17 de enero de 2013

Varietés


Una vez me planchó la camisa con la camisa puesta. Otra vez, colgando un cuadro, me dio con el martillo en la cabeza. Otra me, y otra me, y otra. Y todas sin querer. Ciento cincuenta y nueve cicatrices. Bueno coño, a mí me duelen. Moralmente. Porque es que yo sé que lo hace queriendo. ¿Se pierden solas las cuchillas de afeitar? No. Porque son co-sas. I-ner-tes. Pero yo veo cuchillas de afeitar en el cubo de la basura, llenas de pelos raros. ¿Y por qué sonríe? “Es que soy feliz”.
Ah...
Un día se lo dije. “¿Me estás llamando mentirosa?”. Tres días de espalda. Sin hablarme. Sin mirarme. Sin eso.
Hacer las paces me cuesta una pasta. Le regalo flores. La llevo a a cenar, y para follar enciendo unas velas de vainilla que a ella le encantan, de importación, carisisímas, porque están hechas a mano y yo qué sé, con formas de peces de colores, que a ella le encantan.
Me encanta es lo quiero.
Lo quiero es lo quiero.
O.
O es que se convierte en la persona más desagradable del planeta tierra, que todo le da igual, que pa qué, si ya no la quiero, si aquello le encanta y a mí, me da igual.

A mí ya me da igual todo.

Le encanta cuatro días. Al quinto, ya le encanta otra cosa.

Pero yo le encanto siempre, qué suerte, porque le dejo en la nevera, ay ay ay, el último yogur de chocolate, para ella solita.