30 de enero de 2013

Galileo y el escorpión que se metió en los calcetines de la emperatriz de Samarkanda


El ocho de noviembre del año dos mil ciento diez y cuatro se decretó oficial por fin en los colegios de educación básica la U.R.L, siglas correspondientes a la asignatura de Umanidades- la h había sido abolida del alfabeto hacía años, a propósito de su vacuidad y absoluta incompetencia. Todo lo que no servía para nada había sido abolido del planeta-, Relaciones y Latencia, donde ésta última era el sumun cuántico de todo ser humano, su abalorio perfecto, en cualquier caso, el estado antibiótico en el que una persona debía mantenerse haciendo así uso exclusivo de su espacio vital en todo momento y por encima de todo si quería hacer caso omiso a la infelicidad y la desgracia que prácticamente se había convertido en una verdadera epidemia en cuestión de dos décadas. Se enseñaba egoísmo a niños de segundo de primaria. O a no saltar por la ventana, metafóricamente hablando, ni caer en la tentación de rendirse jamás ante la adversa existencia que pronto tendrían por delante. La sociedad no se alimentaba de cobardes. Los mitos no daban de comer a la gente. Y el único principio que alguien tenía que seguir en realidad, era sobrevivir a otros. “Yo soy mi todo”. Ese era el título del libro que el estado distribuía gratuitamente entre los alumnos. Prácticamente, la nueva biblia.

-“...en la boca y una rosa cayó al suelo del patio salpicando de rojo los zapatos de Carla, perdidamente enamorada ya de Adolfo para siempre”.
Como ven, niños queridos, la eternidad está sobrevalorada en consecuencia. ¿No cree señorita Maastricht? Si tiene algo mejor que hacer que responder a esta pregunta y prefiere mantener la mirada totalmente perdida en el cristal de la ventana o quién sabe si mucho más allá puede hacerlo, no se sienta obligada, pero la advierto de que está a muy poco de suspender mi clase este semestre, aunque eso no parezca importarle lo más mínimo, quiere, ¿contestar? Señorita...psh...podría volver de donde quiera que se encuentre y aterrizar en su asiento...

Aurora era diferente. Siempre estaba jugando con barquitos que hacía de papel, y ponía a flotar en los charquitos del patio del recreo. Era la única niña del colegio que llegaba a casa manchada en las rodillas de agacharse a escuchar las hormigas, mientras todas las demás la señalaban con el dedo.

“¿Qué expectativas tiene para el futuro?”, le había preguntado el profesor un día que la sorprendió en las taquillas metiendo hojas del parque y ramitas de cerezo para un nido que estaba construyendo de lechuzas. “Su mamá le abandonó”, le dijo ella, convencida de que aquel animalito con plumón iba a morirse de frío en los jardines si alguien no cuidaba de meterle lombrices en el pico. Un celador vino a llevárselo, y bajo el peso indiscutible de que sólo los más fuertes tenían cabida en la sociedad actual y de que todo el mundo tenía que aprender a volar con absoluta soltura y eficacia, lo metió en una bolsa de papel y desapareció pasillo abajo hasta los cubos de basura de detrás de las cocinas, donde murió asfixiado a los pocos minutos entre el hedor de mondas podridas de patatas y raspas de pez globo. “Sólo los torpes se caen del nido”.

Jamiroquai