30 de octubre de 2012

Son tantos y yo sin munición


Otro mundo. Lo llamo Frikilandia porque lo mismo hay un orondo Buda flotando en la pared y sonriendo a no se sabe qué que al lado un dibujo muy serio y peripuesto a pastel de mi madre y mi padre cuando eran novios y no sabían de la vida sino que querían parecerse a los artistas de cine. Once tortugas once y una colección de muñequitos de esos que los niños se dejan olvidados en los bares cuando van con los mayores a devorar patatas fritas y hamburguesas, por ejemplo, un Rayo MacQueen rojo de plástico con las ruedas pinchadas; dos piratas, uno cojo y el otro con un parche en el ojo; un pingüino; bolas, bolas de esas pequeñas que rebotan y rebotan de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá de aquí para allá; un caballo; un rinocerante; otro rinoceronte; un gato, una ardilla, más bolas de aquí para allá.
Klein, mi osito de peluche, que me ha visto comer kilos de mierda.
Y cajas. Cajas grandes y no. Con muchas cosas dentro. Cosas mías. Secretas.
La luz es de papel, suave y tibia como a mí me gusta que me amen.
Hasta tiene una ventana por donde escucho la lluvia caerme en las costillas; veo pasar las nubes; salir el sol; cruzar, el cielo muy de vez en cuando una estrella fugaz, de lado a lado.
Hay un mural enorme de New York brillando en la penumbra que da la lamparita con tela de cuadritos y pie de cedro blanco. Bombilla de cuarenta.
Mi sombrero y todo el polvo encima del camino. De un clavo. Ya para siempre, si es que los siempre existen. ¿A qué se aferra uno si no? Tampoco soy ya un globo. Los años pasan, como todo, por eso digo si los siempre a lo mejor...o no.
Un cepillo de dientes. Rosa. De Hello Kitty. Se pega al suelo con una ventosa. Libros. Libros que nunca he leído. Ni que voy a leer. Prefiero hacerme pajas viendo culos de negra en internet. Ya nunca leo. Sólo miro dentro.
Mi caja del tabaco, el mechero, cosas. Mi bote de agua de colonia.
Yolanda en un rincón. Esperando que un día le ponga cuerdas nuevas y me siente en la escalera a cantarle a la luna canciones bonitas de amor.
Un elefante que da los meses y los días y un gato de madera acostado en un diván.
Un timón que marca el Norte. O eso creo.
Un sofá tapizado de flores donde hacer el amor honradamente. Un Clow que baila desarmado al son de una balada triste si das cuerda. Un bote con pinceles. El tic tac de un reloj. Una vela, tres ángeles y un barco de nombre La Tirana.
De cualquier sitio, cuando menos te los esperas, aparece Marilú, la arañita parlante:“¿Cuánto hace ya de esa canción?¿Diez años?”.
Es mejor que no haber vivido.
¿Verdad Klein?
Y escuchar sin paraguas Purple Rain.
Con trocitos de, tengo una vida.
Sobreviviré. Aunque me muera en el intento.

24 de octubre de 2012

Introducción a la Mesopotamia de un señor entrado en años


“¡Borsinianos a mí!” Los Borsinianos son unos seres muy muy muy pequeñitos, que acuden en mi ayuda cuando Señora X me tiene acorralado. Me llevan lejos. Muy lejos. Muy muy lejos. Lejísimos. Y ella dale que dale con que si bla y que si tal y tal y bla del bla y que hay que ver que si no le estoy haciendo, bla bla bla, ni puto caso.
Los Borsinianos.
Primero desmolecularizan cada partícula de mi ser, y cada átomo de mi organismo, es reemplazado por otro, uno por uno de manera, que delante de sus narices, me voy sin irme.
“Porque que si esto porque si lo otro”
“Bla bla bla”
Y así hasta que se cansa.
Que no se cansa nunca. Era un decir.

No sé, a veces aparezco en el cañón del Colorado. Otras en el fondo del Océano. El caso es que está lejos. Lejos lejísimos.  

23 de octubre de 2012

Dime que el mundo no es redondo


Les escucho follar al otro lado de la pared. Ella se ríe como una condenada, con una risa hueca y voluminosa, como de capitana, de cueva de murciélagos, de tormenta, que lo inunda todo y convierte el silencio de mi habitación en una feria.
Él no es siempre el mismo. Igual tiene acento polaco, que al día siguiente francés, o italiano.
Follan mucho.
Duermo poco.

Cuando alquilé esta habitación nadie me dijo que al lado vivía una ninfómana, o lo que sea esa mujer.
Podría levantarme de la cama y llamar al timbre y decirle que tengo mucho sueño, mucho sueño, que si podría follar más bajito, no así, claro, que escucho, ruidos, podría decirle, ruidos raros toda la noche, hasta muy tarde, y que mire qué cara oiga, tengo hasta la lengua seca.
Pero para qué. Sólo estoy de paso, como siempre.
Y me gusta su risa.
Incluso enciendo un cigarro para escuchar cómo se ríe, y se ríe siempre igual, con ganas, hasta donde llegue, como si se estuviera tirando en paracaídas, y su risa, atraviesa los ladrillos, el cemento y la cal, el gotelex, el cuadro de un paisaje con ciervos y escopetas, y su risa, se me mete en el pecho y me lo infla, y siento como el corazón me hace clonk clonk y rebota como una pelota de pinball en las paredes del estomago.

Aunque hace un par de días, me puse a dar golpecitos en la pared, coño ya, que son las tres de la mañana, TOP TOP TOP, ni caso, si me quedo sin tabaco, joder joder si me quedo sin tabaco, TOP TOP TOP, ni puto caso.
Me he comprado un mp3. Uno gordo y grande.

Varios días más tarde …

-Hola.

Estaba cerrando la puerta de la habitación para ir al supermercado, y de la puerta de al lado ha salido una cabecita. Hola, digo.

-Tú eres el de los golpecitos en la pared ¿no?

Me quedo como se quedó el Cid Campeador, de piedra en mitad de la plaza del pueblo, pero sin caballo. De la cabecita, sale un cuerpo pequeñito y me dice que la perdone, que tiene una risa fácil, ya lo sé, ya lo sé, que tiene que reírse mucho, me dice, lo que pueda, y que si quiero un té verde, venga, y me coge de la manga de la camisa y me sienta en un sofá color ciruela y se va caminando como un pajarito hasta la cocina.

-¿Con azúcar?

Digo que sí con dos dedos en alto. Qué bonita es. Le brilla la cara como si fuera de acero inoxidable, de plata, de plata blanca.

Mira, yo- le digo-, no es por nada, pero … bueno que es que …

-Tengo un tumor en la cabeza del tamaño de un tomate.

Me dice.

Sólo estoy de paso joder, no me puede estar pasando esto.
Que no lo diga, que no lo diga.

-Y me voy a morir.

Vale.

-No soy ninguna ninfómana sabes- ¿ah no?, me pregunto-, y no me voy a tirar encima de ti ni nada de eso, sólo quería, pedirte disculpas, aunque lo voy a seguir haciendo, ya sabes, follar como una loca todo lo que pueda, y más cosas, pasear por el parque, jugar a los bolos, mirar el cielo, yo qué sé.

Miro el suelo. El suelo no es interesante. Hay migas de galletas, poco más.

-Me llamo María.

Y entonces es cuando algo desconocido sale de la nada y me mete dos hostias y todo en mí vibra como la cuerda del arco de Orzowei, na na na na na na na, Orzowei, na na na na na na na, y me levanto y casi a punto de llorar como un niño de primaria, le digo, no, no, no, y ella me dice que no qué qué qué, y yo le digo, agarrándola por los hombros, que no puede llamarse María, que por qué coño se llama María, por qué, por qué, no quiero que se llame María … Y me derrumbo en el sofá color ciruela, igual que un árbol amazónico.

-Te escucho en sueños-me dice-. Estas paredes son una mierda. Y roncas.

Yo no ronco.

-Hablas de mareas y relámpagos. Es bonito. Y es triste. Por eso es bonito. Hablas de cuánto la querías. De un fallo en el motor del barco. “Se lo dije, se lo dije”, eso dices, que no era día de salir al Mar. A veces te cagas en el Mar. La verdad es que no dejas de cagarte todo el tiempo en el Mar. Ya te digo, una mierda de paredes.

Tal vez ronque un poco.

Me pregunto como una risa tan grande puede caber en un cuerpo tan pequeño, me pregunto por qué se agacha y me coge de las manos, me pregunto por qué no hago nada por evitarlo, me pregunto como se puede estar tan bonita en pijama, me pregunto si ahora va a follarme, o qué.

Y entonces se me sube encima y se hace un ovillo entre mis brazos, igual que camina, como un pajarito, y cierra los ojos y me toca el pelo, y otra vez no hago nada, de hecho ya ni siquiera me pregunto, y dejo que me cante una canción de Alberto Cortez, que no me gustaba hasta que no la he escuchado construir castillos en el aire con su boca de flauta. Huele a sábanas recién planchadas.

Se queda dormida en el estribillo. Mi té se enfría y me fumaría un cigarrillo, arf arf arf, por Dios, un cigarrillo. Pero no pienso moverme. Podría no moverme nunca más.
Miro el techo y por momentos, mientras la escucho respirar, me olvido de que sólo estoy de paso, como siempre, buscando un sitio donde nadie, haya oído hablar del Mar.

22 de octubre de 2012

La extraña desaparición de Jódoroh Talóv


El seis de diciembre de 1935 Jódoroh Talóv entró al cuarto de baño de su casa y nunca más salió.
No había ventanas.
Y no crean lo que dicen los periódicos. La verdadera historia de Jódoroh Talóv, ocurrió como sigue a continuación:

Jódoroh Talóv abrió la llave del grifo, plegó su cuerpo en doce triángulos equiláteros y se puso a flotar en la bañera. Luego quitó el tapón, y en pocos segundos, navegaba cañería abajo, hacia un mundo mejor, su verdadero, y único sueño.

Cruzó Alabama a cuatro metros bajo el suelo, y en Tuscaloosa, un sistema de aspersión lo escupió a la superficie, donde una vez seco, volvió a doblarse nuevamente hasta convertirse en una pajarita de papel que se elevó sobre la faz de la tierra, y antes de abandonar la atmósfera, explosionó cayendo en forma de confeti sobre toda la humanidad.

Aún hay algo de Jódoroh en todos nosotros desde entonces.

Cuando pides un café y te ponen una porquería y tú dices “gracias” y te lo tomas y te sienta como una patada en los cojones pero te lo tomas y sonríes, eres Jódoroh.
Cuando quieres decirle a la cajera del súper que te importa una mierda que tenga un niño con el síndrome de Down, que llevas diez minutos en la cola, y no dices nada. Cuando te quedas mirando un bebé que te observa fijamente en el semáforo desde su carrito y luego miras a su madre y piensas: “Está buenísima, me la follaría”, y automáticamente después piensas: “No, joder, tiene una sonrisa preciosa”. Cuando te acuerdas de los pájaros, cuando miras al Mar, al horizonte, a los ojos de tu novia, sin que te importe que alguien esté viendo como te estremeces, cuando te llevas a la boca un cigarro del revés y te quemas los labios y alguien que te ama está allí para decirte lo estúpido que eres, pero te llena la boca de saliva y te dice sana sana culito de rana si no sana hoy sanará mañana, y te da un beso y tú, tú no sabes si aquello es el cielo o qué, y dejas de cagarte en todo, y la abrazas, y le dices que la quieres, y que ahora te vas a cortar cuatro dedos para que nunca deje de abrazarte así. Cuando todo continua orbitando a tu alrededor sobre su eje, eres Jódoroh.
Y si no te importa que te amen mujeres estrábicas, feas, cojas, gordas, eres Jódoroh, y si te quedas parado mirando las cosas que hay tiradas por el suelo y te descubres agachándote a ver que pone en ese papelito- “Bah, una lista de la compra” -, a ver si es una carta de amor, o una despedida, o un mensaje divino que diga “Dobla la esquina, y serás feliz”, y cierras los ojos y la doblas y no pasa nada, pero casi has sido feliz, cuando perdonas a la gente que te hizo mucho daño, aunque sólo sea porque has pasado los setenta, eres Jódoroh.
Y si acaso no has entendido nada sobre Jódoroh, tal vez sea porque no estabas allí el día que llovió confeti de los cielos. No importa. Fue hermoso. Lo más hermoso que he visto jamás hacer a alguien.
En cualquier caso, paga tus deudas, cómprate un coche mejor y más grande, el más grande, cosas que no necesites, divide, divide siempre y vencerás, y haz infelices a muchas personas, sin que se note, jódelo todo, ya sabes, eres el rey del universo, la vida es dura, sí, que se jodan, al fin y al cabo, Jódoroh, sólo era un idiota.

19 de octubre de 2012

Acrílico sobre fondo negro


-Ñiccccc (puerta).

-¿Mamá (adolescente)?

-Sí hija(mamá). ¿Has cenado?

-Algo.

-¿Qué haces?

-Leo(mentira).

-He tenido un día horrible. Me voy a duchar(mentira también).

-Vale.

“¿Estás ahí?” sigue parpadeando en el ordenador.

“Ya. Era mi madre. ¿Te imaginas? Si supiera que me gustan las mujeres le daría un infarto. ¿Me quieres Gloria? Dime que me quieres”.

“Quiero oír tu voz”.

“No puedo. Yo también quiero. Pero no puedo. El baño está ahí mismo. Me preguntará con quién hablo tan tarde. De hecho ya debería estar acostada.
Llevo unas braguitas rosas.
Con un lacito.
Quiero soñar que me besas. Que me besas todo el cuerpo”.

“Quiero oír tu voz”.

“Vale. Pero sólo un momento”.

Natalie pasó prácticamente la noche en la escalera, fumando uno tras otro unos cigarros mentolados y haciéndose rizos con el dedo en el pelo, y su hija, no salió del cuarto hasta las diez de la mañana, para encontrarla sentada en el sofá esperando a que alguien le dijera que aquello no podía ser verdad. En vez de eso, Coraline le susurró al oído, “guarra”, y soltó el móvil en la mesa con la foto de un coño en la pantalla, que días antes, le había enviado “Gloria” por correo.


18 de octubre de 2012

La Venganza de la Reina Ana


Cuando alguien te hace daño, daño de verdad, nunca lo olvidas. Jamás.

Mi abuela me daba una peseta, de vez en cuando. Por guapo, decía. El delantal de mi abuela era como el Banco de España, y mis primos y yo, una banda de gorriones con la boca abierta.
A veces nos ponía en la cocina a pelar alcachofas, judías, o habas. Hacía unos guisos enormes en una olla donde cabía una persona. Yo cabía. Y mi primo Juanito y el Alberto y la prima Catalina.
Y mi madre, no me daba nada porque yo era muy malo. Y como era muy malo, me quedaba con el cambio del pan o la leche, y le decía que lo había perdido. Claro que eso, no era así de fácil, porque mi madre, cogía la escoba y se liaba a escobazos que parecía una psicópata. Yo me escondía debajo del ropero; pero las escobas cada vez las hacían más largas, así que mi única opción era cansarla en una persecución por toda la casa escaleras arriba escaleras abajo. A veces me escapaba. A veces no. Mi madre le quitaba el palo a la escoba, apuntaba, y me daba en la cabeza con una precisión, digna de la diosa Diana. Alucinante. Pero me quedaba con el cambio.

En cuatro meses, ahorré lo suficiente para irme corriendo a la tienda, y comprármelo.
Era un disco de plástico, que lo ponías en una cosa de cartón, le dabas vueltas con el dedo, y mediante una aguja, sonaba. Hacía “Creckkkk-Creckkkk-Creckkkk”; pero si lo girabas a la velocidad adecuada y prestabas mucha atención, podías escuchar un cuento de piratas. En la caja decía: “El tesoro del pirata Barbanegra”.
Puse en el mostrador todo mi capital y el tendero me puso en las manos aquella cosa que olía a nuevo, a otros mundos, a ilusión.
Cuando llegué a la casa no podía ni respirar. Estaba nervioso y jadeante, todo colorado, lleno de vida.
Lo puse encima de la mesa, le quité el envoltorio, coloqué el disco de plástico en su sitio, y cuando le puse el dedo encima para comenzar a girarlo, mi padre entró en la habitación: “¿Eso qué coño es?”.

Es mío, le dije.

Quería decirle que era un artefacto que contaba cuentos de piratas, que me lo había comprado yo solito, como un hombre mayor, con mi dinero, porque había estado cuatro meses sin comer caramelos. Ni uno.
Es mío, le dije. A mi padre los domingos lo echaban de los bares. De todos los bares del barrio.
Se fue a la cocina y cogió las tijeras, y con las tijeras, hizo mil pedazos mi disco de piratas. Mil. Los conté.

Ahora soy grande porque comí muchas lentejas, y mi padre es pequeño, porque está muerto.
Cuando te hacen daño, daño de verdad, nunca se olvida.
Ayer fui al cementerio, puse aquel disco de plástico- me compré otro- sobre su tumba, y mi padre y yo, escuchamos como el pirata Barbanegra, cruzaba los mares del Sur a bordo de La Venganza de la Reina Ana.
Porque yo, amaba a mi padre.

17 de octubre de 2012

Poema de amor a la intemperie


Nube que pasa
ser mujer más hermosa de poblado.

Yo cazar ciervo
para Nube que pasa.

Nube que pasa
escupir a ciervo.

Yo no comprender
mujeres.

Cazar oso y escupir
cazar bisonte, y escupir.

Demás mujeres de poblado
comer mucha carne de ciervo y de oso y de bisonte.

Nube que pasa
comer raíces.

Demás mujeres
querer más carne.

Nube que pasa
no gustar yo, decir, yo, hombre tonto.

Decir, yo cazar oso para ella;
pero no saber nada de mujeres.

Yo decir:
demás mujeres comer mucha carne, gustar.

Ella decir, no ser demás mujeres,
ser Nube que pasa, mujer más hermosa de poblado.

Yo buscar en horizonte respuesta.
Hablar con Dioses.

Dioses no hablar conmigo
Dioses callar.

Si Nube que pasa
no ser esposa, yo morir.

Consejo decir también
yo tonto, gran guerrero como caballo por mujer.

Yo ir
de poblado.

Pasar tiempo, mucha arena,
yo ver, mundo más allá de colinas.

Traer caja mágica, caja con música
para mujer más hermosa de poblado.

Demás mujeres preguntar por carne
demás mujeres decir yo, ya no gran guerrero.

Nube que pasa abrir caja:
sonreír con sonrisa más bonita de poblado, de mundo más allá de colinas.

16 de octubre de 2012

The hole in the man


Yo le regalaba flores. Íbamos por la calle, paseando, y las cogía de las vallas, o del suelo, o de una ventana. Siempre estaba guapísima, y digo aba, porque ella, ya es historia.
Movía el culo como nadie, bailaba con el culo. Y tenía unos ojos preciosos, sí, bueno, en otro momento hablaré de sus ojos. En realidad era su forma de caminar, grácil como el de un guepardo, un guepardo con un culo, que ya te digo, de premio Nobel.
Pero era una cabrona, yo creo que se murió de lo cabrona que era, pobrecita mía. Tenía una cosa en el estómago, una cosa muy chunga, que se la comía, por dentro, decía ella, como si tuviera dientes, que la estaba dejando vacía, que dolía mucho, más que mucho, decía. Antes de tener esa cosa que se la comía en el estomago y que dolía más que mucho, ya era cabrona; pero no tanto.
Se murió por la tarde, un ocho de mayo.

Cualquier cosa que yo dijera estaba mal dicha, o era mentira, o no tenía ni idea. Si decía que el cielo estaba muy bonito, así, tan azul, pues el cielo no era azul, los cojones, y me contaba una película de no sé qué de no sé cuántos de que si el oxígeno y la atmósfera y no sé qué más. Que no era azul, y ya está. Y seguía caminando, bailando con el culo y perfectamente satisfecha de sí misma, y de que el cielo, fuera como a ella le daba la puta gana. Una cabrona.

Pero yo la quería, me daba igual de qué color fuera el cielo, si debajo del cielo estaba ella, me daba igual que pasara por mi lado, toda enfadada, y me mirara de ese modo, y yo sintiera escalofríos, como si alguien se hubiera dejado una puerta abierta, o te hubiera pasado una gata entre las piernas.
Ojalá el ocho de mayo me hubiera muerto yo. Qué cabrona.

A veces, la sorprendía mirándome, muy seria, con una cara muy rara, y yo hacía como que no me daba cuenta, pero me miraba, y cada vez la cara se le ponía más rara, y me miraba más de cerca, hasta que casi podía sentir su respiración en mis mejillas, pero yo miraba la tele, muy acojonado, y se quedaba así un rato, mirándome, y yo veía como le brillaban los ojos, en esa cara que ya no es que fuera rara, si no que no te atrevías ni a parpadear, y los ojos te lloraban, y luego, se alejaba, muy lentamente, mirándome también, y se ponía a ver la tele, como si nada.
Yo creo que también me quería, aunque fuera un felino, y se dejara abiertas las puertas del infierno, y no me dejara que el cielo, fuera azul.

Tenía, la carita muy blanca, y no iba a pasar de esa tarde. Yo la tenía cogida de la mano. Le había robado un tulipán, camino de la habitación, un tulipán de los jardines del hospital, muy bonitos los jardines, y lo tenía sobre el pecho, y le daba vueltas al tulipán con dos dedos, y el tulipán giraba, para un lado y para el otro.
Y a los cinco minutos el tulipán de quedó quieto.
Yo la tenía cogida de la mano.

Me habría gustado guardar sus huesos en una caja de zapatos. Debajo de la cama, y sacarlos cuando yo quisiera y quitarles el polvo y darles brillo con un trapito mojado en alcohol. Siempre se lo decía, que quería eso, lo de la caja de zapatos, y ella, no decía nada. Qué raro.

La enterramos y llovía. Ni el cielo era azul ni una mierda. Me fui caminando, solo, y sin querer robé una flor de una pared con azaleas, que salían de un patio, y sin querer busqué su pelo, y su pelo no estaba, y yo allí, caminando con su flor en mi mano.
Qué cabrona.

15 de octubre de 2012

Tribus


Me llamo Queka. Soy lesbiana.
Tengo una hija. Se llama Claire y no es lesbiana.
Marta es mi mujer. También es mamá de Claire.
El papá de Claire, antes de ser el papá de Claire, era nuestro mejor amigo, ahora, es nuestro mejor amigo y el papá de Claire. Es gay. Se llama Tommy.
Tommy tiene un novio, Alexander, y Alexander tiene un perro: Señor Carter.
Vivimos todos juntos. Pase lo que pase.
Porque yo amo a mi hija y mi hija me necesita, pero también necesita a Marta, porque también es su mamá, su mamá Marta. Tommy no quiere estar lejos de Claire, porque también es su hija, y Claire, adora a su padre. Su padre, sin Alexander, no es nada, una mariquita sosa y aburrida. Al señor Carter le gusta ver la tele tirado en el sofá, y comerse los zapatos.

Además de lesbiana, soy ilustradora de libros infantiles, y me encanta regar las plantas y ver pasar las nubes. A veces, Marta y yo estamos horas así, viendo pasar las nubes.
El papá de Claire es peluquero. Hace cosas raras en la cabeza. Le quiero tanto … Y Alexander le sienta muy bien a Tommy. Alexander cambia de color de pelo cada semana, si Tommy está inspirado, cada día.
Marta es profesora. De Lengua. Sabe contar Blanca nieves hacia atrás y el nombre de Dios en ciento treinta y siete idiomas. Con la lengua, también sabe hacerme latín.
Claire estudia. Poco. Menos mal que Marta es profesora.

Ayer fue su cumpleaños, el de Claire digo. Le hicimos una tarta. De fresa y chocolate, con once velitas encima. Alexander, con una manga pastelera, dibujó “Te queremos princesa”, encima de la tarta. Señor Carter miraba la tarta. Señor Carter malo.

Lloré. Marta también. Y Alexander. Tommy daba pena, y un poco de.... Es que Tommy es tan Tommy.
Claire pidió un deseo. Con los ojos cerrados. En realidad, todos teníamos los ojos cerrados.

14 de octubre de 2012

Vivere Memento


Y de repente Aitor estaba en un rincón, sosteniendo a su hermano Alfredito entre los brazos.
Hasta hacía unos minutos, el bebé había estado sonriendo. Ahora tenía clavada en el cuello una astilla del tamaño de un hueso de muslo de pollo, y toda la sangre que tenía en el cuerpo, se le salía por ahí. Ya no se reía. Ni lloraba. No hacía, nada.
“La vida duele”, pensó Aitor.

Las vigas del techo habían cedido, y en el salón, además de las cosas que normalmente había en un salón a la hora de la cena, también había aquel día una cama vestida con colchas de croché portugués, un enorme armario ropero de tres puertas, un peine de plata, zapatillas, un libro en alemán, una cajita con pastillas para la tos …
Y debajo de todo eso, estaba mamá partida en dos.
De postre había flan de huevo.

El primer obús cayó del cielo y se clavó como un dardo entre las cejas de su padre, y el segundo, que penetró como una gran verga la ensalada de endivias y queso roquefort, nunca estalló.
Aitor Estefanía miró toda la noche aquella cosa negra y con forma de pepino, esperando que en cualquier momento, hiciera ¡Pum!

Durante años, el padre Estefanía, un curita reseco y de párpados caídos, atendió el confesionario, sin que ninguno de sus fieles supiera jamás que cuando ya les había puesto penitencia y llegaba el momento de perdonar todos sus pecados haciendo una cruz en el aire con su mano derecha, con su mano izquierda, acariciaba como a un cachorro de gatito aquella cosa negra y con forma de pepino, que todavía hacía tic tac tic tac.

El padre Estefanía nunca creyó en Dios. Murió aferrado a las tetas de una negra que echaba las cartas, y una vez se meó en la pila del agua bautismal. Pero como el padre Estefanía, no perdonaba nadie, ni nadie, como él, era capaz de convencerte, sólo mirándote a los ojos, de que para un hombre de Fe, nada era imposible.

13 de octubre de 2012

Escuálido, no sé, como raro


Y va y se muere.
Hija de puta.
Y yo con estas manos. Tan vacías,
con estos ojos yertos como páramos,
y toda la vida por delante para nada.

Si acaso, deliraba- “¿Dónde va un hámster que gira en una rueda?
¿Y el clavo del que cuelga el cuadro?
¿No es?
¿Es sólo el cuadro?
¿Y la pared?
¿Qué
es
hermoso?"-, cuando dijo que sacara mi pañuelo.
Que lo agitara.
Que cuanto frío.
Que cuanto dentro.
Que adiós, amor, por todo y por tus años, de estar conmigo.

Y yo con estas ganas, de lo imposible y yo,
con este desperdicio de mañanas sin ti.

12 de octubre de 2012

Volar, qué tontería


“Has roto todos mis sueños”, le dijo ella, aquel día, y le habló de una hoja de papel, de que si la rompías en mil pedazos ya nunca sería la misma hoja de papel, aunque pegaras sus trocitos escrupulosamente y luego la planchases al vapor. Nunca sería la misma hoja de papel, si no, otra cosa, como ella, que ya no era la misma, si no otra cosa, menos feliz.

“Quiero cosas pequeñas, y quiero muchas- le dijo-, quiero que me digas bonita, de vez en cuando, quiero hacerme viejita contigo, quiero que sonrías, que te dejes tocar, que me hables, ¿por qué no me hablas?”.

“Porque no me entiendes”, le dijo él.
“Porque no te explicas”, le dijo ella.
“Porque no me entiendo”, le dijo él.

Él era un loco. Se desilusinflusionaba como un globo ante la visión de un mundo que le parecía, horrible, y segundos más tarde, temblaba de emoción y quería que todo el mundo mirara al cielo y les decía, alucinado, “mirad, una nube”.
Se ató una vez a las puertas de un estadio de fútbol, gritaba, cabrones, o algo parecido, y se cagaba en los fichajes millonarios, absurdos, y le hablaba a la gente, de un sitio llamado hambre, y la gente, se le meaba encima.

Para hablar de la guerra fue a Camboya. Pisó una mina antipersona y estuvo tres días sin moverse, hasta que pudieron sacarle de allí. Luego habló de la guerra y otra vez se le mearon encima.

Cuando hablaba de amor todo el mundo le escuchaba y nadie tenía ganas de mear. Un día, mientras hablaba del amor, se la sacó, y se meó en todo el mundo.

Estuvo un rato en la selva, con tigres que se comían a la gente, y flores raras y hormigas con la cabeza muy gorda. Vino muy delgado, diciendo que el hombre, era idiota.

Otro día quiso hablar de la muerte, y hubo que quitarle de las manos las tijeras.

Todo se acaba, el sol también, lo ha dicho un científico.

“Mi lucha-le dijo ella-es llevar al niño a un buen colegio, tener una casita blanca con terraza, y tender tus camisas y mis bragas, al sol, a ese que dices que se acaba, mi lucha es trabajar catorce horas y cobrarlas todas, y los domingos, ver como te comes esos emparedados de tres pisos, que te hago, mi lucha es, enseñarte como sepa a vivir sin tus fantasmas, y si no lo consigo, ganar sola mis batallas, mi lucha no es salvar el mundo, amor, el mundo, nunca estará a salvo”.

Había algo extraño en el ambiente.
Pero no había nada extraño en el ambiente.

Aquel día, el Mar escupía olas que eran como mujeres vestidas de encaje para una boda con la muerte, y el viento, era una navaja.

“Tengo que vivir”, le dijo ella, mientras él con el dedo dibujaba en la arena la palabra adiós, y le hacía un lacito con el humo del cigarro.

9 de octubre de 2012

Jean-Jacques


Hay gnomos viviendo en los pelos de mi polla.
No sé cuánto hace, ya del agua.
Me lo meto todo.
Donde sea. Si hay una vena.

Pero una vez fui un hombre,
que usaba los cubiertos.
Ahora entierro la cabeza en cualquier cubo de basura,
y si me meo encima, no tiene la más mínima importancia.
Es lo que dicen los ojos de la gente.
De la gente sin ojos.

Pero una vez, yo fui.
Hacia cola en el súper.
Tenía un perro.
Un carnet de fútbol.

Hecho de menos la lluvia en los cristales.
Los cristales con Julia.
Los domingos con Julia.
Las pizzas doble pasta y las pelis de Meg Ryan.
La luna de los charcos.
El café en San Marino.
Las cuatro de la tarde.
Las bragas de lunares mecidas por el viento.
Con Julia de puntillas
- “Nos queda poco tiempo”-,
colgando de las nubes lazos negros.

7 de octubre de 2012

6 de octubre de 2012

La hiel


Entró al país de avanzadilla vía patera asiento ventanilla.
No fumador.
Desde ese mismo instante aún
-de todavía-,
tardaría en devolver
-si Dios quería-,
más de novecientos treinta días
-a tanto la hora-,
la plata del pasaje.

De seis a siete había que verla,
exprimir y fregar las escaleras, con qué,
verdadera fortaleza se enfrentaba al sol,
en cada uno,
de los peldaños de un bloque de seis pisos.
Con ascensor.
Amanecido, bregaba haciendo churros en el centro.
De nueve a doce.
De doce a una, soñaba que tenía un delantal,
geranios,
y una casita blanca con espuma.
De una a cuatro cuidaba a una señora,
que a voces,
la llamaba a quitarle las babas y a cambiarle
la bolsa de la mierda.
De una a cuatro era el amargo,
trago de saberse indefensa.
De cuatro a ocho, mamá te quiero, te hecho de menos,
papá papá, ay mi papá, cuánto, cuánto te quiero.
Cuidad de mi Perseo.
De mi ángel rizado.
De mi niño.
Ya pronto.
Ya pronto.
A las diez en Matisse, un bar de copas
colgando la ropa de los yupies de un perchero de roble.
De seis a siete había que verla.
Tan ancha.
Tan gallo.
Peldaño por peldaño, a dos euros el tramo.
Ya pronto.
Ya pronto.

4 de octubre de 2012

Pasa la lengua por el mapa donde dice Aquitania


Fue como arrancarle las patas a una mosca.
Tuvo días los ojos hundios como piedras.
Se le partió el cerebro en dos de marchitarse
sobre las fotos de cualquier atardecer, de cuando.

Porque todo, de viejo o de, ya es otra cosa.
Nosotros nos, abismos, tan,
lejos el uno del otro, tanto tiempo.

Por mis noches a tontas esperando en la ventana.
A que.
A que.
Por dormirme tan sola.
Tan pequeña y cansada,
de respirar tu hueco entre las flores de la almohada.

Por tú en el sofá a oscuras con tu odio
llenando de colillas el plato de espagueti.

Por dejarme caer.

3 de octubre de 2012

K7-C9


Le paso la lengua por los labios del coño y ella dice: “ ¡ay Dios, Dios mío”, y yo, siento de inmediato en la boca el sabor a salitre de su satisfacción, que mana como de un manantial y resbala por sus muslos hasta las sábanas.
Nos merecemos esto. Ha sido un día duro.
Las luces de los misiles tierra-aire alumbran su rostro. Se llama Ana, un nombre corto para una gran mujer. Tiene un marido, hijos, y un jardín. Conozco a su marido. Es un buen tipo, una vez incluso le estreché la mano. Estoy seguro de que la ama como ella se merece.
Hoy nos han traído más de cuarenta y tres heridos. No contamos los muertos. Ya no.
Una mujer entró corriendo al hospital con el brazo de su hija metido en una bolsa de plástico. Buscaba a la niña entre la gente. Ana la cogió de los hombros y la miró a los ojos, y con los ojos, le dijo que la niña no estaba allí, y si no estaba allí, es que estaba en el mercado, desperdigada por todo el mercado, sobre las peras de agua y el pescado y colgando de los cables de la luz, hecha jirones que resbalaban por el lomo de las sandías, con los ojos, le dijo que el trozo más grande que quedó de su hija, seguramente era ese brazo.

En mitad de la noche, buscamos el uno en el otro algo que nos recuerde que aún somos capaces de sentir algo, que seguimos siendo humanos.
Después de follar siempre hablamos de sus hijos. La mayor quiere ser médico, sin fronteras, como ella. La pequeña quiere ser una cosa que se ha inventado y que consiste en colgarse del cuello de su madre y dar vueltas y vueltas.
Yo no tengo a nadie que quiera ser médico como yo; pero tengo a Ana.
Se la meto hasta el fondo y me muevo y sudo sobre sus tetas y ella, abre más las piernas y me agarra el culo y lo aprieta como si quisiera meterme entero dentro de su vientre, y sudamos, y nos damos besos tan ciertos como que hay estrellas en el cielo, tras el humo de las bombas y la cegadora luz de la metralla. Me muerde y me hace daño y, grito y, ella, se corre y, grita, grita como un animal, grita toda la rabia, toda la impotencia, grita por el mundo y por, todos esos cadáveres, grita y me apuñala con los dientes y, llora, y me pregunta, por qué por qué por qué, sin esperar una respuesta que sabe que no tengo, y luego me abraza como nadie me ha abrazado en esta puta vida, y ese olor nauseabundo a muerte que dejan los que se nos fueron de las manos y nos impregna cada centímetro de piel, desaparece, por unos instantes.

1 de octubre de 2012

Training the heart to die quietly, and be born


Había pasado toda la mañana con Paca, aprendiendo a silbar como un cabrero, a tararear canciones de los Beatles y a dar vueltas sobre si misma sólo porque sí. ¿Tenía otra cosa que hacer? Tampoco ganas. Y era una buena manera de olvidar a Álvaro. Y a Peter y a Dogan y a Félix y a y a.
¿Dónde estás?, le habían preguntado en la redacción. Colgó. La portada del último libro del francés estaría terminada a tiempo; aunque no tenía ni la más remota idea de dónde iba a sacar un hada. Al francés le gustaban las hadas.

-¿Qué es eso que dicen las mulatas?

-Cosas de negras.

Que será niño y tendrá alas. Lo dijo la Marenga en la terraza del Brillante a la hora de la siesta. Basta que cante un grillo para que, entre sueños, le salgan de la boca los presagios.

-¿Qué pasa con Luiggi y contigo?

-Luiggi se irá, un día. Odia este sitio. Lo odia todo. Un día simplemente dejará de existir. ¿Quieres un helado?

-¿Cómo puedes sonreír de esa manera? Estás preñada de un hijo de puta en mitad de este sitio de locos que andan vestidos de Batman en sillas de ruedas o se paran a besarse en la calle cada vez que se enciende una farola, y sonríes como si la vida fuera perfecta. ¿Y por qué coño das vueltas?

-Un delicioso y helado helado de...ummm...de...hay tantos sabores...como el de piña, qué rico, es como estar metiendo los pies en el agua de una playa con corales; el de manzana, con sus gusanos parlantes con sombrero y paraguas; el de melón, el de mango; pero el que más...porque...y al principio no quería, porque nunca quiere nada, eso es lo que dice, pero un día le convencí, bueno, en realidad fue la niña Lorena, sí, es que, Lorena sabe algunos trucos, cosas de niños, bueno, a veces funcionan, el caso es que al tercer “porfi”, Billy se metió el palito del helado en la boca y empezó a morderlo hasta que casi se le caen los dientes...ponía caras raras, hacía así, con la boca, como si, como si. Pero no. Nos echó de la casa y nos llamó metomentodos, que haber si nos ocupabamos, de nuestros propios asuntos. Nunca se ríe.

-¿Te gusta?

El secreto de un helado de limón está en chupar el palito, hasta que se te ponga cara de esquimal.

-Edta um foco ácido, da vedad, pedo e profado coza beore en mi vida, de lo asegudo.