7 de febrero de 2013

Nadie ha vuelto nunca de la bruma


Se sentó en el retrete, y vomitó a Germán allí, en mitad del verano, sobre el suelo de mármol de una estación de paso.

-Vas a perder el tren niña- le dijo la señora del bar dando golpecitos tras la puerta del baño.

Cuando salió el tren ya se había ido.

-¿Tiene café?

-Claro hija. Hago el mejor café del mundo.

-Solo. Sin azúcar.

-Qué pena.

-¿Perdón?

-Si no vas ponerle azúcar no necesitarás cucharita.

-¿Y?

-Te perderás el ruido que hace al girar en la taza.

-Ah...

-Tal vez no parezca importante.

-Tal vez no lo sea.

-Nadie pierde el tren de las once menos cuarto porque sí.

Hay un viejo al final de la barra sentado en un viejo taburete:

-Crió cinco frutales con una sola mano y el sudor de su frente. Las vio casarse con hombres que también sudaban, y que siempre acataron su palabra: “A las doce en casa”.
Mi padre siempre tenía el frigorífico lleno de naranja hasta las trancas, de bandejas enteras de yogurt y de croquetas de pollo congelada. Hizo que pintaran un escudo, con el apellido familiar en una pared de la salita de una casa que el estado había construido en las afueras para la gente que no. Era una caja de zapatos; pero hasta tenía una azotea, desde donde se veía el cementerio, y la fábrica roja de ladrillos.

Hablaba como si alguien le estuviera escuchando.

-Allí me ponía yo a jugar con soldaditos de plástico verde, de infantería, y algunos hasta paracaidistas, que colgaba de las cuerdas de tender la ropa, para que supuestamente sorprendieran en una emboscada los nidos de ametralladoras de las macetas de geranio que mi madre tenía tan bonitas, por todo el corredor.
Luego fui a la guerra. No era lo mismo.

Y entonces ha entrado un tipo en silla de ruedas con cara de hijo de puta y las manos llenas de mierda:

-Te juro que un día, me tiro al río.

Hay un perro pequeño sin dueño en el barrio, color canela. Lo llaman Lolo y dicen, que Palomo un día se lió a perdigonazos con él desde el balcón y desde entonces, como caga donde quiere, caga en la puerta de Palomo.

Mientras toca Chet Baker en la radio, las hojas caen de los árboles gritando socorro.

-...llegas a mi vida y crees que puedes revolver en los cajones. Y no puedes. Así que hace bastante que no tengo un buen día.
Perdona, te estoy dando la tarde, tendrás, cosas que hacer. Mejores seguro. Es sólo que estoy harta. Harta de ser bonita y atraer a las moscas.

-No pasa otro tren hasta mañana.

-¿No cierras?

-¿Para qué?

-¿Y esa pensión es...?

-Ya te digo que si quieres que los gatos de la vieja se te meen en la maleta, tú sabrás.
Y que tengo habitaciones de sobra en mi casa. Vacías.

-Ya; pero...

-¿Ves aquel chico sentado en la terraza?

-Está de paso. Llegó mojado por dentro hace tres años. Aún no se ha secado. Pero colgó su sombrero de un clavo y aprendió a irse más despacio. Su mujer naufragó en un velero holandés. Se la tragó el Mar.
Así que pero y te preparo algo de cenar y después, nos sentamos ahí fuera a contar estrellas un rato.

Podría morir ahora entre tus brazos, le dijo tantas veces. También podría morir dentro de cincuenta años de un catarro mal curado. O en los brazos de otra.

Hay estrellas rojas, blancas, amarillas.

-Cuando mi Nicolás murió, boca arriba, junto a los rosales, pensé en volver a Bosnia. Aún tengo allí un pariente. Hasta hice el equipaje. Me trató como a una flor. Desde el principio. Hablo con él todas las noches mientras me deshago las trenzas. Hablo con Sasha, con Ivenka, con mi hermana Inga...

Y aviones que parecen estrellas. Tan alto.

-Soy capaz de estar ciento cincuenta y sietes días sin llorar. También los he contado.

Parpadeando entre lo negro del espacio. Redondas. Lejanísimas.