27 de marzo de 2013

Cerámica para principiantes


Seguramente su padre fuera rey de alguna tribu oceánica y así, de herencia, le cobraba en la cara vida aquel brillo de princesa como Inca nada más levantarse de la cama, Arapahoe, Rusticana, en cualquier caso del cobrizo de un ojo de caballo.
Esbelta como el tuétano de las arterias y elegante ante los charcos de las pistas de basket subida a unas finísimas aventuras de color rojo y tacón negro, cruzaba a sus anchas casi flotando la casa, a veces, durante toda la noche en busca mía, detrás de las cortinas, en los filos de las tijeras, en el fémur de los muebles de caoba, y cuando me encontraba se hacía de inmediato con mis testículos y con otra de sus ciento ochenta y siete manos me dibujaba en la punta de la nariz que iba a matarme de un beso en la nuca.
Y después verla trasegar con la memoria de una tierra lejana que la llamaba a voces, sentada en la ventana, verla al trasluz como a una mosca, era como ver ponerse el sol. Olía a flor. Sabía a chocolate. Nunca me dijo una mentira: “Soy tu última batalla”.