25 de noviembre de 2012

Se me ha clavado el arco del violín en la garganta


Si le preguntas diez mil veces “¿Qué te pasa?” Y ella dice:
“Nada” otras diez mil, es que la quieres.
O es que eres tonto.

Si al llegar te está esperando el mando de la play dando saltitos y en vez de,
vas y te sientas con ella a que te cuente, es que eres tonto.
O es que la quieres.

Si no le dices que debes dos facturas ya de agua,
un mes de casa y tres de luz,
que el banco ha dicho no, que en el trabajo,
se está rifando un ere que en el coche camino del sofá, a veces,
te dan ganas de llorar que, y que y que, si no le dices,
qué estás pensando cuando estás mirando el Mar, es que la quieres.

Que si has tomado la pastilla.
Que si ponte las gafas.
Que cojas el paraguas.
Que comas menos sal...

23 de noviembre de 2012

Teo en la cúpula del Himalaya


¿Qué esperas escuchar?
¿Que estás bonita?
Te lavas el pelo con champú barato.
Tus bragas son del chino.
No compras ropa desde.
Ni esmalte, ni zapatos.
Ni te afeitas ahí. Donde tú sabes.

Pero mira tu rastro.
Como un tigre en la nieve.
Seis hijos, quince nietos, y todas esas fotos con marcos de metal.
Tus croquetas de pollo.
Tus pechos de mamar.
Tu carrera de ciencias colgada en la pared sin estrenar.

Bonita es poco, para tanta mujer de par en par.

21 de noviembre de 2012

Y tú tan lejos. Y yo tampoco


...Angustias se le hundió en las tripas como un pez en el agua, como una piedra. Ciento seis gramos de acero inoxidable hasta los fondos de la espalda. ¿Sabes cuánta sangre tiene una persona en el cuerpo? Yo sí. Era mi padre.

-Cachito...

-¿Y sabes lo peor? Vi como mi madre se arrastraba a llorarle. Nunca he visto a nadie llorar de esa manera. Después de tanta paliza y tanto diente en la pared y tanto roto y tanto de escondernos de mientras debajo de la cama. De tanto esperar a que llegara. De que llegara. Siempre borracho. Siempre en barandas. Siempre a las malas. Tanta sangre en el suelo para nada.

-No importa. La vida es...así.

-La vida es una mierda Paca. Todo es una mierda. Las ratas, los domingos, la cárcel...la cárcel no está hecha para hombres Paca, la cárcel te mata, te arranca la carne de los huesos. Había uno, uno de Santiago, que se cortó del culo para arriba para que los portoricos no le descosieran más el orto cada vez. Todo menos tú. Y así preñada más. Así estás más bonita que un día en la playa.

-¿Aunque no sea tuyo?

-Cruzaremos Arizona en un chevrolet rojo. ¿Quieres?

-Tendrá alas. ¿Lo sabes? Alas de verdad. Blancas supongo. Como su padre.

-Pararemos en todos los burguers que veamos. Nos llevaremos la caja. Todo el dinero. Y una botella de champán. Lanzaremos al aire un puñado de dólares. En mitad del puto desierto. Que os follen. ¿Sabes qué puedo entender? Que debí haberle metido una bala en la cabeza antes de que se fuera de aquí del brazo de la americana. Hija de puta. ¿Viste cómo se miraban? Parecía que iban a sacarse los ojos el uno al otro de uno a otro momento y de repente, se la llevó volando a de allí a una habitación de hotel desde donde se les escuchó romperse de placer toda la noche dicen hasta por la mañana de los tres días siguientes, más allá de la estación y los gatos y los grillos. Y después ya no estaban. Cruzaron el puente y simplemente, todo el mundo se olvidó de sus nombres.
Todo menos tú Paca. Todo menos tú.

15 de noviembre de 2012

La maldición de Bobby Carapalo


Dicen que la probabilidad de que un piano de cola le caiga encima a alguien, en pleno desierto de Arizona, es tan pequeña, que si le cayera a alguien, alguna vez, no sería por casualidad.
Aún me pregunto qué coño hacía yo en pleno desierto de Arizona.

Ahora estoy en un Bar de esos modernos, con Wifi y camareros a los que parece que les han metido una granada en la boca, y que por eso sonríen de ese modo arcaico y sobrenatural. El café es bueno. Hace viento, y hay nubes en el cielo.

Quinientos kilos de piano.
Ni la más puta de todas las putas que conozco, hubiera querido ser mi madre en ese momento. Lo escuché silbar común obús, antes de caer.
¡Catastrán-pum Kabum chssssss Bum-blum!¡Blummmmmmmm …!
Se levantó una nube de polvo como un edificio de tres plantas. Yo estaba debajo. Vivo. Como siempre.

En el Bar suena una canción de Juan Perro, y fuera, en la calle, ha empezado a llover, no veo mejor momento para acordarme de la chica rubia y los labios más rojos del mundo.

Lo último que recuerdo antes de despertar con la boca seca y mirar alrededor y no ver más que arena y lagartos, es haberla visto desnuda, sobre la cama, y completamente muerta.

Tenía unas tijeras de podar clavadas en el pecho, y de la herida, aún manaba un reguero de sangre, como un riachuelo hacia su vientre. Tenía un lago en el ombligo y los ojos abiertos. Se llamaba Sue, Marie Sue Michel, aunque claro, aquél, como podría descubrir aquella misma noche, no era su verdadero nombre. Su verdadero nombre, era “estás muerto Bobby”. Bobby, soy yo.

La conocí aquella misma noche, y a la mañana siguiente, dejé de conocerla. Recuerdo que bailamos, y bailando, llegamos del Royal Cabaret Club a la cama, y entonces fue cuando se me tiró encima, y con los muslos, empezó a apretarme la cintura, y con aquella boca que era la boca más roja del mundo, me dio tantos besos en el cuello, y con las manos, me aferró las muñecas.
Y entonces fue cuando sacó las putas tijeras.

La canción de Juan Perro se ha terminado hace rato. Ahora suena otra, pero no sé muy bien de que va, porque en la mesa de al lado se han sentado unas chicas y están hablando de Mario.
No sé quién es Mario, pero sé que está buenísimo y que anoche llevaba una camisa color malva con rayas blancas, que le quedaba de puta madre. Y que todo lo hace de puta madre. Y tres veces.

La verdad es que estaba impresionante, hermosísima y rubia con su boca más roja del mundo, con aquel brillo de demencia en sus ojos, y aquellas enormes tijeras en la mano, en alto, como la estatua de una valkiria en mármol veneciano, digna del mismo Leonardo. Joder, estaba preciosa.
No dijo una mierda, y acto seguido, tenía aquella cosa enorme y fría clavada en mi clavícula izquierda, y ella, dulcemente, sonreía y movía la pelvis como una culebra. Nunca se me había puesto tan dura.
Le di un puñetazo en la boca, en aquella boca que era la boca más roja del mundo, y Marie Sue, aunque ese no fuera su verdadero nombre, cayó encima mía como una muñeca de trapo. Me corrí.
La aparté hacia un lado de la cama. No estaba tan preciosa con la boca más roja del mundo hundida, ladeada como un cuadro ladeado, rara.
Tal vez no estaba tan preciosa porque acababa de clavarme a la cama con una herramienta de jardín. No lo sé.
Desclavé las tijeras del colchón y algunas plumas salieron volando por el aire. Me incorporé. Dejé en la mesita las enormes tijeras y tapándome la herida con la mano fui al baño. Mojé la toalla y me la puse en la clavícula.
Cuando volví, Marie Sue ya estaba muerta. Había huellas de barro en el suelo, y la puerta de la casa estaba abierta.
Luego sentí un golpe en la cabeza, todo se puso blanco, y cuando desperté, tenía la boca llena de arena y sangre seca en la cara. Hacía un calor de cojones.
No supe que aquello era el desierto de Arizona hasta que no me cayó encima el piano.
Cuando terminé de sacudirme todo aquel polvo de encima y me puse en pie, lo primero que hice fue cagarme en Dios, sin duda, el único culpable de que estadísticamente, si un piano de cola tenía que caerse del cielo en algún sitio, era allí, y a mí.

Las chicas de la mesa de al lado ya se han ido. Suena Police. Recuerdo que escuchaba a Police en el taxi de un colega, fumando porros, y hablado de Sidharta hasta el amanecer.

De lo de la rubia, a Dios, no le dije nada. No era la primera mujer que intentaba matarme. Pero de lo del piano, joder, sólo a Dios se le ocurriría hacer algo así, no creo que nadie más se molestara.

Encontré una nota en mi bolsillo. La leí varias veces mientras caminaba bajo el puto sol de aquel puto desierto que no se acababa nunca:
“La próxima vez tal vez no esté ahí para salvarte el culo”
Firmaba, “El defensor de los tíos que se meten en problemas con las rubias que te quieren clavar unas tijeras de podar en la clavícula”.

Ni puta idea. No sabía de qué iba todo aquello. Estaba vivo, y eso era lo importante. Pido otro café. Enciendo otro cigarro. Miro la calle.
Joder, qué solo estoy. La culpa es de esa mierda de canción, nunca me gustó esa canción, sobre todo la parte que dice “sin ti no soy nada”. La odio.
No es verdad. No la odio. Era muestra canción. De ella, mi ella y mía.
Al menos lo era hasta que lo eché todo a perder. Si le pudiera echar a Dios la culpa de aquello, como lo del piano, todo hubiera sido más fácil.
Después de ella no hubo nada. Excepto rubias con bocas rojas y tijeras de podar.
Al camarero le estalla otra granada en la boca y me pregunta que si está todo bien. Supongo que se refiere al café. No creo que sepa nada sobre ella, y cuánto la echo de menos. Le digo que sí, gracias, no necesito nada más, y cuando se aleja, sigo hablando solo, diciendo que, en realidad, no necesito ni respirar, para qué, si no me apetece, si todo es una tontería sin ella, mi ella, para qué, si me da igual que me caigan pianos de cola encima, no ves, cómo me sacudo el polvo, digo, da igual que me caiga un camión de dieciocho toneladas, “Sin ti no soy nada”, mierda de canción, da igual, mañana estaré en brazos de otra rubia con ganas de matarme, porque la llamo como a ella, mi ella, como a todas, en vez de Marie Sue, o Amanda, o Allison, da igual, y así, todos los días, y los días sin ella, mi ella, son más largos, condenadamente largos, no se acaban nunca, como el desierto de Arizona. Maldita sea. No, no estoy bien, estoy jodido, y ni siquiera tengo su número de teléfono. La llamaría, la llamaría y le diría, sí, ya sé que han pasado veinte años, pero aún te quiero, todo esto sin ti es una mierda, veinte años de mierda, yo soy una mierda. Me caen pianos encima. Me estoy quedando calvo. Hablo solo.

Los paraguas se han comido la cabeza de la gente. Sigue lloviendo. Lleva días lloviendo.
Siempre que llovía yo le pasaba a ella, mi ella el brazo por encima del hombro y la acercaba más a mí, debajo de un paraguas con flores grandes naranjas y amarillas, para que no se le mojara el pelo, que por entonces, aún era rubio como el trigo.

13 de noviembre de 2012

Sonata en Pi menor para hélices y amarras


Como si siempre fuera la primera vez de todo.
Como si el mundo me pariera ahora.
Elevarme, quizás, sobre la carne.
Sobre la ley de ningún dios ni de ninguna patria.
Crecer como un guisante.
Y un día, brotar como la sangre.

Un sólo grano en el desierto.
Un segundo de aire.
Un fragmento.
Tal vez un ave.

Dejaré de fumar.
La boca de mentir y de mis manos,
en vez de una siembra de uvas pasas
la luz de los candiles en la mesa.

Hablaré con los perros.
Comeré sólo la tierra que encuentre en el camino.
Me aprenderé en los charcos...

O no me acertaré.
Ni probaré bocado ni hablaré a los mastines, los olmos, los insectos.
No pondré sobre la mesa la llama que suceda.
Me fumaré la pasta, el cepillo de dientes.

Seguramente el vidrio, los ojos de tortuga.
La lluvia cayendo a toneladas.
Lo eterno de sin ti.
Montañas de cenizas donde no haga viento. Donde no haga viento.
Y enterrarme en lo muerto.
Pudrirme de raíces y gusanos y de larvas, des
h
a
c
er
m
e.
Preso del miedo y de la duda.
Hundirme y naufragar esta noche y las otras,
como si ya no me importara en absoluto, quién sabe,
estar vivo.

11 de noviembre de 2012

Página 64


...porque todos los tíos que se me han acercado sólo querían en realidad que mi cara bonita amaneciera en la almohada cada mañana. ¿Soy bonita? Yo no tengo la culpa. Soy más cosas que bonita. No quiero ser sólo bonita. Estudié bellas artes. Tengo un trabajo que me gusta. Mis portadas venden bien. Mejor que bien. Esta es la tercera trilogía que me encargan. No hay nadie que pinte las hadas como yo. No soy sólo bonita. Y Sé inglés. Y he estado en África. Y he vuelto. Y me cago en todos los tíos. Una cara bonita para correrse en ella. Para ir por la calle como un domador de caballos contigo a su lado como si fueras el último modelo de Ferrari. Soy más cosas. Soy todo lo demás.

-Tal vez no te haya encontrado la persona adecuada.

-¿Crees que alguien tiene que encontrarme?

-Es obvio. Te gustan las caricias. ¿Has visto esos, reportajes en la tele? Hay monitos que se pasan todo el día tocándose y abrazándose y hurgándose en los pelos los unos a los otros y...

-¿Y?

-Por mucho que te cagues en los tíos la verdad es que hace mucho que estás deseando que alguien te abrace. Que te abrace de verdad.

Grillos...grillos y silencio.

-¿No te molesta eso?

-A veces. Por la noche. Es una cosa aquí. Se mueve. Se mueve y duele. Hablo con él. Le digo que le he pintado de azul la habitación. Que he comprado una lampara que gira, y al girar, hace sombras en la pared, de peces de colores y sirenas.

-¿Cómo vas a llamarle?

-Me encanta girar.

-¿No lo sabes?

-¿Quieres que te enseñe a silbar?

9 de noviembre de 2012

Un haz de luz en el infierno


El amor se anda, es cierto, yo lo he visto.

-¿Me amas más que a nada en este mundo?

-Eres un egoísta.

-Ya sé que soy un egoísta. ¿Pero me amas más que a nada en este mundo?

-Te amo más allá de suficiente. Y amo otras cosas. Amo mis crías de delfín y mis arterias y la música celta y un millón de cosas más que amo. Y también te amo a ti.

La lluvia, ah sí, la lluvia. Ponte debajo. La lluvia moja.

-Yo quería ser escritor sabes...y, mira.

-No veo la diferencia entre serlo y no serlo. Lo que realmente me interesa de ti sigue estando en tus manos. Quítame tus manos y, te aseguro, que me dará exactamente igual que seas el presidente de la península Voltánica, un cantante famoso o el pitcher de los Yanquees de New York.

-Quería contarle al mundo grandes historias. Quería darles fe. Fe en algo.

-¿Y tú? ¿Y tu fe?

-Aún sigo aquí. A tu lado. Porque tengo fe.

-Y yo tengo en el aceite croquetas de jamón. No soy el sueño de nadie. Soy una mujer bajita, con las tetas a punto de caducar un día y este culo que tú dices que te encanta. Quería una de esas estúpidas casitas blancas. Esas cosas. Ahora lo único que quiero es que me ayudes a poner la mesa antes de que lleguen los niños del colegio.

El amor se pacta. Aunque no sé si eso es cierto.

-Y...no sé...¿qué eres?¿un Mesías?¿Te sientes un Mesías?

-Siento la necesidad de ver que a mi alrededor todo gira como en una perfecta maquinaria.

-El mundo no es perfecto. Nunca lo ha sido. Sólo es el mundo. Ya está. Acéptalo o sigue inventando que la vida es otra cosa sin tantas espinas. ¿Qué turno tienes mañana?

-De tarde. Con Julián. No soporto a Julián.

-No soportas a nadie.

-Te voy a comer de postre el chochito...

-Qué bien. Es lo mejor que has dicho en todo el día.

Pero de que se anda, de eso, estoy seguro.

3 de noviembre de 2012

Subwoofer


¿Sitetumtumtum
basdesnudo sobrel césped...d?
¿Eso es pecado?
¿Ver cómo briiiiiiiiiiiiiiillan las estrellas?
¿Es es es?
¿Matar un pájaro?

¿De qué?
Dime, coño, de qué depende.
Es sólo un pájaro.

Nunca he estado en Arizona, por ejemplo


No sabes nada de mí. No sabes cómo vi esparcirse los sesos de Bernardette Plummen por encima de la mesa. Ni qué borracho estaba. Ni que no sentí nada. Ni qué hacíamos allí.
Donde tú ves un vado permanente yo veo barquitos en los charcos.
No sabes que me dan miedo los perros, porque mi padre de pequeño me encerró en la habitación de los mastines un día entero.
No sabes cómo olvido. Con qué paciencia.
Donde tú ves el cielo encapotado, yo veo batallas que se libran en el cielo.
Ni cómo escucho los sonidos más allá de la ciudad, el canto de los grillos, el sol rompiendo contra el mundo, las hormigas buscando en los graneros, el humo de las fábricas de lino, la vena de los yonkis suspirando metadona, los martillos, el semen de los ciervos, los ríos correr bajo montañas, no sabes, no lo sabes, la vida pariendo en el desierto tormentas ancestrales.
No sabes cómo crujen, las ramas de los árboles.
Que todo es hermoso: la pintura oxidada de un andamio; las hojas secas; los pasos cebra; los envoltorios de chicle y las cajitas de cerilla y los talones y los grandes rascacielos de Dubai; un coño; el café del mediodia; los aviones de papel y los pescados del mercado con los ojos tan vueltos y brillantes; la hez de los caballos en el parque; la gorda del tercero; el preso en la ventana; los niños y las piedras; el hongo nuclear...no sabes cómo cantan los mástiles de barco.
Ni qué hacíamos allí. Sin banderas ni patrias ni oraciones. Tan solos.
Donde tú ves escaparates de zapatos, yo miro pájaros volando hacia mañana.
Que me gusta el tic tac de los relojes.
Disfrutar de una axila entre los dientes.
El silencio.
El silencio.
No sabes que siempre estaré triste.
Me miras como a un cuadro de Picasso.
No sabes y me inventas con trocitos de pelis de Meg Ryan.
No sabes que soy carne de anden ni que mis botas morirán un día conmigo lo más lejos de aquí, que sea posible. Tras los cristales. En el cosmos.

No sabes y dices que me quieres.