11 de abril de 2013

Bajo la piedra más grande del jardín


Yo me comía de camino a su boca desde el dedo más chico de su pie, todas las cicatrices que nunca nos habíamos mentido:“Esta de cuando me quemaste con la plancha. Hija de puta. Esta del cielo. ¿Te acuerdas? Lo rozamos. Y esta mi hierro: a diente y fuego. A mala leche”.
Un caníbal. Un asesino en serie. Un diablo que la abría de piernas mientras le destrozaba el cuello como a una gacela, aferrando como un cocodrilo su aorta, hasta que se moría entre mis brazos.
Y ella una loca que se comía mi polla como si acabara de llegar de una excursión, con ansias de pájaro de nido, con ojos de mosquita paraguaya, con la lengua bailando la lambada, loca, loca de ganas de que nunca se acabara.
Un festín éramos, de carne cruda. De huesos maleables. Una fiesta con globos y largas serpentinas colgando de la lámpara. Un musical de Broadway. La quinta de Beethoven. Angie, de los Rolling.
Hasta que todo reventaba, y el amor, salpicaba las paredes.