25 de febrero de 2013

¿Cómo de cuánto? Capítulo primero


Lo típico entre dos extraños en un bar donde Elvis sonaba en la máquina de discos. Que si me gusta el béisbol, que si vienes mucho por aquí, que si bla bla bla, que si invito yo, que no, que ahora me toca a mí. Pero cuando después de varios blas más le pregunté que y dónde vives y me contestó: en las nubes, pensé que otra vez estaba sentada en el sitio equivocado con otro idiota que quería impresionarme. ¿Por qué simplemente no podía dedicarse a ser un chico rubio de ojos azules?
Y entonces dijo- sin darme tiempo a pedir la cuenta y largarme de allí directa a casa antes de que le escupiera en la cara pues mira sí, vengo a menudo, porque me encanta follar y no tengo tiempo, me muero, tengo una leucemia galopante, aunque no te lo parezca, y me hago agua, me estoy desintegrando-:“Soy piloto”. Y sonrió. Y era la sonrisa más bonita que había visto en mucho tiempo, como si de verdad, fuera a extender allí mismo las alas.
Me llevó sobre una Norton preciosa por la autopista hasta la playa. Me encantaba el olor de su chaqueta de cuero y cómo el viento me helaba las rodillas. Paramos en un huerto a robar albaricoques, y en diez minutos más agarrada a su cintura, llegamos a orillas del pacífico.

Había estado en la segunda, matando japos.
No me miró las tetas ni una sola vez.
Tampoco hablaba mucho, y cuando me acerqué para besarle, me puso dos dedos en la boca y dijo que nunca en la primera cita.
No creo que vuelva a verte, pensé, mientras salía el sol.

Me equivoqué.
Quedamos para el martes.
Son cosas que pasan. Últimamente he estado haciendo cosas raras, cosas que pasan:

“-Quiero besarte Bed- Bed es mi mejor amiga. Tiene tres hijos. Su marido es un imbécil. Pero se quieren. Son cosas que pasan. ¿Cómo iba a negarse? Me estoy muriendo-. Quiero llevarme todo de aquí. Cierra los ojos. No te dolerá”.

Fue dulce. Dulce y salado.


Continuará...