21 de enero de 2013

Belladona en las uñas


Ana tenía clavado en los ojos, por dentro, el azul macilento de quien estaba acostumbrada a acostumbrarse. Era coja desde niña. Desnuda, parecía un taller de chapa, una herrería, de los clavos que tenía metidos en la carne. Tenía los ojos grandes, el pelo corto, y una hermosa sonrisa. Pero nadie la invitaba a bailar. Ni al cine. Ni a ningún sitio. Ella era Ana, la coja.

Un día volvía con Ana a casa por en medio del parque, como otras veces, después de tomar algo por ahí, por el centro con los demás: “Estoy cansada. ¿Nos fumamos un cigarro?”.
Nos sentamos en la hierba.
La luna estaba llena: “La luna está llena”.
Y antes de que pudiera contestar, me había metido la lengua en la boca.

“Ana yo...es que...”

Y entonces vi en sus ojos la cola de un cometa, cruzar de punta a punta la tristeza.

La luna estaba llena. La hierba estaba fría. Cayó sobre mi pecho. Feliz. Desordenada.

La dejé en su portal, de madrugada. Me dio un beso en la cara. Me acosté pensando en lo bonita que era Ana. En cómo de bonita.

Me llamó al día siguiente.

No contesté.