30 de diciembre de 2012

La memoria de los perros


La Tere era una vaca; pero tenía en el coño la boca del metro y yo, lo disfruté como la tapadera de un yogurt aquel verano a la hora del calor, mientras las moscas en el patio daban vueltas alrededor de mi abuela, hasta que se le metían en la boca.
A la Tere le caían los hilos de saliva y se quedaba como ida y con los ojos revueltos para adentro, y del sudor, se le encendían las tetas como boyas de barco, como huevos fritos, como dardos, apuntando al centro de las cinco de la tarde de un martes con cielo nublado y una copla saliendo de un viejo transistor.
La Tere tenía pecas por toda la cara y el pelo color cobre, oxidado, la mirada bovina y las manos más grandes que yo. Una vaca. Mansa y tibia y medio tonta, que se ofrecía de rodillas a comerme la polla porque se había creído, que yo la quería, y que por eso me encerraba con ella en el trastero a leerle poemas de amor.
La Tere se quedó esperando la luna el martes siguiente, cuando pasé por delante de su casa del brazo de Matilda, la niña con los ojos más grandes de todo el barrio. Ya nunca más vino a merendar, y cada vez que nos cruzábamos, me llamaba hijo de puta en voz baja.
Yo me hice grande, alto, guapo.
La Tere se hizo vieja.
La vi hace poco, comprando zapatos con sus nietos. Se casó con un sapo. Calvo. Un butanero con gafas y carnet de cristiano. Montaron un estanco. La preñó cinco veces. Me imagino a la Tere follando sobre el sapo.
Zapatos rojos. Zapatos negros. Pequeños. Parecía feliz. Al menos sonreía.

Yo no he sido feliz en mi vida.

La Tere...la Tere era una vaca. Mansa, tibia...

28 de diciembre de 2012

Sin


...y he pensado en ti.
He comprado aceite de pino para dar brillo al suelo de la casa y he pensado en ti.
He visto pasar un camión por la avenida que decía “Obras nuevas, reformas y escayolas” y he pensado en ti.
He cocinado crema de champiñones sin gluten y he pensado en ti.
He visto un rato vídeos de threesome y teens y blacks y BBW y cosas guarras en la red y he pensado en ti.
He plantado un garbanzo dentro de una lata vacía de tomates y he pensado en ti.
He pinchado en el corcho en la pared de la cocina la cita para el médico este jueves y he pensado en ti.
He cerrado los ojos, y he pensado en ti.

Como si pudiera imaginarte.

27 de diciembre de 2012

Si me parto


No necesito dejar ninguna huella en este mundo.
Ni una media naranja.
Ni una biblia.

Necesito insulina.
Y que no se acabe nunca la serie de los martes.
Abby y el doctor Marschall aún tienen muchas cosas que decirse.

No necesito una hipoteca.
Ni el espejo de Maruja Blancanieves.
Ni más zapatos.

Necesito un orgasmo.
Uno largo y bonito
donde corran los ríos.

No necesito imaginarme que Oz existe.
Quiero ir,
y tener siempre doce años.

Quiero otra vez el primer beso.
Quiero que vuelva mi guitarra.
Que crezcan en mi tumba tulipanes.

No necesito que nadie me recuerde.
Ni ser parte de un Cosmos.
Ni ese equilibrio, del que tanto se ha escrito.

Necesito la quinta de Beethoven.
Que mi hijo me apruebe matemáticas.
Menos varices.

Tal vez el sol no salga siempre por el este.
Tal vez haya bebido demasiado.
Tal vez, ser feliz era morirse en el intento. Sin atar cabos.

26 de diciembre de 2012

Tijeras, cartulina, pegamento...


-Buenos días.

-Hola papi.

-¿Has dormido bien?

-He soñado con riscos...Hacía viento.

-¿Sabes qué es exactamente un risco?

-Hacía viento.

-Conocí un tipo. Tenía, no sé, algo que ver con las hidráulicas. Se acostaba con una empleada que tenía una hija que tenía un corsé, de hierros, por toda la espalda porque a los tres años alguien la había dejado dormida en el coche mientras entraba al supermercado. Aquel día hacía cuarenta y tres grados a la sombra.
El gallego decía que aunque no tuvieras un centavo en el bolsillo, había que llevar siempre los zapatos y los dientes muy limpios.
Y que no llevar calcetines era un signo de elegancia.
¿Quieres desayunar?

-Mamá no va a volver. ¿Verdad?

22 de diciembre de 2012

Cada vez que pasaba, sonaban trompetas


Yo que tenía en las manos todo el amor del mundo,
y ahora le ladro a las princesas.

Me gusta la luz del frigorífico.

El cielo es azul.
Mi madre por ejemplo era más puta que una plancha.
Tu y yo, tuvimos mala suerte. Muy mala suerte.
Las cosas son así. Cabalgas y cabalgas, y un día,
se muere tu caballo.

Me gusta la caída de la tarde.

20 de diciembre de 2012

La noche que besé a Frida Kahlo


Pasarte un balde por cubierta cada día con aguas de romero.
Frotarte la escotilla con aceite de naranjas de la china mandarina.
Pulirte los trinquetes, las quilla, el cabestrante.
Pintarte de bohemias la eslora y en el mástil,
izarte una bandera con humo en los cañones.
Y hendirnos en el Mar como una flecha.
Bajo el malva del sol la nube y los pijamas.
Contra el viento.
En pos del horizonte.

14 de diciembre de 2012

Calle Milagros


“-¿Conoces este sitio?

Le enseñé el papelito: Tal y tal número tal.

-Claro. No está lejos.

-Dicen que antes era...

-Un sitio de putas. Pero ya no. Aquello se acabó. Cuando el turismo se fue a la mierda en esta ciudad los hoteleros empezaron a alquilar habitaciones a cualquiera y para cualquier cosa, aunque fuera para media hora. Ahora son sólo apartamentos.

-¿Me pones otro café?”

Había quedado con la chica de la inmobiliaria a las diez y media de la noche. Hacía frío.

“-¿Tú eres...? Hola. Aparco y te veo”

Yo era.
Yo era un tipo cualquiera en un lugar cualquiera esperando bajo el cielo nublado de un diciembre cualquiera que llegara una chica en un coche rojo y me diera las llaves de un pisito en la planta 16.
El mismo tipo que nunca había estado en una planta 16.
¿Para qué?

“-Voy a enseñarte el piso 11. Luego el 12, y luego el 16. Y tú me dices cuál te gusta más.”

Era verdad. Eran todos iguales. Una habitación de tamaño mediano con una cocina americana, un microondas y una mesa de televisor con un televisor. Baño y armario empotrado. Todos tenían una pequeña terraza, al fondo.

Yo sólo había visto el mar como hasta entonces, desde la orilla. Porque nunca fui un pájaro ni un globo aerostático ni apenas una nube ni la hoja de un árbol.
El mar así, a contrapelo, sólo el mar, el mar y yo, desde tan alto. Tanto mar. Tanto silencio, y a lo lejos los barcos pastando en lontananza.

“Este”.
Le dije.

Iba a saltar y eran las seis de la mañana. Incluso llegué a cerrar los ojos. A sentir el viento en ola cara.

Entonces recibí aquella llamada telefónica.

En mitad de la noche.

Como una bala.

“-¿Sabes si va a llover?

-¿Em?

-Necesito saber si va a llover.

-Creo que se ha equivocado.

-Porque si va a llover, sé que al final acabaré sentada en la ventana. Y cuando me siento en la ventana siempre me pongo el chal verde...

-Oíga yo creo que...

-...y claro, ¿qué sentido tiene sentarse a mirar la lluvia en la ventana sin mi chal verde? Ninguno.

-Tengo que, colgar, porque...

-En cambio si no llueve leeré un rato en la cama hasta que me venga el sueño. Si es que me viene. A veces no me viene. Y al otro día estoy echa una mierda y todo el mundo me pregunta que si me pasa algo. Pues sí. Me pasa algo. Me pasan muchas cosas y por eso no duermo. Me pasa que, y que, y que, todo eso me pasa, y lo único que hace que me olvide de que y que y que, es la lluvia en la ventana. Todas esas gotitas resbalando en los cristales, como caracoles, como lágrimas muy bonitas y frías fuera, bajo la luz de las farolas con luces amarillas.
¿Estás ahí?
Me sentí sola.
Sola de cagarme.

12 de diciembre de 2012

Primer tratado de poesía neurótica


“Háblame de Okinawua”

Le hablé de suricatos.
De cómo Mindanao se fue por el desagüe.

Y hablando de otra cosa: no estaríamos varados en mitad de la nada
-“Si tú me quisieras...”-, perdidos
-“...vendrías a buscarme en un caballo blanco”-,
como muertos.
Qué frío.
Qué camino más largo de pasillos sin cuadros.

“¿Por qué coño me llamas princesa?
No soy tan dulce joder”.

Si yo no fuera yo, así, a pie, desheredado,
y tuviera una cuadra de alazanes bordados,
¿y tú?
¿Vendrías?

Artículos de primera necesidad de un borracho de mierda:
casi aire.
Alcohol.

Después monté una web, una,
de esas páginas de mierda, con glitters y gifs y ángeles dorados.

Tenía la boca del metro en el coño y me gustaban sus manos,
tejiendo en las tardes de verano largas bufandas tricolores.

“Será un invierno largo”

6 de diciembre de 2012

¿Berlioz? No sé, por ahí


Gabardina color tierra, corbata a lo windsor y el pelo bordado con tabula raso, a lo retro, un espectáculo, verlo aparcar la bicicleta y con aquellos zapatos de charoles granas flotar por los charcos del miércoles santo. Es un canalla, pensé, un bucanero mayo de fieltro y un pertrecho de hombre, qué, no pensé si hasta las piernas me temblaron esperando el autobús. Y entonces la besó, sin saludarla sin, sin un hola cómo estás, ya llego tarde, lo sé, los misterios del tráfico, casi me mato, sin, una media sonrisa, sin un amago, no, así, en el centro mismísimo del jardín de su boca pintada a dos manos con fiebre carmesí, preciosa, toda ella azul, azul cobalto. Se ha congelado de puntillas. En blanco y negro. Medio muerta.

Mientras me voy a casa sola a freír el pescado.

3 de diciembre de 2012

The Barbarian Club


Claro que hay más.
Y muchas.
Y mejores.
Pero yo te quiero a ti.
Mala y chula.

...que puedo tirarme del balcón;
pero quiero morirme contigo. De pena, solito en el sofá,
mientras tú me susurras al oído que vas,
al cine a ver la nueva de George Cloney.

Más buenas y santas que un bizcocho de almendras.
Llenas de amor y porquerías,
de buenas intenciones claro que, claro.
Pero yo te quiero a ti.
Zorra y puta.

Que me tiras los platos.
Que me arañas la cara.
Que me partes delante de los ojos el cd del Call of Duty en mil pedazos.
A ti que en vez de a por el pan,
me mandas a la mierda.

Y me tiemblan las manos de pensar, que cualquier día,
te apagás.

2 de diciembre de 2012

Mira dónde pisas


En fin, no sé por qué me estaba acordando de esto el caso, es que no estaba gorda -Sofía, me refiero-: era pequeña.
Ya será otra mujer, muy diferente. Yo tengo a mi Sofía. Aquella que antes de cerrar la puerta de la calle y llevarse su bonito trasero para siempre durmió conmigo haciendo cucharitas dignas de un príncipe inglés. La de hace veinte años. También tuve Anas y Manuelas, pero Sofía sólo una. Mi Sofía.
Tenía miel en los ojos. Por eso la quería, y aunque fueran los mismos que inflamaba para arderme con estacas la cabeza con que si yo si yo si yo, canalla, que eres un canalla, y los mismos que llenaba de agua sentada en la ventana viendo pasar mirlos mientras a miles de kilómetros la llamaba la tierra, los mismos de cagarse, qué bonita, en mi puta madre, yo la quería por la miel, por la miel de sus ojos.
Y las tetas bien frías, heladas. En verano, me gustaba poner las orejas y dormirme, tan tan tranquilo...también me gustaba que fuera celosa, que dónde miraba, que yo, no tenía que mirar a otro lado, que mira que culo que tengo que es tuyo, o es que, ya no me quieres porque yo: a-ti-sí.
Bruto. Decía siempre al final, que eres un bruto.
Y por eso también la quería.
Me hacía sentir vivo.
A veces como un animal.
Y todavía, después de veinte años, cierro los ojos y me corro pensando en cómo se le abrían los poros del cuerpo mientras me clavaba en la espalda las uñas y gritaba hasta que algún vecino la mandaba callar.

1 de diciembre de 2012

Revólver


Ya,
no me sangra en la boca ni tu nombre ni un beso ni el hambre de otro, ya,
no me llama el invento del alba a quedarme contigo a escuchar grillos.
No te encuentro los huesos.
No me brillan los ojos.
Tú ya no me.
Ya no me no.
Ya no me nada.

Ya no somos caballitos de mar entre las sábanas.