27 de enero de 2013

Catalina era nombre de promesa


Escucho a los niños piar como una enorme banda equilatera de pájaros pequeños tras la ventana de la cocina jugando en la cancha de basket del colegio seguramente a cualquier cosa que tenga que ver con ser feliz sin preguntarse qué es eso, ni cómo se hace.
Hay media naranja en el frutero.
Dieciséis pasos en dirección oeste mi vecino cierra con llave la puerta de su casa y quiebra de un sólo giro de muñeca el silencio hueco de las escaleras, dejando el eco de sus pasos hacia la calle, colgados como cuadros en el aire.
¿Qué color es la sombra?
¿Se escuchan los silencios?
A veces, me invento que estás aquí, conmigo, a mi lado y, te hablo, como si estuvieras aquí, conmigo, a mi lado. Luego los párpados se me hinchan y lloro unas lágrimas del tamaño de nueces calientes.
Y de eso vivo, de entonces.
A veces los silencios son el viento entre las hojas de los árboles.
Te aprendo todavía, cada día, como si fueras la única cosa importante que me importa en esta vida.

El frutero está vacío.

Así ocurrió, exactamente:

Yo iba un día-un día de mayo-, serían las cuatro de la tarde-eran las cuatro de la tarde-, por el carril bici camino del trabajo, y, me dio por escupir. Hacia la izquierda. Hacía viento-desde entonces hace viento los jueves por la tarde-, el caso, es que hacía viento.
Lo escuché perfectamente: “Casi me das hijo de puta”.
Me giré, y vi una cosa en bicicleta que tenía en los ojos el planeta Vulcano, y el dedo anular de la mano derecha puesto así.
Pasó a mi lado masticando no sé qué de que si no no sé qué cuántos.
Le olía el pelo a flores.
Nos paramos en el semáforo.
Nos miramos.
Le dije, lo siento, no te había visto.

El semáforo se puso verde y nosotros seguimos allí, mirándonos lo más lejos posible de nosotros, en el adentro, que uno siempre ha estado buscando.
Ocurrió algo, aún no sé qué, pero volcamos como un tren de mercancías bajo un alud de rocas.

Le pidió al camarero otro azucarillo y me preguntó si en serio no la había visto, mientras movía en el café la cucharita clin clin clin, porque, me dijo, llevo aquí toda la vida, esperándote.
Se le notaba en las pestañas. Bajo aquel peso, había mucho tiempo de mirar por la ventana, a ver cómo llegaba quien la amara, más que a nadie en este mundo.

En aquel mismo momento descubrí que no sería capaz el resto de mi vida, de decirle que no a nada. Que era un puto esclavo, de aquella manzana de su boca con lombriz, húmeda y brillante como la orilla de una playa. Que sí, que sí. Que sí a todo. Como en el windows.

Que sí a tirarnos por la borda, los precipicios, que sí a lo hondo, que sí a los rayos, el trueno, las tormentas, que sí, que sí a todo.
“O que te mueras”, me dijo

“O que me muera”

Se le parece. Estar así, desangelado, de trapo todo, mientras la vida gira alrededor y tú no estás.

Fueron días de paraguas y trufas, de bancos en el parque y comida de palomas, de ver amanecer como los búhos, de saltar en los charcos, de bailar en la mesa, de quitarnos la ropa con los dientes, los ojos con las uñas, los pecados con más, más, más y más sudor hasta las tantas, como animales locos de la rabia, como soldados en el frente, como alimañas, días de sandwiches, de batidos de amor, de condones de fresa y bragas con olor a papaya, días sin reloj, sin móvil, sin aliento, días de no, no queremos un menú para dos con cocacola grande, gracias porque, somos sólo uno, como los packs indivisibles de salsa de tomate, días de lengua y de saliva, de voy al baño y vuelvo, no te las pongas, de trame un helado de camino por favor, días sin zapatos ni peine ni goteras, ahí donde tú sabes.

Bowie