31 de diciembre de 2013

Plusmarca y yo, un individuo


No cada noche me acuesto pensando en si he sido lo suficientemente justo con mi entorno-aunque la vida no sea justa-, a veces, ni siquiera me acuerdo de otra cosa que de sólo de mí. Pero cuando no soy tan egoísta, dibujo en el techo de la habitación con mi puta mente todas las cagadas que he podido evitar a lo largo del día y no me ha salido de los cojones porque estoy tan ¿genéticamente? convencido y predispuesto a ser yo mismo, que ser yo mismo es demasiado complicado. O lo que es lo mismo, cansa. Cansa ver llorar, cansa mirar hacia otro lado, cansa no hacer nada,...y un día, como un boomerang, toda esa mierda se vuelve contra ti. Y quieres tirarte por una ventana. Pero de eso hace tanto.
Ayer vi a los lobos. Golpeaban los cristales. Se fueron, se perdieron en la oscuridad, con el rabo entre las piernas, mientras yo le echaba azúcar en el té, y se lo ofrecía, y pensaba en qué bonito son sus ojos-con tantas cosas dentro- y en que lo estoy haciendo bien. 
Lo sé porque duele. O convertirse en mariposa. 
A veces quisiera ser un globo. No sentir nada excepto el viento elevándome en el cielo cada vez más alto, cada vez más lejos De todo. Donde no escuche la palabra cobarde apuñalándome la espalda.
Pero ella se merece mucho más, y menos yo.
Lo sé porque cada pájaro que se poso en la palma de mi mano, fue para advertirme de que un día mis sueños se harían realidad.


30 de diciembre de 2013

Vive antes de morir

The Coliflor and Company se complace en anunciar la apertura de la nueva sucursal de la marca en el planeta Tierra,



Nuestros productos, bajo un riguroso control de calidad; pueden adquirirse como siempre a cambio de Flores de Perseo, que como todo el mundo sabe, es la moneda oficial de Ukabuca, crecen entre las grietas, como el amor, y son-muy-difíciles de encontrar. 
Vendemos cualquier cosa con lado positivo.Un día de Sol; por ejemplo.


Vendemos calor.



La Luz.

Y algo de silencio, a veces.


Vendemos noches locas.


Lugares increíbles.


Peces naranjas.

Señor Smith

Cortacespeds.


Sies. O Noes. En cualquier caso margaritas. 


Esperanza



Tus sueños están ahí fuera...

¿A qué estás esperando?








27 de diciembre de 2013

El amor, ese estúpido animal de compañía


Dentro tanto como un tantra yo de ti rinoceronte mío y tú,
con los ojos en blanco,
eléctrica,
tiesa como un tarso toda, como el principio activo de una formula voraz,
efervescente,
pendiente...pendiente...pendiente,
de que pase una estrella fugaz.

Cuando dígote te quiero quiero a las demás también:
la que gata, la que tigra, la que aulla,
la del jardín de rosas,
la del campo de minas.
Hoy no vas a ganarme la batalla, he venido a rendirme, porque eres,
el trozo más grande que me falta,
mi clavo ardiendo,
mi lamparita.
Y llevaba tanto tiempo esperando que dejara de llover.

No va a venir un guardia a ponerme una multa a este lado de la luna
por aparcar el esqueleto en zona azul...cuando era trapecista-ven-,
solía venir por aquí,
a contar los granitos de arena,
de las veces que estuve sin ti.


17 de diciembre de 2013

Kit de supervivencia para insectos palo


Siento el vapor tuyo en la mía nuca y cada letra,
que dibujas con la punta del dedo y de saliva en mi omóplato,
es un frío que eriza como a campos de trigo todo el vello.
Un caracol.
Y luego el eco.
La celosía.
Y te amo y todo eso; pero no soy una princesa, y a las dos
-Brama, mi amor, y córrete en mis tetas-,
hay que recoger a los niños del colegio.
Y compra pan.
Y saca al perro.
Y de camino, tráeme en el pico una gardenia.

12 de diciembre de 2013

Bitelchús, Bitelchús, Bitelchús


Me sentaba siempre en aquel mismo lugar con la cabeza apoyada en las rodillas, la espalda en una roca y un cigarro colgando de los labios a soñar contigo con el levante en contra y el sol a punto de ponerse, fueras quien fueras-una luz-, y allá donde estuvieses-entre tanta oscuridad-. Las olas a esa hora se adentraban en la arena y como un bálsamo bendito se llevaban de la orilla mar adentro todos tus nombres. Cientos de millones de millones de pequeñas estrellitas brillaban en el agua como copos de nieve hasta que casi te dolían los ojos de mirarlas...y mis manos vacías y pensaba en ti fueras quien fueras y nos adivinaba-únicos en nuestra especie-paseando por un parque con largos senderos de albero amarillo con charcos y estatuas y pájaros cantado y una fronda de verde y de nubes y de patos emigrando y farolas por aquí, y allá donde estuvieses, casi concebía un viento empujándote hacia mí como una pluma...cuando era niño, jugaba en la terraza de un tercero con soldaditos de plástico verde a tenderle emboscadas a un nido de ametralladoras que previamente había dispuesto agazapado entre las hojas de una maceta de geranios colgada en la pared, mientras, abajo en la calle, los demás jugaban a médicos y a enfermeras y a las casitas, que amueblaban con una cocinita donde con un caramelo y una ollita de aluminio con agua del grifo hacían sopas de colores que con todo el esmero disponían en la mesa para cuando llegara del trabajo el hombre de la casa.

Una vez alguien me dijo: tengo cáncer, cincuenta y cuatro años y un marido que en treinta desde el sí-que por cierto, iba preñada-, no me ha dado un sólo beso de verdad y que en los últimos cinco, ni siquiera de mentira, duermo, sola en una habitación azur como tirando a marejada, sola, sobre una camita de soltera que mi madre me dejó en herencia porque tenía los hierros cromados con brillos de alpaca y ahí la había hecho suya mi padre el verano del elipse, a los catorce, mientras ella se devanaba el pelo del gusto de tener dentro a su Julián la primera vez de todas, decía, sin decirme nunca nada ¿y sabes?, aún amanezco cada día a quedarme sin aliento persiguiendo mis sueños...debo ser idiota, ¿no te parece?

Murió a los pocos meses. Pesaba treinta y siete. Dieciséis días antes, se tatuó un barco velero en la clavícula y con letras times new romans le puso de nombre Viridiana.

El cielo era tan azul...

Y tus labios tan rojos...

5 de diciembre de 2013

Tengo que ir al oculista


Cuando ya no, si alguna vez, si se te olvida,
recuerda cuánto.
Como de grandes, emocionados, qué casi locos.

Que fui yo quien desarmo tu fuselaje y tú mi chasis.
Que la marea nos trajo una canción,
que fuimos transparentes como un culo de botella, como niños,
otra vez.

Por si me pierdo, por si te acabas, por si las curvas,
por si los posos del café,
por si la vida.
Por si te cansas, acuérdate del día que zarpamos rumbo a.

Te espero donde el eco.

Yo soy tu lugar donde volver.



28 de noviembre de 2013

Harmónico


-¿Frío? Frío en Alaska. A cuatro inviernos bajo cero.

-Y...¿qué es eso de que cuál es tu papel en esta empresa?

-¿Eso somos? ¿Una empresa?

-Pues sí- “me ahorraré el que lo sepas”-, eso somos, una empresa productura de bla bla y bla y por lo tanto...tecnología punta...bla bla...besos de tijera bla bla bla...hacernos viejitos bla bla bla...tú...bla bla...yo...envasado al vacío y...

-Coño, podríamos exportar tanto amor, ya sabes, mucha pasta y...

-Tu papel es que te dejes dar besitos. Que te pongas todo lo que te compro. Que te comas todo lo que te hago. Que veas crecer la higuera. Tu papel es volar, como un pájaro, y atravesar las nubes y traerme en el pico todos las cosas bonitas que te encuentras por ahí, y ponerlas aquí, en mi nido, tu papel, es calentarme los pies por la noche en la cama, y mandarme emoticonos con formas de globo, de cometas, corazón. Que cuál es tu papel...si fueras más tonto, tendrías un oscar en el baño.

-Un león, coño, un león está en la selva y ¿no? En la selva y va y le entra hambre y zas, se zampa una gacela, al carajo, ya no tengo hambre porque me acabo de comer una gacela entera yo solo, que soy un puto león. Y luego se acuesta la siesta. Y cuando se levanta se folla a la primera leona que pasa por allí y seguramente, si hubiera un bar cerca luego se tomaría una copita. Pero el ser humano...hormonas, eso es, es, como si estuviésemos programados, única, y exclusivamente, para que nuestra única meta a nuestro paso por la vida sea perpetuar la especie. Prefiero no saber para qué. Me gustaría ser un león. A veces. Pero sabes, te amo y he decidido ser tu tamagochi el resto de mi vida. Porque me gustan tus manos cuando dicen, y la tortilla de patatas y la forma en que archivas, alfabéticamente, cada vez que te miro mi azul en tu cabeza.

-Ah...


25 de noviembre de 2013

Surrender


Mi nombre es Evelyn y he nacido en Manchuria, soy una chica,
extraña,
que ha cometido la desfachatez de comer carne humana, y otros brocados.
Una vez crucé, sobre un pelo de nutria,
el cañón del colorado sólo por honrar con mi paso,
la flor de una chumbera.

Soy hija de una racha de viento. Si me preguntas,
te ataré al mástil de un barco hasta que veas con mis ojos Magallanes.

Así que vivo entre narvales latitud 34-21,
y aunque soy tan bonita como un rabo de pera nunca,
un martes, nunca, antes,
había matado moscas con el rabo a la sombra de la higuera.
Me aferraré con las dos manos a tu polla como a un bate de beisbol.
Haré tum tum, sobre la arena y lloverán,
pastillas de jabón y botes de avellanas y pinzas de la ropa.

Y escribir en un tallo de soja la historia de lo nuestro.
Y cada vez que suene el timbre de una bici buscarte entre la gente.
Y que toda mi carne salga ardiendo como piras de rueda de camión.

21 de noviembre de 2013

Segunda planta


Me estoy muriendo. Mae está dormida en el sofá enrollada en una manta verde. Todas las habitaciones tienen uno igual. Parece una crisálida. Lleva dos meses enrollada en una manta verde. Aún no lo sabe; pero tiene toda la vida por delante. Estos días piensa que su mundo se acabará con el mío. Mae es tan bonita. Tiene el pelo liso y largo y brillante y los ojos muy grandes y sabe silbar como un pastor y hacer compotas de ciruelas claudias. Hemos cruzado muchos ríos juntos. Nunca me ha abandonado. Todos los días de mi vida, enrollados en una manta verde. Como una crisálida.
Anne y Julius se han marchado a casa hace bastante. Es época de exámenes. La abuela Marguerite llamó esta tarde, preguntando si Anne podía comer pizza. Anne tiene problemas de peso. Está gordita. Pero claro que puede comer pizza. Me estoy muriendo. Todo el mundo puede comer pizza y dejar la cama sin hacer y estar hasta muy tarde viendo la tele. Julius vino con su novia. Se miraban. Se buscaban todo el tiempo con los ojos entre la gente que salía y entraba de la habitación a fumar al pasillo o a tomar un café y volver con pasteles o un peluche o flores para mí.

Duermo poco. Con tanta tubería y tanto aparato es muy difícil distinguir lo real de lo irreal y a veces, escucho a Mae levantarse del sofá y ponerme la mano en la frente o arroparme el cuello. Huele a...sólo Mae huele así.

Al principio estaban tristes. Ahora están cansados.

No he pensado ni una sola vez en dios, en qué me espera, en si hay un arriba o un abajo o habrá que ajustar cuentas ese, tipo de cosas que nos dan tanto miedo. Sólo cierro los ojos y recuerdo a los niños y a Mae en la playa, haciendo un castillo en la arena con un cubo de plástico y una pala. Cierro los ojos y les veo soplar las velas; construir la casita en el árbol; adoptar a Mike- “Mike a vuelto a comerse la pata de la mesa”-; veo a Mae empujando a los niños en un carrito de la compra por el súper; cierro los ojos y veo a Anne llorando porque no le va bien en clase de gimnasia; veo a Mae en el jardín, agarrada a mi cuello, girando. Bajo las estrellas.

“Mike se ha comido mi pelota de beisbol”.

Y este siglo tan raro.

A veces escucho una guitarra.

Otras me despierto y hay una enfermera cambiándome la sonda.

Había una chica, Emy, en el instituto que me gustaba. No me acuerdo del color de sus ojos. Llevaba brakers. Y una falda muy corta.

Ya le he dicho a Julius que es un hombre. Espero que sepa lo que eso significa. Siempre ha sido un chico listo. Al menos lo era cuando me convenció para comprarle aquel coche. Seguro que se folla a Betty en el asiento de atrás.

Me gusta la luz de todas estas máquinas haciendo bip bip en la penumbra. Como si estuviera en una nave espacial. Y fuera a emprender un largo viaje por el cosmos, mientras Mae, enrollada en una manta verde se convierte en mariposa.


19 de noviembre de 2013

Sinceramente tuyo


-A veces sueño que soy devorado por dentro por millones de arañitas.

-¿Y cómo sabes que son arañitas?

-Porque siento sus patitas.
Me gustaría, sabes, tener una máquina que traspasara lo que veo a tu cabeza, lo que huelo, lo que me erizo, lo que lo que y lo que y todas esas cosas que tú me preguntas, que si que si, que cómo es posible, que estoy muy loco. Pero no la tengo. Aunque creo que si la tuviera la enchufaría al cerebro de la gente, de cualquiera, de quién más da, para que viera como en el vuelo de una hoja de papel habita la belleza y como de hermosas y frágiles son las patas de los pájaros y qué bravo es un mar celoso y qué altas las olas del amor y cuánto echan de menos los muertos el oxigeno y como el tiempo pasa para no volver y la importancia, de vivir con los ojos muy abiertos.

-Yo te quiero loco.

-Yo te quiero tibia.
Cuando te como el coño no pienso en otra cosa. Cierro los ojos, saco la lengua, y bailo. No me acuerdo de las hostias que me daba mi padre. No escucho el ruido de las bombas. Tu coño huele a hierba recién cortada. En tu coño me olvido. Y juraría que soy feliz. Entigo se está como en el agua.

13 de noviembre de 2013

Pregúntale a Punset


“-¿Estás enamorado?

-Define enamorado.

-Ya sabes, como en las películas, toda esa locura de andar descalzos por el parque, todas esas babas, ya sabes.

-Moriría por ti. ¿Eso vale?

-Cristo murió en la cruz y no estaba enamorado de la humanidad.

-Política. Un cabeza de turco. ¿No se tiraba a María Magdalena? En fin, no me interesa suficiente estar o no enamorado, si no tener la certeza de que no van a dejarme tirado, estoy hasta los huevos de promesas, pesan como plumas y ya te imaginas, con tanto viento...¿alguna vez te has sentido sola?

-¿Cómo de sola?

-Sola de cagarte.

-Siempre me he tenido a mí. Siempre me tengo a mí. Y sola conmigo no es sola. Es sola conmigo.

-Tal vez me tragué el mar, un día, sin darme cuenta. Me lo bebí todo. Se estaba bien allí. Con los ojos cerrados. No sé, me perdí. Y otro día aparecí en tu jardín y te dije lo siento, sin haberte visto nunca antes.

-Estabas precioso. Desnudo y precioso.

-Me besaste.

-Te besé.

-Me abrazaste.

-Te abracé.

-¿Quieres un té?

-Quiero un té.

-Follamos poco, ¿no crees?

-Creo que eres muy lindo, y que voy a guardar bajo la cama, cuando te mueras, todos esos huesos”.

Siempre he sido un tío raro. “No hombre porque al final ¿quién no es raro? Y en el fondo todos somos un poco...”. Una mierda. Raro, joder. Un tipo molesto. De los que no hablan. De los que se dejarían fusilar por defender que las nubes, están ahí para mirarlas, y que un hombre con sueños, no se tapa los ojos para no ver venir las balas.

Mi teclado tiene un montón de letras. La h la u la m la uve doble. Me pregunto cuántas cosas se podrían decir con tantas letras. Uniéndolas. Mezclándolas. Una tras otra hasta formar frases cortas y precisas como “Tengo hambre”, o frases largas y delicadas como patas de pájaro: “De cada euro que donáis a mi causa, el porcentaje más alto se lo queda el estado, otro tanto por ciento la guerrilla, y así, cada euro es desmenuzado por el camino entre los dientes de los funcionarios, aduaneros, piratas y demás buitres con corbata hasta que lo que queda de él es un saco de arroz para ciento cincuenta mil personas y un poco de pescado seco. Tengo hambre. Tengo tanta hambre que me voy a morir”.
Se podrían conformar párrafos enteros que hablaran de hermosos parajes en La Habana, y que contaran la historia de una negra francesa de labios de manzana que enardecía el vigor de los hombres con sangre de gallina blanca esparcida por la cama y velas de vainilla. Un texto efímero, que hinchara las venas de los hombres a leerlo y se soñaran en los brazos de la negra y envueltos en toallas de paño portugués y acabaran masturbándose en el cuarto de baño mientras al otro lado de la pared sus esposas les dijeran ¿por qué tardas tanto cariño?¿pasa algo?

Pasa que ya no te quiere.

Se podría escribir sobre la libertad, con tantas letras, puestas así o así o entre comillas: “La libertad duele”.
Cada vez que veo un político en la tele me dan ganas de partirle la cara. No tiene nada que ver con lo que estaba diciendo pero como observo tal cantidad de combinaciones que pueden hacerse con las teclas y cierta rapidez -antes de que se te olvide- en los dedos, digo, aprovecho.
Elegir todo el tiempo. Eso es la libertad. Elegir alzar la voz o callarse. Elegir mirar a otro lado o al frente. Elegir no traicionarte o dejar que el mundo te convierta en un muñeco de trapo con hilos y una nariz roja. Dolerse uno. Eso es la libertad.
No abras nunca los ojos. La libertad es una puta mierda.

Y me he quedado sin trabajo.
Tomando café he pensado en los niños. En cómo ni siquiera los he visto crecer. En cómo nunca estoy. He pensado en el coche y en la casa y en el perro. Incluso he pensado en robar un banco, pero me he acordado de que en los bancos ya no hay dinero.
Mañana veré. Hoy voy a cenar viendo la tele. Con mi familia.
Mañana me voy a vestir de Supermán y voy a vender un riñón. Y luego un ojo. Y de todo lo que tenga repetido, incluidos los cojones, voy a sacar para adornar el árbol esta navidad con bolas doradas y una estrella en la punta, que señale Belén.

La única razón por la que no tengo un pato es porque los gatos del barrio se lo comerían. Se pasean por las tapias, y cruzan por los patios de una punta a la otra la calle, y en el camino, asoman el hocico a las cocinas, por si cae algo, o duermen la siesta en una silla, que tengo para subirme a escuchar como me llama el agua de la fuente al otro lado del parque. Porque tú, amor mío, si no fuera por los gatos, me dejarías tener un pato, ¿verdad?
Le pondría de nombre Juanito, y le enseñaría a que te picara en las piernas, cada vez que me apuntas con el dedo como si fueras a dispararme.

En fin sabes...

“-No puede veros-le dije a los lobos-.

-¿Nos dejarás aquí, abandonados?

-Se asustaría. Y saldría corriendo. Y os juro, que después de eso os sacaría uno a uno los ojos y las tripas y las colgaría de un árbol para que se la comieran los pájaros. No puede veros. Nunca.

-¿Donde iremos?

-No lo sé.”

Les escuché aullar a lo lejos, en el frío. Y así fue como empecé a quererte. Un día. De repente.


7 de noviembre de 2013

Día de compras


Mientras atardece otro día más en Ukabuca...


...los tréboles se comen el jardín...



Hoy hemos estado de compras. Esto, por ejemplo, es una luz de follar con forma de bailarina. A Coliflor le da vergüenza porque dice que hay que ver las cosas que tiene que ver con lo chica que es y que seguro que de mayor va a ser muy puta.


Y esto una pizarra para recordar cosas. Me ha costado tres flores de Perseo, pero merece la pena.


No sabemos muy bien para qué sirve; pero nos gusta, y lo vamos a plantar a ver qué frutos da.


 Esta es una tienda donde venden latas de los sueños. Se sueña, y se guarda dentro. 


También compramos una marioneta.
Yo quería un pato.


 Había hadas. Pero se escapan en cuanto ven una ventana


 Especias...


 Cuadernos...


Chicles...

A Coliflor se le antojó la arena de la playa. Diez mil quinientas toneladas. Lo envolvieron todo en una caja con lacito y me la pusieron en los brazos.


 Esto es un poltergeist. Le encantan.


Yo compré la sombra de este árbol. También se me antojó.


Y esta es la terrible máquina infernal. La probamos. No nos gustó. Da mareos y casi te meas encima.


Y esto un barco que nos regalaron por comprar...


 ...corazones de papel de aluminio para adornar las cucharillas de café.


Indianapolis, 1978


Parece que vas a levantarte de la tumba y a decirme
“Tengo frío, robemos algo”.

Recuerdo la primera vez que nos pinchamos.
Con la misma jeringa.
Forever (para siempre).

De eso se trataba. De morir juntos.
Y no de que sin ti, hija-de-puta,
los monos
parezcan
gorilas.


6 de noviembre de 2013

Cuarteto de espinacas con garbanzos en do menor para agujero sin flauta


“-Sé que te duelen la L3 y la L4, que te gusta el café y la mermelada(de fresa); que una vez te emborrachaste con cuatro caipirihas, que te encantan los escarabajos, gordos, redondos; el queso fresco y las rodajas de piña...pero no sé por qué pones esa cara. No ha sido queriendo. Pon cara de que no ha sido queriendo. Por favor. O me voy a morir. ¿Te lo pido de rodillas? ¿No? O sea que no quieres perdonarme. Porque te encanta saborear esa sensación de tenerme en tu poder. Muy bien. Muy bien”.
Pero cuando por fin me perdona, follamos.
A veces incluso me enfado sin ganas para que luego me perdone.
Todo el mundo debería follarse a mi mujer. Sentir la bondad de su carne sanadora. Todo ese amor. Como si no importara que el mundo fuera a acabarse en ese mismo momento.
El otro día le dije que la quería 141, cuando días antes le había dicho que era casi el doble. Casi se le parte el corazón; pero en realidad era mentira, sólo era por joder, porque yo, la quiero cada día más, y hace mucho que ya no echo cuentas, ni de cuánto ni de cómo ni de por qué. Pero ella no lo sabe. Me gusta.
Otras veces en cambio le daría 199 golpes de martillo en la cabeza.
Y a los cinco minutos me la comería.
Va y me saca el otro día del bolso en medio de la calle una baldosa. Del bolso. Que era por si nos daba por bailar. Y que aquella era nuestra baldosa. Donde nos mecíamos. Bajo las estrellas.
Yo antes era el hijoputa de la cuerda. “Ahora vengo”. Con una cuerda. Y te quedabas esperando. En el fondo. Así era yo. El hijoputa de la cuerda. Hace mucho.
Ahora no sé qué soy. Pero siempre llevo una cuerda encima. Y un generador portatil de oportunidades, y estoy yendo al psicólogo para aprender a decir gracias y pedir las cosas por favor. Hablamos también de aprender a fingir una media sonrisa para ocasiones especiales, y lo mandé al carajo.

“-El apartado no sé cuántos mil trescientos veinticinco-“por el culo ta la hinco”- coma tres guión barra y bla bla bla dice expresa y claramente que, punto primero y último: tienes la absoluta obligación de hacerme feliz todos los días de mi vida bajo pena de irte a tomar porculo por incumplimiento de la misma, y subraya, tú verás”.

Me la como.



4 de noviembre de 2013

Y por lo tanto te amo


Y miras a tu alrededor y sólo ves cuatro paredes. Nada que recuerde un hogar. Un lugar en el mundo. Lo tibio. Cuatro paredes y esas ganas de saltar por la ventana.
Y entonces ves a Klein, y piensas en qué será de él si le abandonas. Seguramente irá a parar al cubo de la basura cuando el servicio de limpieza entre por la mañana a hacer la cama. Entre mondas de patatas y raspas de pescado y facturas de la tintorería.
Ya son catorce años. Tantas carreteras, tantos trenes. Tantos errores. Tantas paredes. Catorce años juntos y ni una sola vez me ha hablado. Tampoco le he preguntado.
Aunque acabara en brazos de alguien con un buen corazón, Klein no sería nunca más feliz. Echaría de menos el humo del tabaco, las estrellas, el viento entre las hojas de los árboles...conmigo.
Miro abajo e intento imaginar cómo es la vida de la gente dentro de los coches. Si tendrán frío también. Si sonríen, si besan a otros, si se abrazan, si desayunan tostadas de manteca de cacao viendo las noticias de las ocho...si a veces no tendrán ganas de saltar, y qué los detiene. Yo tengo a Klein. Y sé que me necesita. También sé que dentro tiene trapo; pero que el dolor, no es sólo propio de los seres vivos, sino que flota en el cosmos como una parte más del universo.

Klein me ha enseñando por ejemplo que no vale la pena aferrarnos como si no tuviéramos nada más a las personas, sino que cada uno de nosotros debe valerse de uno mismo para ir erguido, y que por lo tanto ir de la mano significa no esperar del otro más que sus pasos por la arena junto a los tuyos. Sin facturas. Sin que si tú, sin que si yo. Juntos. Hasta que el amor se acabe.

Había una ventana en la isla, ¿lo recuerdas?,... dejar una bonita mancha grana y geométrica sobre la acera y desaparecer de una vez para siempre. Porque ese es el único siempre. Los demás son cosas que inventamos porque tenemos miedo, y suelen durar lo que dura abrir los ojos, una bonita mañana de verano y sentir en la boca que has estado comiendo mierda toda tu vida.

Un día brillaré.
Estoy en ello.
Y Klein estará allí para verlo. Conmigo. Y le daré mi luz y su corazón de trapo empezará a latir y su boca se descoserá de repente y empezará a hablar de lo bonitos que son todos los colores y de cómo huelen las flores y de cómo suenan el agua de las fuentes y de cómo de hermoso es ver el vuelo de las libélulas en los campos de trigo y cómo los girasoles persiguen el sol y cómo con un poco de esfuerzo el ser humano alcanza el calor suficiente como para compartir todo lo que los ojos no ven.

Agárrate fuerte, eso de ahí delante es un Iceberg.


28 de octubre de 2013

Cómete la arena de la playa y di te amo


A la Maricarmen le gustaba el Pina porque el Pina tenía un taller de motos y fumaba tabaco Marlboro, y porque aunque todavía tenía tan sólo quince años, podía entrar con él a todas las discotecas del barrio. Y porque el Pina le ponía el coño a noventa farenhait detrás de la tapia del colegio de las niñas
La Maricarmen salía con cualquiera de casa diciéndole a su madre que a las once, y volvía puesta de blanca al día siguiente y con los ojos como platos de cerámica. Y así todos los días hasta que conoció a uno de La Mora con la cara cortada que se llamaba Rafael y había estado en la cárcel por lo menos cuatro veces y siempre por lo mismo, la primera por cortarle de cuajo con una navaja una oreja a un sargento de la guardia civil, y las siguientes, por lo mismo, pero a bocados. La Maricarmen, nada más verlo, se bebió los vientos por él de un sólo trago, y desde esa misma esquina, lo siguió a todas las partes y a cualquier lugar del mundo, incluida la Vega, una escombrera en mitad de no se sabe, donde iban a meterse caballo los jinetes del amanecer.
La metió a puta un agosto del ochenta en la plaza Gardel, y a los tres años y medio, de los ojos bonitos de La Maricarmen, quedaron, de casualidad, si acaso dos pozos, con algo de agua, y una luz flotando. La preñó cuatro veces. Le gritó cada día. Casi la vende. Y así y todo, no se vió un día a Rafael sin Maricarmen colgada del brazo con diez dientes menos diciéndole al oído palabras bonitas de amor.
Murió de noche en una acequia a las afueras, bocabajo, entre ortigas y juncos y retamas, desabrochada y sin cartera.
Sobre el barro.

25 de octubre de 2013

Con lo golfo que yo era


La tía estaba sentada en un taburete junto a él, que no dejaba de hablar por el móvil desde que habían entrado al bar. Ella intentó cogerle de la mano en varias ocasiones sin ningún resultado, de hecho, en su última incursión apenas si había recibido de su marido un “querida por favor...”
¿No ves que estoy hablando?
Estaba buenísima. Una auténtica señora. Cruzaba las piernas a lo Garbo y tenía una pequeña cicatriz en el labio inferior que estaba diciendo cómeme.
El tipo hizo de pronto así con la mano como para que bajaran la música, pero optó por salir a la calle y dejar sola a aquella gacela en mitad de la sabana. Yo era un guepardo por entonces, y aunque no había dormido pero nada porque la había pasado de parranda con la rusa, un titiritero de la calle Larios y un travesti del que se había enamorado aquella noche, todavía tenía hambre.

Me acerqué a ella por detrás y le susurré como una serpiente al oído que si venía detrás mía a los lavabos le iba a comer el coño un cuarto de hora de reloj. Podría haber colgado una toalla mojada en sus pezones.

A los cinco minutos me estaba corriendo en su cara, y a los diez, salía bajo la lluvia camino a cualquier pensión donde no hicieran demasiadas preguntas.

Tras el cristal


Los días de lluvia en Ukabuca a las gardenias les crecen los te amos como en las canciones de Machín.


Los días de lluvia en Ukabuca...


...el césped se llena de tréboles...


...y salen caracoles en la palma de la mano...


...raíces en las botellas de cristal...


...y unos extraños artefactos, parecidos a antenas, seguramente para comunicar con otras formas de vida.





23 de octubre de 2013

Un leopardo en la cocina


Hoy me ha preguntado que por qué la quiero.
He hecho una lista.

Lee, le he dicho, hija de puta.

Cosa número ciento treinta y siete: aunque te caigas a trozos,
siempre estás sonriendo.
Yo creo que te vas a morir sonriendo.

Cosa número Pi: tus manos.
Con todos sus deditos.
Qué sólo estoy sin tus manos, que frío sin tus manos.
Que miedo.

Cosa mil seiscientos dieciocho: tus tetas. Las dos.
Y una cucharita.

Cosa diecinueve: me encanta darte puñaladas traperas.
Bocados en el cuello que te duren un mes.
Hacerte cosquillas en la barriga hasta que casi te meas encima.
Echarte sal en el café.
Quitarte dinero del bolso.
Darte por el culo con que quiero un pato.
Porque quiero un pato.
Que haga cuack cuack.
Y a veces te cogería en brazos y te daría vueltas y vueltas hasta que
perdieras el conocimiento, pero,
estás muy gorda.

Es que tenía decimales.

Cosa treinta: porque estoy seguro de que al final,
me vas a dejar tener un pato.
Porque me quieres mucho.
Eso dices.
Todas las noches.
Luego te das la vuelta y te olvidas de mí.

Cosa en números romanos: XXX.
Con la luz encendida.
Con un fuego en las bragas.
Sin conservantes,
sin pedirme que pare,
hasta que no revientes como una granada.

La lista es muy larga.
Usé papel del váter.
Dos rollos.
Seguro que esta noche, me la chupa.

21 de octubre de 2013

Rotos



El último huerfanito. Es un koala. Tiene un brazo roto.  Los koalas viven de abrazar.Tendrá que aprender a abrazar con un sólo brazo.


  Cuando esté seguro de sí mismo irá al orfanato, junto a los otros.



17 de octubre de 2013

Todo es malva


Imagino tu preciosa piel ardiendo.
Derritiéndose como una vela.
Imagino tus pestañas. Incandescentes.
Imagino tus huesos crujiendo.
El calor.
Las cenizas, el viento...
El olor a cajones vacíos.
Un sólo plato.
Tic tac.
Tic tac.
La cama rota. Por la mitad.
La vida en blanco y negro.
El frío.
Y todo esperando a que yo de el primer paso.
Sin ti.

Imagino la corriente eléctrica,
atravesando tus costillas.
El olor.
Las moscas.
Imagino ciento de bacterias devorándote,
un coche de frente,
un aerolito que cae del espacio,
que te atragantas con una aceituna que, ay ay ay,
que te caes de un quinto.

Que ya no estás.

Por eso te he besado, dices tú, como si fuera esta noche la última vez.

14 de octubre de 2013

Los


Mis toallas son las azules. Las de ella color beige y huelen a lunares y a nardos y a hembra adulta en perfecto estado de salud. Las de satélite huelen a lápices de cera y plastilina y siempre andan tiradas por el suelo, que es donde las toallas rosas son realmente felices. Mis toallas son las azules y huelen al plomo, de muchas balas.
A veces me acerco a ella y le digo “vengo a quererte” y se deja besar en la mejilla con mis besos pequeños de amor grande, despacitos, besos que nunca le he dado a nadie y son sólo para ella, besos como almohaditas para irse a dormir, besos en la frente, en los ojos cerrados, en la nuca y la parte del cuello que anuncia la espalda, besos de soslayo, como el sol de los patios a las siete de la tarde, tibios, y por cada beso, le sale una ramita en los tobillos, una flor en el pelo, un mar en la mirada, y en cada uno, le digo gracias, por toda esta luz.
A su lado se crece tan deprisa que todo me queda pequeño. Hoy me la he encontrado de pronto en el pasillo con su traje de mantis religiosa y la cara del revés y me he dicho, coño, te va a destrozar el corazón. No me ha dado tiempo de buscar una trinchera: “No quiero ni verte”. Porque me he cargado sin querer un cuadro que estaba pintando. Con sirenas. Y un faro. Y nubes claro. Si llega a ser queriendo, me hubiera buscado por toda la casa subida a un cuatro por cuatro con dos cuernos de vaca en el capó y una escopeta recortada debajo del asiento. Creí que estaba seco. Quise tocar la playa con el dedo porque era, tan bonita y, me traje un montón de espuma en la punta, como si fuera la crema de un pastel, con guindas y todo.
Me he quedado tan triste y tan solito en el pasillo que casi me he meado encima del miedo que me ha dado que la Coliflor deje de quererme alguna vez. Nunca hablamos de la eternidad ni cosas como esas, pero nos buscamos los pies por la noche en la cama debajo de las sábanas, y si no están, desaparece el color de las paredes y los ríos se secan y los perros no dejan de ladrar y la ventana se llena de buitres y los cajones de hojas secas y parece que un iceberg ha chocado con la casa y la ha partido por la mitad.
Tan triste y solito. Yo, que he cruzado océanos por menos, que he cabalgado a por diablos más allá de donde dicen que el mundo se acaba y los he matado con mis propias manos, que me he bebido el mar y después lo he vomitado en algún lugar de Alaska no sé, o Pensilvania, yo, que tenía un sombrero con marcas de navaja y todos mis pecados tatuados en la espalda, yo, que era sólo yo y siempre yo y después yo, yo, que fui un Atlas y un borracho, un bucanero, un sicario del vodka con dos hielos yo, que he sido la tormenta, el caos, la destrucción...me he puesto a hacer tabaco en el garaje y a escuchar como el viento entre las hojas de los árboles, pinta la puta tarde de malva.
Me ha traído café. Caliente. Y hemos estado meciéndonos un rato sobre una baldosa.
Podría ahogarla en un bidón de aceite hirviendo en este mismo momento. Boca abajo.
Tal vez ella podría clavarme unas tijeras en la garganta.
Nos abrazamos. Mucho rato.
En el silencio.
Porque sobran las palabras.


13 de octubre de 2013

217


Pues no, no somos uno, somos dos: yo, y ella o sus treinta y siete mil novecientos cincuenta y cuatro coma siete millones de defectos. Al día de hoy. Contados. En vigor. Eso en versión original, en su boca, subtitulado, sonaría más o menos parecido a “¿A que me dejas que vea mi serie favorita?”.
Su serie favorita es una mierda. Todos los jueves me la trago. Va de una familia de hacendados que bla bla y por eso a Jacinta le van a quitar los niños, por borracha y claro, bla bla bla, y la amiga de la prima de la hermana del jardinero, se ve con Amancio, que es el abogado de la casa y entoces bla bla y bla y total, que me sé hasta el color de las bragas de la tía Nunciaesperanzagalileasomozaydosaguas.

Los jueves hay fútbol. Me encanta el fútbol. Los jueves a la misma hora que yo me estoy deshilachando en el sofá mi equipo está marcando goles y yo viendo “María Luisa, la condesa de Amaranta”.

Que somos uno dice y ocupa hasta el último centímetro de cama en no se sabe qué, el caso, es arrinconarme como a una rata a punto de caer al vacío interestelar y partirme los dientes contra el suelo. No veas como empuja. Qué ansia. Que somos uno y me tiene preparada una lista de cosas que hacer de aquí a que me muera: arreglar el grifo del lavabo, que gotea; soldar la pata del somier, que se rompió follando el otro día; manipular peligrosamente los cables de un enchufe con muy mala pinta; remover el cielo y la tierra hasta que aparezca Lola, pobrecita-Lola es su tortuga-, que lleva tres semanas por ahí, solita, comiendo mosquitos, con lo que a ella le gusta la lechuga; clavar esto; mover lo otro. No, aquí no me gusta. Moverlo otra vez. Pintar el pasillo. Podar el manzano. No me gusta este color. Volver a pintar el pasillo.

Que somos uno y chupa con la lengua la tapadera del último yogur que hay en la nevera y luego dice, huy, se ha terminado y yo, mirando.