20 de febrero de 2013

Moscú


Un barco consta de tres partes:
clavícula naufragio y tiburones.
Una cuchara, de catorce. Todas verosímiles.
Y de un valor incalculable.

A veces mi corazón es un aeropuerto.

Sólo de verla, uno se empalmaba.
Nunca había estado tan cerca de una pelirroja.
A veces tengo suerte. Pero no tanta.
Supongo que Dios tuvo algo que ver.
Gracias señor, gracias.
Aún me duele la polla de acordarme.
Se lo tragaba todo.
Y era lista, joder, convenció al tipo del motel,
de que nos diera una con jacuzzi y un perro en la puerta
por el precio de una calabaza, que hasta las doce,
parecía una casa de muñecas.

“Te importa una mierda cómo me llamo”, me dijo,
y con sólo deshacer un lacito, dejó caer al suelo el vestido.

Lo demás fue la guerra.
No hizo prisioneros.

Otras deja de latir.

Hoy me pondré la guayabera blanca,
y esperaré a la sombra, debajo de la higuera,
que alguien dibuje con una ramita en la arena la palabra amor.

Porque amor es la parte núcleo.
El movimiento.

La llave.

La sección de cuerda de la filarmónica de Boston y una pradera de flores amarillas.
Y escaparme contigo de aquí.
Dejar las páginas en blanco y volar volar volar, muy alto.

Hasta la incertidumbre.