tipo, le ha dicho “Venga hombre, cálmese, o veremos a ver...”, y el tipo, a Totó, le ha cogido de la manga de la camisa y le ha suplicado otra copita, con sus ojos de rata: “Venga coño, la última”.

-¿Tú quieres una, chaval? venga hombre, no te enfades joder, una copita. Te invita un Saldaña, cagon la puta. ¿O qué?

O qué.
Qué, es que Mario mira el pozo del café por no darle dos hostias al Saldaña con sus manos de hierro grandes y encalladas, qué, es morderse la punta de la lengua con los dientes y apretar la servilleta esa de papel que dice “Gracias por su visita”, qué, qué es ser un hombre, uno de verdad, y estarse quieto.

-Tengo un Jaguar Luxury aparcado ahí enfrente, mamón ¿Qué tienes tú, manchas en la ropa?

Y entonces, ha entrado Eva, y con Eva, ciento setenta y nueve pajaritos, y el sol, y un aire fresco por la nuca, y con Eva la emoción de verla así de guapa y de bonita, una ilusión ilusionante vestida de amarillo amarillísimo, con Eva sus pequeñas tetitas como peras y su río de risas, con Eva los Rolling tocando Satisfaction, la Scola Do Samba de Sao Paulo, el oxígeno, con Eva la posibilidad de que Dios, exista.
Bueno, esas cosas no pasan; pero cuarenta y cinco minutos en el baño dan para mucho. Está preciosa: “¿He tardado? ¿Me perdonas? Que tonto eres Mario, perdóname ¿Ya me has perdonado? Pues vamos, que llegamos tarde al cine. Dame un besito.”

Mamá siempre decía que un Eso cuando llora, “es para tenerle lástima”, porque si un eso llora es porque se ha metido los dedos hasta el codo por la boca hasta el estómago, y no se ha visto el alma, sino un hueco tan grande como el hambre de África.

Mientras Eva y Mario salen de allí cogidos de la mano, un Eso se convierte en polvo, y poco más tarde, en el mismo momento en el que Eva está susurrando “Mario...métete la mano por debajo de las bragas”, un viento lo destierra de la faz de la tierra de los hombres, de los hombres de verdad, a una casa vacía y sin espejos.

18 de septiembre de 2012

Una luz cegadora


“...hasta el momento el número de victimas mortales asciende a ciento cincuenta  y aunque a esta hora de la mañana aún se desconoce la autoría de este nuevo golpe terrorista perpetrado en pleno corazón de la capital, su similitud con la masacre en la estación, hace suponer que los causantes de la explosión han sido...”

Los de siempre.
Han sido los de siempre.
Siempre son los de siempre.
Antes de que llegue el tren de las once menos cuarto todo el mundo estará hablando de fútbol, de la nueva marca de Fernando Alonso, o la tercera entrega de Piratas del Caribe.
Antes de que llegue el tren de las once menos cuarto, nadie se acordará, hasta que los de siempre quieran, otra vez, de las victimas mortales. Ni Don Ramón, que se acuerda de todo.
Los muertos de la guerra no son muertos, son cáscaras vacías. Son pedacitos de carne colgando de los cables de la luz, resbalando del bordillo hacía el asfalto, desconcertados, sin extremidades, sin dientes, sin un nombre, porque a los muertos de la guerra, no los conoce nadie después de la metralla.

17 de septiembre de 2012

Porque yo, sabes, buscaba una princesa, que oliera a miel de abejas y tuviera los labios pintados de teflón.


Me he comportado como un cerdo, a veces, contigo.
Contigo que me haces el café,
exactamente del color de la hojarasca en navidad.
A ciento treinta y siete grados Fahrenheit.
Que ordenas el cajón de los calzones
como un desfile de soldados de latón,
contigo que te hincas en el suelo de rodillas,
a esperarme un concierto de costillas y mis manos moldear como mantecas,
tremendo territorio.

Me aprendiste a ladrar lo inconveniente.
Dormí en el sofá, mordiendo el polvo.
Me acordé de tu risa.

De cómo ya no estaba.

Me levanté de noche.
Tropecé con la silla.
Con la pata de la cama.
Con el nudo en la garganta.
Contigo,
y el vapor de tu boca hasta el borde de besos en stand-by.

Apenas


Sonaba alguna música, supongo. Todo parecía flotar sin moverse del sitio, y hasta la gente, alrededor, parecía de papel. La luz era suave, y estaba tibia.
Con el cuenco de sus manos me dijo, me dijo: no te dolerá.
Llovía fuera, y seguía lloviendo cuando me marché de madrugada, completamente seguro de que aquella iba a ser la última vez que la chica más bonita que había conocido en toda mi perra y puta vida iba a dormir entre mis brazos.
Yo me moría por sus ojos de caballo, grandes como lagos de montaña.

12 de septiembre de 2012

Mustang Sally


Y digo mía porque es mía,
como lo es cada dragón de mi tatuaje;
la medalla de un soldado;
la última moneda en el fondo del bolsillo.

Como cuando donde no se tiene nada y en lo oscuro, de repente,
la luz de una fragata se pusiera a temblar entre las olas:
“Estoy aquí. Contigo”.
Y sabes que contigo, es porque quiere.

“He encontrado una silla”
¿Otra?, me dice con las cejas curvadas como un arco.
“Pondré encima una vela.
Leeremos a Artaud.
Comeremos galletas.
Follaremos.”

Me gusta cuando calla porque no dice nada.
Precisamente cuando, lo único que esperas,
es quitarle las bragas,
y dar la vuelta al ruedo entre sus tetas
con una oreja en cada mano y la sonrisa de marfil.
Que si soy un canalla.
Que si la trato como a un tren de mercancías.
Que si parezco una serpiente, con esa lengua tan y con los dientes
arrastrándome a oscuras por su vientre,
por la corteza,
de entre la grieta.
Buscando el átomo.

Guarro.

Hijo de puta.

Dame un cigarro.

Siempre fumamos mirando el horizonte
de un balcón con macetas y nubes del color de los semáforos.
Después nos dormimos trenzados del meñique,
a soñar que siempre llueve y somos ranas, saltando entre los charcos.

7 de septiembre de 2012

dark


-Pom y pom.

-Vete a la puta mierda.

-Sólo hago mi trabajo joder.
Ábreme.
Seré como tu sombra. Ya lo sabes. Estaré en cualquier sitio. En todas las canciones. En la hojita de un árbol, en los amaneceres, dentro de la almohada.¿Recuerdas esos pájaros cantándote a las tres de la mañana?

-Puedo soportarlo.

-¿No te importa que espere aquí sentado, verdad? Tengo todo el tiempo del mundo.