8 de enero de 2013

Lo vi en el brillo de las copas


Abro hasta la mitad el grifo del agua caliente y espero fumándome un cigarro sentado en el borde a que la bañera casi este llena mientras el vapor se apodera del brillo del espejo por completo.
Enciendo una vela.
Me convierto en pez.
Cierro los ojos, y me acuerdo.

Cada vez que Corina entraba por la puerta se paraban los relojes, el pájaro dejaba de cantar y el corazón, el de cualquiera, se te salía de su sitio y echaba a volar.
El padre de Corina era el negro más negro de la isla, la madre, una francesa traída a la fuerza en un barco español con su abuela -por cosas de herencias y tabaco-, a la que había jurado de por vida, que en cuanto fuera necesario se fugaba con un trompetista de La Habana, sólo para, que del mismo disgusto, se muriera.
Así que Corina era un delfín:
“-Ha muerto Poveda, ¿lo sabías?”.
Así que era Enero. El segundo día del año:
“-Su mujer le ha quemado todos los poemas”.
Así que eso era, porque yo andaba también detrás de otras negras, a las que iba a ver mover la colita en la pachanga del sábado en el puerto.

La había conocido en un bar, dónde si no, después de una parranda de las grandes con unos compañeros de universidad: “Enseñanos las tetas y te invitamos a desayunar”. Nico era así, todo problema.
Corina sacó de la entrepierna un rabo kilométrico de diablo y le escupió a la cara, que si tenía los huevos tan gordos como ella, lo dijera otra vez.
Porque antes Corina, de muy chico, se llamaba Normando.

Y después me miró, y con los ojos, me dijo ven, te espero en la puerta de esta mierda. Y tráete tabaco.

La tetas de Corina eran preciosas y perfectas como piedras redondas de río.
Me amamantó catorce meses.
Dormía en su regazo.
Y un día, se murió desangrada en el barrio chinito, sola, donde los gatos, abierta en dos por un trato con rusos que le había salido mal.

Quién sabe si.
Ahora soy médico en un pueblo de la sierra.
Tengo hijos.
A veces, por la noche, solo me apetece asomarme a la ventana y mirar al malecón, tan lejos ya, donde un día fui feliz entre sus brazos.