27 de marzo de 2013

Los chicles para caimanes siempre son de color rosa


Porque la vida se mueve. Robin Williams puede estar a la vuelta de la esquina gritando “Good Morning Vietnam” o en algún lugar de los Balcanes una roca de trescientas toneladas puede estar rodando ladera abajo para acabar cayendo justo sobre el campanario de la iglesia del pueblo.
Hoy Marilú, la arañita parlante, ha pasado por encima de mi escritorio. Llevo días viéndola. En el cuarto de baño, en la cocina...
Y hay mosquitos en el cristal de la ventana.
Y me encanta. Es como una partida de ajedrez. La vida te acorrala de un jaque y tú, mueves.
Simplemente un día te levantas y vas a por el pan y de camino tropiezas con ella, de entre todas ella, y se le caen los libros y te agachas y como es ella, os dais en la cabeza como ciervos, porque es ella, y tú, dices, los siento y ella: “duele”, y tú, perdona, y ella: “se me ha mojado todo”, y tú, imaginando acuarios, océanos y caldo de galaxias, todo, se me ha mojado todo, agua, agua, agua, y en los ojos, un huracán, un llego tarde y todo por los charcos, mi trabajo de ciencias, mi carnet de propensa, mi identidad, flotando como un barco porque tú, no miras donde pisas.
Y tú, no sabes qué decir.
¿Qué vas a decir? Si es muy guapa y le brilla la nariz. Si lleva un paraguas de los Beatles. Si tiene la boca a pincel y los ojos tan bravos.
Si le estás mirando las tetas.
Y cuando se va, caes en la cuenta de que has estado hablando con una gacela, y de que para moverse así sobre unas jhon Smith, hacen falta muchos huevos.
Y te quedas allí, quieto, esperando que vuelva a por aquel naufragio de notas sobre el universo flotando en los charcos, para decirle que estarías todo el día tropezando con ella, como si fuera la única piedra que quedara en el mundo.
Te metes el corazón en el bolsillo y sigues caminando calle arriba, mientras todo alrededor, está a punto de ocurrir.