18 de febrero de 2013

Kilómetro cero


Si vas a follar borracho, pon jazz.

Al día siguiente siempre amanecía solo, la habitación olía a perfume, por supuesto barato, y no había ni rastro del tabaco.
Hasta que conoció a La Belle.

Surgió de entre la gente, el humo y el olor a limón de los gin tonics. Toda de rojo. Rubia como el trigo. Magnífica:

“¿Tienes fuego?

-¿Sabes quién soy?

-Un tipo. Uno cualquiera de entre todos los tipos que hay esta noche aquí, haciendo algún negocio sucio mientras una rubia como yo le pasa las tetas por la nuca delante de sus amigos. Un tipo con fuego, supongo.

-Coge tus cosas. Nos vamos.”


De camino al motel Jimmy Boy atracó una gasolinera. Pero pagó las dos botellas de champán. Ella no había pronunciado ni una sola palabra desde que salieron del Sweet.
Pero sería caro, de eso estaba seguro.

“-¿Tienes nombre, tipo?”

Él no contestó. Se limitó a mirarla de reojo sin apartar la atención de la carretera y abrió la guantera, donde bajo la tenue luz de una lucecita podía verse brillar la piedra de un anillo con mano incluida. Tenía por norma dar fe de su trabajo con alguna prueba indudable.

La Belle exhaló una bocanada de humo y siguió mirando un tren de mercancías que se perdía perpendicular a ellos en la distancia, hacia a algún lugar de entre la niebla de aquel mes con abetos y colores brillando en los centros comerciales: “Llevame lejos. A algún sitio del que no se pueda volver”.
Recostó la cabeza en su hombro, y cerró los ojos.
Olía a miel de abejas.
Los ojos de los zorros, brillaban como flashes de foto bajo los faros del coche.